23 de noviembre 2010 - 00:00

EE.UU. y Europa se enfrentan hasta en gestión de la crisis

¿Quién no guarda esqueletos en el armario? Ni EE.UU. ni Europa pueden levantar la mano. Pero EE.UU. consigue una segunda oportunidad para sus muertos vivos mientras Europa no cesa de acumularlos y cada vez los entierra más profundo. Basta observar cómo se bifurcó la suerte de GM e Irlanda para comprobarlo. Son dos enfoques de gestión de la crisis. Se los reconoce por sus diferentes inclinaciones. En el debate estímulo versus austeridad se ubican en orillas opuestas. Pero también se los comienza a distinguir por sus frutos.

GM resucitó de las cenizas con el abono del riesgo moral. Irlanda, el alumno modelo del ajuste deflacionario, lamentablemente no logró encender la bujía del shock de confianza. Su fracaso supone más austeridad fronteras adentro, pero obliga a un rescate oneroso por parte de la Unión Europea y el FMI (por no citar la contribución del Banco Central Europeo en la tarea de sostén de la banca y de los bonos públicos). Mientras Irlanda se desliza a un salvamento azaroso, GM emerge con inesperada fortaleza. Irlanda se retira de los mercados de capitales, GM acude con una ampliación de su capital accionario que le arrima 20 mil millones de dólares, un logro que -tras su bancarrota- nadie podía imaginar tan a mano.

Las comparaciones son odiosas. E inexactas. No obstante, sirven si echan luz aunque sea con pincel grueso. Todo el mundo carga una cruz. No es sólo la Unión Europea y la periferia de la eurozona. También EE.UU. lidia con graves problemas de arrastre. Fannie Mae y Freddie Mac son -aun hoy- dos barriles sin fondo cubicado. El mercado inmobiliario pende de un hilo. Sin embargo, a Washington no se le ocurrió alentar una corrida diseñando un mecanismo de reestructuración de la deuda de agencias para que rija a partir de 2013. Sí lo hicieron Alemania y Francia para las obligaciones soberanas de los países de la Unión Europea. Todo lo contrario: discretamente, un año atrás, el Gobierno de Obama eliminó el tope a los aportes públicos que podían recibir ambas agencias. ¿De qué hubiera servido mantenerlo a rajatabla? En los hechos, las agencias no pueden caer sin provocar otra hecatombe. Mal que pese, conviene evitarles un tropiezo. ¿De qué vale saber que Europa estará dispuesta a guillotinar las deudas públicas a tres años vista? Ya hubo que rescatar a Irlanda y no hay certeza sobre la magnitud del contagio, pero si Portugal (o cualquier otro) cae en picada, también habrá que atajarlo antes que se estrelle.

Europa es el campeón de la estrategia de la austeridad. Pero cuando falla, no tiene más alternativa que extender una generosa red de seguridad. Como falla seguido, vale preguntarse si la austeridad no costará mucho más que las políticas de estímulo. Así ocurre cuando el costo de los accidentes es prohibitivo y el estímulo es medianamente eficaz en prevenirlos. Más todavía, si el estímulo consigue lo que tampoco logra la austeridad: como en el caso de GM, restablecer la salud de los pacientes.

Se contabilizan páginas y páginas de críticas a la Fed y su enfoque de relajamiento cuantitativo (o, como gusta llamarlo Ben Bernanke, de relajamiento crediticio). Muy poco se dice, en cambio, de la política del Banco Central Europeo (BCE). Tómese Irlanda. Año 2007: la deuda pública ascendía al 28,3% del PBI y los pagos netos de intereses representaban el 0,7% del PBI. Sólo en 2010 el déficit fiscal será del 32%. Cuando culmine diciembre, la deuda pública orillará el 99% del PBI. Irlanda no recurrirá a los mercados, pero si refinanciase sus obligaciones a las tasas de mediano y largo plazo que rigen hoy para la deuda en circulación, la factura de intereses treparía al 8,5% del PBI (12 veces más que hace tres años). Bajo el paraguas del rescate, Irlanda oblará lo mismo que Grecia, y así esa cuenta hipotética alcanzaría al 5% del PBI (7 veces más que en 2007). ¿Podrá Irlanda, en las duras condiciones que enfrenta, promover la generación de un superávit primario capaz de compensar ese incremento? Irlanda sólo es solvente (a) si obtura la fisura patrimonial de su banca y (b) si consigue que un horizonte de leve superávit primario derrumbe las tasas de interés que se le exigen para renovar su deuda. El paquete de rescate puede allanar el primer requisito. La experiencia griega (y de Irlanda y Portugal) señala la dificultad de satisfacer el segundo. Conviene, pues, examinar la situación de las agencias hipotecarias de EE.UU. La Fed, en su fase inicial de relajamiento cuantitativo, se ocupó de evitar que Fannie Mae y Freddie Mac cayesen en esa trampa. Tuvo que apostar fuerte: compró 1,4 billón de dólares de deuda de agencia para sostener su valor en un contexto en el que los bancos centrales se precipitaron por desligarse de ese riesgo específico. En Europa, los países aquejados por la crisis, no tuvieron un respaldo similar. El BCE compró dosis homeopáticas de deuda (sólo tomó cantidades abultadas como garantía), pero no se propuso nunca impedir la suba de las tasas de interés. Si la recuperación de los EE.UU. es módica, aun con tasas largas en niveles muy por debajo de los que imperaban antes de la crisis, es fácil comprender las penurias de la periferia de la eurozona sin la cobertura del «relax crediticio». Más aún: el QE2 es una respuesta temprana a un posible enfriamiento de la economía en los EE.UU. Apuntala el valor de los activos (lo que necesitan, entre otros, las agencias en la cuerda floja). En Europa, la inacción del BCE sólo sirve para comprar una apreciación adicional del euro. O sea para ceñir la cuerda (lo que no necesitan aquellos que la iliquidez selectiva ya aprieta en demasía).

Los enfoques para gestionar la crisis son dos, pero, en la perspectiva global, la crisis es una sola. Importa, si se van a aplicar las dos vertientes, que ambas tengan éxito. No bastará con el liderazgo de la Fed, si Europa se ocupa en empañarlo.