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El Ballet Argentino ante una crisis de identidad
«Nombre y apellido» expuso la crisis de identidad de la compañía fundada por Julio Bocca. Se apartó del lenguaje académico pero tampoco encuentra lugar en el contemporáneo.
Después de veinte años de existencia, el Ballet Argentino, que ahora dirigen en forma conjunta Julio Bocca y Ricky Pashkus, parece haber perdido su rumbo y no encontrar su verdadero objetivo. Creado en 1990, el Ballet Argentino nació como una necesidad de Bocca para ser acompañado en sus numerosas presentaciones en el país y en el exterior, integrado por bailarines argentinos de mérito, con una sólida formación académica que funcionaran como entorno de la estrella principal, el mismo Bocca, en un repertorio que si bien tuvo algunas incursiones en la danza contemporánea, estaba fundamentado en el lenguaje clásico.
Alejado del Teatro Colón, Bocca encontró en su propia compañía a un grupo fiel a sus requerimientos estéticos. La inquietud por consolidar un staff apropiado al brillo de la étoile hizo que se seleccionara frecuentemente a un elenco de excelentes bailarines y sobre todo, jóvenes, que interpretaron desde obras clásicas como «La Bayadera» y «El lago de los cisnes» en ocasiones especiales, como asimismo creaciones contemporáneas de Georges Balanchine («Donizetti Variaciones»), Oscar Araiz («Tango» y «Adagietto») y Mauricio Wainrot («Desde lejos») entre otras obras de Martha Graham, José Limón, Alberto Méndez, Julio López, Mauro Bigonzetti, Ana María Stekelman y Twyla Tharp.
Hablar de Eleonora Cassano, Hernán Piquín y Cecilia Figaredo entre sus primeros bailarines junto a Bocca es sólo citar algunos de sus máximos puntales. Ante esta nueva presentación se debe admitir que muy poco quedó de todo ese antiguo esplendor. «Nombre y apellido» es una reciente propuesta de la compañía que dirige el mismo Bocca y Ricky Pashkus, conformada por un equipo de dieciséis bailarines, algunos muy jóvenes, que no registran antecedentes y en los que se observa una marcada inmadurez técnica y expresiva.
Tampoco las obras tuvieron demasiadas exigencias y la danza clásica, primera motivación de la creación del Ballet Argentino en los noventa, desapareció totalmente en esta oportunidad. Quedaron, en cambio, una serie de obritas muy breves (y en algunos casos inconsistentes) de coreógrafos argentinos actuales, más la de un norteamericano amigo de la compañía, Chet Walker, que esta vez diseñó un «solo» jazzístico («Trabaman») que bailó, eso sí bastante bien, Juan Mallach.
«Nombre y apellido» habla de hombres y mujeres y de sus destinos. Visiones, acercamientos y homenajes a un mosaico humano de distintos registros. Silvia Vladiminsky vuelve a su conocida «Reina del Plata» y Yamil Ostrosky a su ya investigado Roberto Arlt. Algunos intentos son válidos como los de Exequiel Barreras sobre la música de Manos Hadjidakis y la visión de Pablo Rotemberg sobre Joan Crawford, y otros totalmente incalificables como «Alfonsina Storni», de Vanesa García Millán sobre la canción de Félix Luna y Ariel Ramírez.
Ballet Argentino deberá intensificar su búsqueda y su dirección. La ausencia de Bocca como máxima estrella debería ser reemplazada por otro bailarín de fuste (Piquín, quizás) y no apartarse de su esencia: la danza y el repertorio académico. Después de todo para eso fue creado en 1990.


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