13 de julio 2010 - 00:00

El bolero se quedó sin una voz de privilegio

En el mítico «Tropicana», compartiendo escenario con Carmen Miranda, otra intérprete no menos legendaria.
En el mítico «Tropicana», compartiendo escenario con Carmen Miranda, otra intérprete no menos legendaria.
La de Olga Guillot es la historia de tantos artistas que nacieron y murieron a muy pocos kilómetros de distancia pero en realidades políticas y económicas muy diferentes. Es la historia de alguien que absorbió la cultura de su tierra y la hizo explotar desde el exterior. Es la vida de una mujer que fue bautizada «la reina del bolero», que nació en Santiago de Cuba, en el extremo sudeste de su isla caribeña, el 9 de octubre de 1922 y que murió ayer de un infarto en el hospital Mont Sinai de Miami después de algunos días de internación.

Lejos en el tiempo de la revolución castrista que la llevaría al exilio, Guillot atravesó su país y llegó a La Habana, donde fue parte de las Hermanitas Guillot, junto a su hermana Ana Luisa. Fue cantante del popular cuarteto Siboney, y fue el pianista Facundo Rivero quien la hizo debutar como solista a mediados del siglo pasado en el cabaret Zombie Club. Pronto, llegarían el reconocimiento internacional, las grabaciones en Nueva York, sus giras por México y toda América Latina y hasta la participación en algunas películas.

Siempre en ascenso, se hizo conocida tanto en nuestro continente como en Europa. En 1961, fuertemente enfrentada con el gobierno de la isla, decidió mudarse primero a Venezuela, donde la sorprendió una gira laboral, y más tarde, en forma definitiva, a México que desde el comienzo la había acogido como a una hija pródiga. Pese al exilio, esa década del 60 fue excelente para una cantante que terminó de revalidar su apelativo «monárquico» con el bolero a fuerza de talento, de excelentes cifras de ventas y de premios de toda índole.

Al punto que fue la primera artista de habla hispana en actuar en el emblemático Carnegie Hall de Manhattan en octubre de 1964 -como curiosidad, valdría decir que la siguiente sería la tucumana Mercedes Sosa-; al mismo tiempo que el compositor mexicano Luis Demetrio le dedicó el bolero «Voy» que Guillot transformaría en su gran éxito.

Su biografía es abundante en nombres, lugares y cifras. Estuvo casada con el actor cubano Alberto Insúa y tuvo una hija, Olga María, que es cantante como su madre, con el compositor, también cubano, René Touzet. Cantó junto al trío Los Panchos. Se atrevió con una pieza como «Me muero, me muero» -de la mexicana Lolita de la Colina- por lo que se la consideró como una pionera de la canción erótica.

Grabó unos sesenta discos, en la discografía oficial. Participó de 16 películas. Se alzó con 20 discos de oro, 10 de platino y hasta uno de diamante. Puso en el más alto nivel mundial a creadores como Agustín Lara. José Alfredo Jiménez, César Portillo de la Luz, Frank Domínguez o Armando Manzanero, y a composiciones como «Tú me acostumbraste», «Adoro», «La gloria eres tú» o su gran caballito de batalla, «Miénteme». Compartió escenario y discos con figuras como Nat King Cole, Edith Piaf o nuestro Sandro, con quien tuvo una cercana amistad. Se hizo madrina de otros artistas más jóvenes, como José José, prefirió siempre los textos que le permitieron desarrollar un estilo de bolero enérgico, intenso, casi «peleador», y pasó los últimos años de su vida fluctuando entre el DF mexicano, que convirtió en su segunda patria, y las playas de Miami, que fue lo más cercano que encontró a su Cuba natal.

«A pesar de la simpatía que despliega permanentemente, es con los temas más desgarrados, violentos, de altísimo dramatismo, donde encuentra su mejor vena» escribimos en este diario en oportunidad de sus últimas actuaciones en nuestro país, en el teatro Opera, en 1999. Para entonces, su voz no era la misma y se notaba el paso del tiempo para una mujer que, a esa altura, trabajaba sólo a media máquina; sin embargo, no había perdido nada de su mejor esencia de cantante teatral, de artista expresiva.

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