El Cirque Éloize no llega a alumbrar como el Soleil

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A un año de la última visita del Cirque du Soleil a la Argentina y en coincidencia con el III Festival Polo Circo en Buenos Aires, el Cirque Éloize, de Canadá, pasó por el Gran Rex. Resulta inevitable la comparación no sólo con el Soleil, compañía multinacional que invierte dinero en sus compatriotas por considerarlos buenos discípulos y exponentes de calidad del nuevo circo.

El espectador que haya visto varios espectáculos circenses tampoco puede evitar la comparación del de Éloize con grupos locales de muy buen nivel como la Compañía La Arena o hasta el Círculo de Trapecistas del Centenario. Ocurre que al principio, los números de circo propiamente dichos (que se intercalan con los sketchs cómicos) no resultan del todo sorprendentes.

Pero conforme avanza el espectáculo, se entra en la propuesta de «Rain», gracias a una estética refinada y a una estructura onírica que hilvana cuadros cada vez mas disparatados y surrealistas, más interesantes y disfrutables. No tienen desperdicio la sucesión de chicas que salen disparadas del interior de un piano o el show de malabares con pelucas, tras descubrir que una mujer es calva.

El espectáculo también ironiza sobre el espectador imaginario que querrá que le cuenten una historia lineal, al que se alecciona sobre el nuevo circo, «que parte del inconsciente para conquistar el arte». La música en vivo suena mejor cuando los cirqueros se abstienen de cantar, pero esto suma a la lógica de un show que va desplegando sus sorpresas con cuentagotas. Así, cuando se ve a los primeros acróbatas saltando en las alturas, se tiene la sensación de que se verá más de lo mismo. Pero cuando los talentos de la compañía van cobrando protagonismo, se asiste a las pruebas de dos hombres que mantienen sus cuerpos en el aire y desafían la ley de gravedad (entre lo más ovacionado de la noche), y al encanto de una contorsionista que divierte con su simpatía pero sobre todo asombra con sus caminatas en posiciones imposibles.

Algunos parlamentos resultan excesivos, sobre todo porque los artistas no se expresan bien en español, y porque las imágenes transmiten mucho más que esas palabras. La poética visual va in crescendo con el número de telas de cinco mujeres en las alturas o mediante los aros con los que dos acróbatas se valen para correr. Y alcanza su clímax con un diluvio sobre el escenario (momento esperado por el público porque es el leit motiv de la gráfica del espectáculo) con reminiscencias a la pileta gigante de «Fuerzabruta». El juego infantil con la pelota, el chapoteo y la lluvia incesante, dotan a la escena de un tono melancólico, bien a tono con la mística de la vida en el circo.

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