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El calvario de no ser fundamentalista
Este cambio en su estilo de vida llevó a Mona, que hasta 1979 estudiaba en un colegio para niños superdotados, a involucrarse desde muy joven con un grupo que si bien en un principio había apoyado la revolución islámica luego empezó a luchar en su contra, «como otros muchos que
no estaban de acuerdo con la manera de gobernar de los clérigos».
Mientras habla, derrama alguna lágrima al recordar que un día de 1984 fueron a su casa y la llevaron presa. «Vivir en una prisión en condiciones muy duras destruyó mi vida, me hizo llenarme de odio y desesperanza». Mona, que actualmente tiene 46 años y vive de los pocos ahorros que le quedan de su época de odontóloga, recuerda que al salir de la cárcel tres años después empezó a vengarse del Gobierno y de su familia con su cuerpo.
Comenzó entonces a tener relaciones sexuales con su novio, a engordar -hoy pesa 110 kilos-, a dejarse crecer el pelo por debajo de la cadera y a hacer todo aquello que supuestamente le prohibían la moral y la ley islámica. «Mi vida, por más que pude terminar la universidad, nunca tomó un rumbo normal. Sé que no puedo tocar ninguna puerta oficial porque siempre me rechazarán».
Y es que el giro religioso que dio la revolución iraní, que ayer celebró 30 años con una manifestación gigantesca en Teherán, trajo grandes desengaños a una parte de la sociedad que vio terminar su lucha de manera distinta de la que pensaba.
En un país donde la religión hace converger a toda la sociedad, los discursos del ayatolá Jomeini desde el exilio se convirtieron en el punto de unión para quienes soñaban con expulsar del poder al temido sha Reza Pahlevi. Pero muchos nunca incluyeron en sus planes el de ser regidos por la ley islámica. Para ellos empezaron de nuevo las persecuciones, los exilios y los asesinatos.
Nabid se encuentra en uno de los cafés que abundan en Teherán. Es uno de tantos jóvenes que quedaron huérfanos después de la revolución debido a que sus padres se oponían al nuevo Gobierno. «Los asesinaron cuando yo era muy pequeño, pero nunca se lo cuento a nadie; pensarían que hicieron algo malo y lo merecían. Y se me cerrarían muchas puertas», dice.
Tiene 26 años, pero aparenta 40: «Yo no tengo miedo, me gusta decir lo que pienso y luchar por lo que creo. No soy militante político y eso me protege», dice, asegurando que aun con todos los problemas quiere seguir viviendo en Irán.
No es el caso de Ali Reza, quien está de paso por Teherán en busca de trabajo porque en Ahwaz, la ciudad donde vive, la situación está muy difícil. Hace cinco años, cuando terminó la universidad, se trasladó a esta ciudad cercana a la frontera con Irak para huir del pasado de su padre, que perteneció al grupo de los Muyahidin del Pueblo y estuvo preso muchos años tras la revolución. «Por ser su hijo mayor nadie me daba trabajo y decidí irme a donde nadie me conociera».
Pero en su nueva ciudad tampoco tiene un empleo fijo, como les ocurre a miles de jóvenes iraníes. Da clases de inglés por u$s 200, insuficientes para vivir. Su sueño es, en última instancia, marcharse. «Ésta es una de las caras más tristes de la revolución. Pagamos caro lo que hicieron nuestros padres».


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