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El economista del mes: "No hay en vista un 2011 con escenario de crisis"
En la última entrega del año de El Economista del Mes el análisis de la coyuntura y las perspectivas de 2011 estuvo a cargo de Ricardo Delgado, director de Analytica. Considera que el próximo año será muy parecido a 2010, pero la acumulación de serios desequilibrios, principalmente, el atraso cambiario y la elevada tasa de inflación pone un manto de duda sobre el escenario poselectoral. Afirma que se requieren 10.000 millones de dólares de inversión adicional para poder crecer al 6%, bajar la inflación y reducir el desempleo al 6%.
El economista Ricardo Delgado de Anlytica vislumbra un 2011 con un buen nivel de actividad pero con inflación creciente.
Con la incertidumbre propia de un año electoral que define la suerte del modelo político K, 2011 será en lo económico muy parecido a 2010. Se mantendrá el elevado crecimiento del Producto (cerca del 6%) y el consumo privado volverá a ser el motor de corto plazo de la demanda agregada, sostenido por la inyección salarial y de gasto social. El sistema bancario priorizará las líneas de financiamiento a familias y al Gobierno, debido a que se mantienen condiciones de una alta rentabilidad en dólares. El Gobierno continuará con la lógica de anclar el tipo de cambio nominal en torno de $ 4, pero con una inflación que de piso será del 25%, provocando un nuevo atraso cambiario en términos reales. La estrategia cambiaria oficial sólo se sustenta por la existencia del super-real brasileño y altos precios de los commodities.
La economía digirió sin mayores sobresaltos la muerte de Néstor Kirchner. El shock fue absorbido por un muy favorable contexto internacional, donde Brasil crece a un inédito 8%, las tasas en el mundo están en niveles bajísimos (lo que explica el fuerte descenso del riesgo financiero argentino en los últimos meses) y los precios de los commodities nuevamente tonificados (la soja cerca de u$s 500, al doble de lo que decían los pronósticos de comienzos de 2010). El trípode externo explica más de la mitad del crecimiento argentino de este año.
No hay a la vista un escenario de crisis en 2011, a pesar que el mundo (desarrollado, especialmente) seguirá sin resolver los grandes desequilibrios estructurales (deuda, déficit fiscal y bajo crecimiento). Brasil probablemente crezca menos, en torno del 5%; la inflación (en un 6%) preocupa en Brasilia, y no hay que descartar subas de tasas en el nuevo Gobierno de Dilma Rouseff. Esta suba realimentará el ingreso de capitales a Brasil, dificultando revertir la brusca apreciación del real, pese a los crecientes reclamos empresariales.
2 ¿Qué es lo más preocupante frente a este escenario?
Los desequilibrios se siguen acumulando. No es trivial crecer con una inflación del 25% al año junto a un atraso cambiario progresivo. Aun cuando el tipo de cambio multilateral es un 50% más alto que el de finales de la convertibilidad, cayó 25 puntos respecto de los niveles de 2006. Los costos sobre la producción local se empiezan a sentir: los márgenes de exportación se achican y las importaciones obligan a reforzar las barreras paraarancelarias, que sólo marginalmente corrigen el problema. En 2011 las importaciones volverán a crecer muy por encima de las exportaciones, y la cuenta corriente seguirá la tendencia hacia el «cero».
Se perdió la regla fiscal que llevó a que a mediados de 2000 la Argentina tuviera un superávit primario de 4.5 puntos del PIB. Hoy, las cuentas públicas cierran con ingresos extraordinarios (utilidades del Central y de la ANSES, DEG del FMI). La prudencia, que empezó a abandonarse cuando el Gobierno decidió no instrumentar el fondo anticíclico creado en tiempos de Roberto Lavagna, empieza a ser reemplazada por prácticas poco recomendables, como por ejemplo el pedido que en el presupuesto 2011 hace la provincia de Buenos Aires para endeudarse y financiar el aumento del gasto corriente, violando la ley de administración financiera.
Dólar planchado, inflación, expansión del gasto público por encima de los recursos fiscales, tasas pasivas negativas y financiamiento abundante (caro) son una combinación conocida por los argentinos. Todo lleva a consumir más y a ahorrar menos, una arquitectura altamente rentable para la construcción política en tiempos electorales. Mejores salarios en dólares dejan una mayor sensación de bienestar, sobre todo si los ingresos de los trabajadores formales aún no pierden poder de compra en pesos, porque siguen de cerca la inflación real.
3 ¿Cuál es la estrategia antiinflacionaria?
