El cine de Rithy Pahn se concentra mayormente en las masacres del Khmer Rouge, o Jemer Rojo, un grupo maoísta que dominó Camboya entre 1975 y 1979. Fueron sólo cuatro años, pero suficientes para destrozar casi todo y causar la muerte de 1.800.000 personas, entre crímenes, hambrunas y pestes. Por suerte al loco que comandaba ese régimen se le ocurrió atacar al ejército de Vietnam, que lo venció en apenas 17 días. Oculto en la selva, murió en 1998. Sus cómplices empezaron a ser juzgados recién en el 2007.
Pahn mantiene viva la memoria de esas bestialidades. Les explica a las nuevas generaciones cómo era su país, y cómo pasó tamaña desgracia. Lo hace mediante dramas como "La gente del arrozal" (estrenado en el Cosmos a mediados de los 90) o documentales como "S-21, la máquina roja de matar", donde entrevista a víctimas y victimarios del Khmer Rouge (aquí apenas visto en funciones especiales). El que ahora vemos también es un documental. Lo escribe en primera persona, porque cuenta la historia de su familia en el "campo de reeducación" donde vio agonizar a sus padres. Y también cuenta los disparates del régimen, por ejemplo la explosión del Banco Central con todo el dinero adentro, como acto revolucionario.
Noticieros y propagandas de ese desgobierno, cánticos y slogans, se muestran ahora porque pudieron conservarse. Películas, fotos y canciones anteriores fueron destruidas en nombre de la nueva sociedad. No se permitían ni siquiera los recuerdos personales. Rithy Pahn crea entonces sus propias imágenes con maquetas y muñequitos de arcilla pintados de colores. Así revive su infancia con la mirada de un niño, y con la madura tristeza de un huérfano. De su familia, de su tierra, de sus alegrías inocentes. Los muñequitos y demás piezas de juguete nos permiten ahora soportar el espanto de la historia. Pero a cierta altura también nos recuerdan los muñecos del peruano Edilberto Jiménez con sus retablos de terracota poblados de muertos por degüello, representando las víctimas de otro grupo maoísta, Sendero Luminoso, en el pueblo del Chungui.
De todo lo que se ha perdido, Pahn busca morosamente una imagen en especial. Pero si la consiguiera, nos dice, tampoco podría mostrarla. Es el registro de uno de los tantos fusilamientos, o de los asesinatos mediante tortura, que cometió el régimen. Una evidencia ya innecesaria. Las fosas colectivas hablan por sí solas.
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