El arte argentino aún está lejos de su techo

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La democratización del arte es un fenómeno reciente, se remonta a las últimas décadas del siglo XX. En los años 80, justo cuando los «Girasoles» de Van Gogh ocuparon la primera plana de los diarios con un récord millonario, el arte dejó de ser el producto exclusivo de una elite y se convirtió en motivo de atracción para el público masivo.

Desde entonces, los museos, ferias y bienales que durante la década del 90 y lo que va de este siglo afloraron hasta en las más remotas ciudades del mundo, ejercen su seducción, brindan visibilidad a un arte que atrae a los entendidos y también al común de la gente.

Existe una relación de escala muy evidente entre los millones de personas que recorren los grandes centros del arte, la difusión masiva que les brindan los medios de comunicación, y la suba de precios del mercado que comenzó con Van Gogh, continuó con el impresionismo y el genio de Picasso y hoy prosigue con los contemporáneos como Alberto Giacometti, que escaló a la cumbre del mercado del arte hace unos días, cuando una escultura se vendió en Sothebys en 104,3 millones de dólares.

La escalada de los precios internacionales, registra -es obvio- las oscilaciones determinadas por los más diversos factores económicos que repercuten en el mercado con mayor o menor intensidad. De hecho, la crisis financiera internacional impuso una drástica reducción en las cotizaciones del arte contemporáneo, sobre todo el que hasta entonces se vendía en valores casi escandalosos. Como las obras del joven británico Damien Hirst, que con 22,4 millones de dólares batió el récord para un artista vivo, hasta que un trabajo del estadounidense Jeff Koons se vendió por 23,6 millones, cifra que luego superó el alemán Lucian Freud con 33,6 millones.

Sin embargo, por inagotables que sean las fortunas que hoy se vuelcan al arte, es probable -y es, además, el deseo de muchos-que los artistas que escalaron posiciones a través de engañosas maniobras de marketing, como las del coleccionista Charles Saatchi, «un magnate de la publicidad devenido marchand», continúen en baja. «Si la burbuja estalla, van a caer los especuladores que no le hacen ningún bien al mercado», auguran quienes defienden la salud del ecosistema del arte.

El verdadero sostén del arte está todavía firme. Hay especuladores, arribistas que sólo piensan en hacer negocios, pero están las vigorosas redes que en estos años han tejido los auténticos coleccionistas, galeristas y operadores culturales. El soporte institucional tiene sus zonas grises, pero la gestión de la mayor parte de los museos, fundaciones, galerías y espacios dedicados al arte no parece que pueda derrumbarse, sino que más bien tiende a moderarse.

En Sothebys, una pintura de Andy Warhol realizada en 1962, «200 One Dollar Bills», histórica para el arte americano, trepó desde su conservadora estimación, que oscilaba entre 8 y 12 millones de dólares y se vendió en 43,7 millones. Warhol brindó impulso a los récords pagados por obras en papel o esculturas de Jean Dubuffet, Willem de Kooning, Bruce Nauman y Jackson Pollock.

Como se sabe, el ánimo comprador, al igual que el desánimo, es contagioso en las ventas.

Latinoamérica

Entre tanto, todo indica que las cotizaciones del arte de nuestra región proseguirán su lento y trabajoso ascenso. La dura trayectoria está documentada en los registros de los remates neoyorquinos dedicados a Latinoamérica, que acaban de cumplir 30 años de existencia. Si se analizan esos números, se advierte el abismo que se abre entre el Norte y el Sur. Basta cotejar los 43, 7 millones de dólares pagados por un cuadro de Warhol y los más de 100 por Giacometti, con los poco más de 30 millones obtenidos en las ventas de Christies y Sothebys por alrededor de 500 obras de arte latinoamericano. Dicho de otra manera: medio millar de obras de nuestro arte no alcanzan el precio de una pintura de Warhol.

Cabe aclarar, que a pesar de estas diferencias que ya son históricas, las subastas de noviembre del arte de Latinoamérica fueron exitosas, los totales superaron los de los últimos años. El valor más alto, 2,4 millones de dólares, se pagó en Sothebys por una pintura del chileno Roberto Matta, «Endless Nudes», de su época más buscada, casi tan buena como la que tuvo que vender nuestro Malba, para pagar los impuestos que gravan la importación del arte que disfrutamos todos.

El inefable Botero conquistó, con una exuberante figura femenina de bronce recostada y fumando en un parque, a un comprador que pagó por ella 1,1 millón de dólares (mucho menos de lo que costó la Evita realizada por un artista casi desconocido, que está frente a la Biblioteca Nacional). Se celebraron algunos récords, pero lo más destacable de estos remates fue el arte de Brasil. Nuestros vecinos están tan poderosos que se cansaron de ofertar de a 10.000 dólares, y para acelerar el ritmo de la subasta comenzaron a apostar de a 100.000. Con este entusiasmo, un «Relieve» de Sergio Camargo realizado en 1964, que estaba estimado entre 350.000 y 450.000 dólares, acabó por rematarse por 1,5 millón.

A través de estas experiencias es posible conjeturar que los valores de los artistas de Brasil van a incrementarse, y que los de los latinoamericanos, en general, deberían subir.

En plan de augurar tendencias, casi se puede afirmar que los valores del arte argentino -salvo que medie alguna inesperada catástrofe- nunca van bajar.

Teniendo en cuenta la calidad de sus obras, nuestros artistas están muy lejos aún de su techo. Sencillamente, los valores del arte argentino son absurdos, más bajos que los de Uruguay y Brasil, para no hablar de los mexicanos que llevan la voz cantante.

Argentinos

¿Y cómo escalar posiciones, cuándo la sociedad global impone una competencia feroz? Los primeros pasos en este sentido son muy recientes. El apoyo institucional del Museo de Arte Moderno de Nueva York, espacio de consagración y legitimación por excelencia, se concretó cuando en nuestra feria arteBA, sus delegados compraron obras de Eduardo Stupía y León Ferrari. En Pinta, la Feria neoyorquina de arte latinoamericano, la Tate Gallery de Londres adquirió un trabajo del argentino Horacio Zavala, el Museo de la Universidad de Harvard un Víctor Grippo y resultó llamativo que dos museos, el Museo Tamayo y el Bellas Artes de Boston, hayan comprado obras de Liliana Porter, además del David Lamelas que se llevó también el Tamayo.

Este año el Museo de Bellas Artes de Houston le compró a Kosice su «Ciudad Hidroespacial», pero las cifras logradas por nuestro artista en las subastas son ínfimas todavía, como las de casi todos los argentinos. Basta decir que ninguno ha logrado llegar al millón de dólares, y que ese monto parece todavía lejano.

Con el afán de insertar nuestro arte en el circuito internacional, más allá de haber despertado el interés algunas instituciones, que van en aumento, en estos últimos años se han hecho bien los deberes. Surgieron coleccionistas activos, que además de comprar arte, aprendieron a tejer relaciones con sus pares y con quienes saben cómo se construye la carrera de un artista; el Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires sancionó la Ley de Mecenazgo, y se publicaron centenares de libros dedicados al arte.

Por otra parte, hay algo importante que ofrece el arte argentino ante los ojos saciados de los circuitos internacionales que lo han visto todo. En estos últimos años se abrieron numerosos espacios comerciales en todo el país (Cultura pasajera, La Punta, Sapo, Oz, Mitte, Miau Miau, Chez Vautier), colmados de artistas que recién se asoman al mercado con su energía, la diversidad de su arte y un oficio pulido, a pesar de su juventud.

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