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El desmanejo de las expectativas macroeconómicas
La tradición científica de mirar a la economía como un sistema que funciona en el entorno del equilibrio y que cambia lentamente nos vino dado desde mucho tiempo atrás, cuando a fines del siglo XIX Alfred Marshall, un referente mayúsculo de la economía política británica (y maestro de Keynes), empezó escribiendo su obra magna (llamada Principios de Economía) con una frase tomada de Charles Darwin en la Teoría de las Especies: «Natura non facit saltum» (la naturaleza no da saltos). La visión del equilibrio como una aproximación conveniente al curso real del sistema económico funciona bien en estados normales. Pero muy mal cuando el sistema se sale de un «corredor» y ocurren patologías de fallas de coordinación del sistema económico, según Axel Leijonhufvud, un elaborador superlativo de la economía de Keynes.
Esto último es lo que el mundo está experimentando en estos momentos. El comienzo de una recesión extraordinaria de naturaleza sistémica que tiene sus raíces en fenómenos que los economistas han desdeñado relativamente como objeto de estudio y que por lo tanto son de difícil manejo y predicción. No es que no existan explicaciones. Más bien en muchos textos recientes y en la fanfarria de los blogs han aparecido avances muy auspiciosos y el debate va a producir resultados muy útiles. Una explicación más escuchada ahora que un año atrás se denomina «recesiones de hoja de balance». En alguna variante de esta visión se acepta como punto de partida que las principales economías del mundo, con EE.UU. a la cabeza, desarrollaron una burbuja en los activos reales basada en percepciones exageradas del crecimiento (no sostenible) del PBI que estaba aconteciendo en el mundo. Esta burbuja fue amplificada al extremo por el comportamiento del sistema financiero en el marco de políticas fiscales y monetarias que se acomodaron a ese escenario y por políticas públicas que fallaron en la regulación de los mercados financieros y de la gobernabilidad empresarial. Esto ha llevado a que no sólo los bancos sino también las empresas tengan un desequilibrio muy grande es sus balances que van a llevar a un proceso de desendeudamiento y a la caída vertical de la demanda de crédito. El caso más cercano ha sido la experiencia japonesa desde fines de los 80 y la década de los 90, sólo que el fenómeno ahora es más generalizado y hay un «derretimiento global» que hace imprescindible la coordinación internacional para evitar la deflación.
Que existan contribuciones y explicaciones en curso no quita el hecho de pensar que se vienen tiempos difíciles para la economía y la política económica mundial. Es que la inestabilidad actual tiene un ingrediente problemático, que es la ruptura del régimen de política económica. Ello ocurre cuando se produce un divorcio marcado e irreconciliable entre los anuncios y acciones de política económica y el sistema de expectativas del sector privado. La política económica mundial parece confundida sobre los instrumentos a utilizar y la dosis de los mismos. Y el sistema de expectativas del sector privado se confunde entre los anuncios y las indecisiones y forma expectativas sobre variables macroeconómicas de modo autónomo y presagiando lo peor tanto para la recesión como para la salud de los mercados. El sector privado no entiende la «función de reacción» de la política económica. Y lo poco que entiende no le gusta para nada.
¿Y por casa, cómo andamos? En alguna medida y salvando las distancias y trayectorias, la economía argentina está inmersa desde 2008 en un punto de quiebre similar. Algo pasó en la Argentina a partir del enfrentamiento con el campo en el segundo trimestre del año pasado, tal que el sistema de expectativas del sector privado empezó a percibir que se estaba frente a un punto de inflexión. El cambio de ciclo a nivel internacional no hizo sino empeorar las cosas y fue además el ingrediente fundamental para la película de terror sobre cómo va a reaccionar el Gobierno en las malas. El temor fundamental no es difícil de comprender y se resume en una anticipación del sector privado a que la «función de reacción» de la política económica es horrible para todos aquellos que deban tomar decisiones de inversión. Una confirmación de este temor llegó en octubre de 2008 con la nacionalización de las pensiones privadas y del crédito no bancario, justo en momentos en que el crédito bancario se enfría y la economía se ve sitiada en su financiamiento. Una y otra vez la comunicación desde el Gobierno de la función de reacción latente o relevante reafirmó estas peores sensaciones.
Entre muchos economistas existe la sensación de que resulta cada vez más difícil aportar ideas frente a semejante desmanejo de expectativas. Algunos economistas que aceptarían varias medidas y anuncios oficiales han reconocido que en un amplio espectro de casos, que empezaron con el tema inflacionario, el manejo de las expectativas echa a perder cualquier buena idea sobre el uso de instrumentos. Para dar un ejemplo actual, aun cuando el blanqueo de capitales sea una buena idea para repatriar capitales frente al derretimiento de los sistemas financieros centrales, la retórica distribucionista que está presente en la pelea con el campo y que es moneda común en el discurso del Ejecutivo equivale al peor manejo posible de las expectativas. Parece que el Gobierno y sus asesores nunca se preguntaron, más allá de las explicaciones conspirativas, que si miles de argentinos guardan el dinero fuera del sistema financiero -sea en el exterior o en el colchón- algo debe tener que ver con el temor a que se lo expropien y que ellos quieren escuchar otra música. El Gobierno, con la Presidenta a la cabeza, los convoca con la letra de un tango popularizado por la orquesta del maestro Pugliese, cuya estrofa empieza diciendo que «El dinero no es la felicidad. Y vos que lo tenés por qué no me lo das». Es hora de que alguien le explique a la Presidenta que tiene que cambiar el discurso.


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