Algunos esperaban poder celebrar los dos años que cumplía el mercado alcista, luego de que el S&P 500 tocó 676.53 puntos el 9 de marzo de 2009. Desde entonces, el precio de las 500 acciones más importantes de los EE.UU. subió en promedio un 95% (los bonos del Tesoro -merced a la política de tasas reales negativas de la Fed- otorgaron una ganancia del 35% y los bonos de alto riesgo poco más del 90%) incrementando la capitalización en u$s 6.2000.000.000.000 (u$s 6,2 billones -la capitalización del resto del mundo creció u$s 21,8 billones-). Números impresionantes cuyo correlato más cercano es el bull market de 1962 (fin de la guerra de Corea), pero con un trasfondo totalmente distinto del de aquel entonces. Por un lado, porque algo tienen que ver en la suba los u$s 12 billones que inyectaron estos años los bancos centrales más importantes, buscando reactivar la economía tras la crisis de 2008. Por otro, porque la economía mundial (y en particular, la europea, norteamericana y japonesa, con el 58% del PBI global) continúa lejos de lo exultante. Es cierto que si comparamos con otros mercados alcistas del pasado podríamos decir que hay lugar para seguir creciendo (el radio P/G máximo en mercados alcistas desde 1962 rondó 19,7 y hoy gira en torno a 15,5, la suba promedio fue del 131%, y la duración del ciclo, de 1.407 días, frente a los actuales 730 -en el tercer año de los bull markets, las ganancias han tendido a ser más acotadas, se favorecieron empresas de servicios, energía, salud y a las grandes cotizantes-). De hecho, en lo que va del año los inversores inyectaron u$s 24.000 millones en fondos comunes de acciones norteamericanas (claro que parte de esto proviene de los u$s 16.000 millones que sacaron de los que invierten en mercados emergentes), lo que casi garantiza que seguimos teniendo dinero con que alimentar la suba (aun si la Fed deja de ayudar). Pero frente a esto, la realidad del día a día luce lo suficientemente incierta como para que ayer el Dow retrocediera un 0,01%, a 12.213,09 puntos.
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