El arte puro en las abstracciones de Sobrino y De Volder

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Ambos artistas presentan pinturas con grandes campos de colores planos, en obras que tienden a expresar el vacío o el silencio y son, en sí mismas, protagonistas absolutas de la atracción que ejercen en el espectador.

La galería Del Infinito presenta "Sin título", exposición que reúne a Beto de Volder y Andrés Sobrino, dos artistas que rondan los 50 años y pertenecen a la vertiente del arte abstracto más distanciada del expresionismo. Si bien ambos llegaron por diversos caminos a una producción afín, ahora presentan pinturas con grandes campos de colores planos. Y allí mismo, en el color, reside el valor específico de los cuadros. No se advierte el rastro de la pincelada en las obras de un clasicismo no figurativo que hunde sus raíces en el arte del maestro de la Bauhaus, Joseph Alberts. Arte del cual derivan las pinturas de grandes figuras internacionales como Barnet Newmann, Ad Reinhardt, Kenneth Nolan, Frank Stella o Ellswordth Kelly, artistas que -como veremos- continúan retroalimentando la creación a través del tiempo.

El teórico Willy Rotzler, describe estas pinturas en su libro "Conceptos constructivos" y destaca que para los representantes de la abstracción post-pictórica, el carácter del cuadro como "ventana" debía desaparecer. "Esto sólo ha sido posible al profesar la fe en la autonomía del color y reconocer la superficie del cuadro en su calidad de objeto autónomo", sostiene Rotzler. Con estas premisas, el gesto poético o romántico y el sentimiento del artista fue desplazado. Las obras tienden a expresar el vacío o el silencio y son, en sí mismas, protagonistas absolutas de la atracción que ejercen en el espectador.

Las pinturas de Andrés Sobrino atrapan la mirada, la inducen a deslizarse sobre el brillo acharolado de las superficies de unos cuadros donde los colores se combinan a la perfección. La rigidez de la geometría de un rectángulo se suaviza con el rosa y el marfil en abierto contraste con el negro. La intensidad luminosa y el brillo se destacan y, de este modo, el color adquiere la llamada "fuerza de choque estética". Fuerza que Sobrino pone a prueba. Y así presenta colores sordos, como los grises, en amable coincidencia con el marfil o junto a un azul tan intenso como oscuro.

Una de las obras más atractivas está conformada por una serie de pequeños cuadros negros de formato irregular. 19 octaedros y 1 tetraedro ostentan el brillo de la pintura industrial y, reunidos con la forma de un rectángulo ilusorio sobre la pared blanca, subrayan su condición de objetos autónomos. El artista ha desaparecido de la escena. Las pinturas de Sobrino existen por sí mismas, rescatan la esencia del "arte puro", van en busca del absoluto y poseen cualidades que las tornan inalcanzables y lejanas.

De Volder se inició en el arte con la vieja técnica del dibujo a mano alzada y los juegos dinámicos de la línea. Excepcionalmente virtuosas, las flexibles líneas de De Volder cimentaron una obra ligada a la herencia abstracta argentina, específicamente al arte concreto y Madí. El estilo, hasta ayer inconfundible, derivaba de la gracia juguetona del diseño.

La carrera internacional del artista comenzó inesperadamente en el año 2003. Trabajaba como montajista en el Malba cuando presentó una muestra en Sonoridad Amarilla que sedujo a la poderosa coleccionista venezolana Patricia Cisneros. De paso por Buenos Aires, Cisneros compró algunas obras y las exhibió junto a las de los maestros de la abstracción en la muestra "Diálogos" que recorrió Latinoamérica. A partir de entonces, las abstracciones de De Volder llegaron pronto a Art Basel y se exhibieron en varias muestras de EE.UU. y Europa.

Pero su estilo cambió ahora de modo rotundo. Hay una pintura donde dos planos de color azul engarzan como una joya las redondeces de la tela blanca. Las curvas están todavía presentes y, aunque las formas son rigurosas, los radiantes colores turquesa, rojo y negro, vibran sobre la tela. Hay que volver a mirar los cuadros una y otra vez para encontrar a De Volder. Los flujos y reflujos de la línea han desaparecido y el color acapara toda la atención.

En suma, las pinturas de Sobrino y De Volder renuevan la abstracción post- pictórica con un oficio envidiable y un estilo personal. Alejadas de toda expresión subjetiva, deben verse como fenómenos ópticos, como intensas reflexiones cromáticas. En las telas aflora el color.

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