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Ejemplo de la rica expresividad del silencio
«Predio. m. Heredad, hacienda, tierra o posesión inmueble» (Diccionario de la Real Academia Española). Egresado de Filosofía y Letras, Jonathan Perel conoce el valor de las palabras, y también, por suerte, la riquísima expresividad del silencio. Su documental sobre el edificio de Libertador y Calzadilla conocido como Ex Esma, y las actividades que allí se realizan actualmente, es breve, callado, apenas una serie de tomas de similar duración (a lo James Benning pero con mayor sentido), hechas durante sucesivas visitas. Sin narrador en off, sólo con el sonido ambiente que capta la tranquilidad y el vacío de algunos rincones, y el movimiento de otros donde la gente se reúne, crea formas artísticas o escucha explicaciones, él deja que el propio espectador reflexione por cuenta propia sobre lo que está viendo.
Así, para buena parte del público este registro será el registro de la vida imponiéndose donde antes hubo muerte. Se aprecian en tal sentido algunas expresiones artísticas de lo más variadas, diversas instalaciones y reuniones, y hasta la filosofía energética de alguien que simbólicamente hace allí un cultivo de papas. En ese presente multiforme hay también un plano para quien eleva su agradecimiento al entonces presidente Kirchner, y otro para el monolito de una plaza creada por la actual presidente Kirchner, según resalta la placa, pero difícilmente pueda hablarse por ello de una obra partidista, o intencionalmente reduccionista.
Lo que allí ocurrió, está presente en los planos de oficinas, playón y sótano hoy vacíos del casino de oficiales. Aún vacíos, parecieran todavía cargados del dolor y la crueldad que en pocos años destrozaron al país, para colmo inútilmente, y abochornaron a la escuela. Porque aquello ocurrió en el casino, un lugar apartado del resto, pero el castigo se impuso a todo el espacio de siete hectáreas, hoy maldecido como sí, al modo antiguo, le hubieran echado sal para volverlo estéril. Diversos planos muestran la dejadez en el mantenimiento, los materiales arrumbados, la ausencia de máquinas y placas, la decadencia general.
Cinco establecimientos educativos funcionaron allí. No sólo la Escuela de Mecánica de la Armada, que en su momento fue modelo en Iberoamérica, y a la que iban hasta muchachos de otros países, y el Liceo Naval y la Escuela de Guerra Naval, sino también la Escuela Nacional de Náutica y la Escuela Fluvial, destinadas a formar personal técnico idóneo para la Marina Mercante Argentina. También era centro de la Dirección de Educación Naval, asimismo a cargo de las escuelas de Buceo y de Pesca instaladas en Mar del Plata.
En 1998, el entonces presidente Menem dispuso el traslado de la mayoría de estos establecimientos a la Base Naval de Puerto Belgrano, lo que empezó a hacerse paulatinamente. En 2004, la ciudad tramitó la recuperación de los terrenos, que había cedido para la construcción de la escuela en 1924, y la legislatura porteña sancionó la ley 1412 que convierte el predio entero en Espacio para la Memoria y la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos. En 2008 (justo para los 80 años de la inauguración del edificio), los países miembros de la Unesco decidieron que allí funcione el Centro Internacional para la Promoción de los Derechos Humanos. La historia continúa, y también la vida, aunque cada tanto viene bien detenerse a mirar los rincones, como hace esta película, y recordar todo el pasado.
P.S.


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