La estrategia cambiaria del Gobierno es simple: atrasar todo lo que se pueda el tipo de cambio real para estimular el consumo privado y «administrar», o al menos no acelerar, la tasa de inflación. La paradoja es que un modelo que se basó, en sus comienzos, en el dólar competitivo y estable, en la idea de sustituir importaciones, haya caído en el mito del atraso cambiario, convencido de que una moneda «fuerte» es una estrategia óptima en las etapas previas a las elecciones.
Este atraso es resultado de la peor de las fórmulas. Claramente, se desalienta la inversión en los sectores exportadores y, más críticamente, en aquellos que compiten con las cada vez más crecientes importaciones. Así, también se resiente la creación de empleo. En el último año, el peso se apreció el 13% respecto del dólar, el 23% frente al euro, el 12% respecto del yuan y el 6% frente al peso chileno. El tipo de cambio multilateral -la medida del mix de comercio internacional argentino- también cayó un 11%.
Curiosamente, ya que la historia dice que ha sido con frecuencia un problema por sus devaluaciones, es el nivel de la moneda brasileña la única, pero sustancial, aliada de la estrategia del peso fuerte de la administración K. Las ventas a Brasil son más del 20% de las exportaciones totales, y la apreciación nominal del real permite sostener su competitividad-precio.
Aun cuando en rigor los últimos doce meses hubo una leve apreciación del peso frente a la moneda brasileña (explicada por las significativas diferencias en las tasas de inflación), el nivel actual del tipo de cambio bilateral sigue siendo muy favorable para las exportaciones a ese mercado, superior incluso a los niveles de los primeros tiempos posdevaluación 2002 y entre los más altos desde 2000. Esto es central para entender por qué no son masivos los reclamos de los sectores productivos por el «peso fuerte». El super-real facilita que puedan esconderse algunos efectos del atraso cambiario. En particular, no hay invasión de productos brasileños en el mercado local, y las manufacturas industriales y agropecuarias (por fuera de las reguladas ventas de automóviles) tienen un importante nicho de penetración. Pero la política cambiaria debe ser potestad de los funcionarios argentinos, no de extranjeros, aunque sean los principales (y estratégicos) socios comerciales.
4 ¿A qué tasa de inflación esto se vuelve explosivo?
Esta economía muestra, como otras en el mundo, que tiene una escasa capacidad para crear empleo. En la industria ya se están perdiendo puestos de trabajo: sólo el sector público y el comercio (y servicios en general) muestran una cierta dinámica en los últimos dos años. Es natural; la tasa de inversión es baja para sostener el ritmo de crecimiento del producto sin tensiones crecientes en los precios. Se requiere no menos de u$s 10.000 millones anuales adicionales de inversión (básicamente en maquinaria y equipo) para crecer al 6% anual con inflación en descenso y alcanzar un desempleo del 6%.
El uso de la capacidad instalada en la industria se encuentra en máximos del 80%, lo que indica que son necesarias ampliaciones y/o construcciones de nuevas plantas para satisfacer la creciente demanda interna. Sin embargo, los empresarios prefieren importar más bienes intermedios y de capital, para no asumir riesgos. Esto se refleja en una elasticidad importaciones-PBI, que ya supera los niveles de la convertibilidad, ubicándose en un 3,2 (por cada punto que aumenta el PBI, las impo aumentan 3.2 puntos).
La Argentina se debe una discusión sobre cómo desarrollarse. El camino debe iniciarse atacando el problema de la «Doble I»: la inflación y la falta de inversión suficiente. Es preciso un plan de estabilización de precios gradual, que como mínimo normalice al INDEC, coloque al BCRA en su lugar de coordinar expectativas, contenga una regla fiscal creíble y logre algún esquema de concertación de precios, salarios y tarifas entre el Estado, los trabajadores y los empresarios.
Usar la inflación como instrumento fiscal, para aumentar los ingresos tributarios y licuar el gasto, tiene costos. El Gobierno parece estar confiado en que existe una suerte de «zona de confort inflacionario» ubicada entre el 20 y el 30% anual en la que se puede convivir sin que la sociedad reaccione, administrando las tensiones salariales.
Es difícil decir a qué tasa de inflación el problema se vuelve explosivo. Pero todos los economistas acordarían en que los costos de bajar la inflación crecen cuando ésta se acelera. Porque la licuación de salarios y de la competitividad cambiaria, el aumento de la pobreza y las «coberturas» contra la inflación, entre otros, son también fenómenos crecientes y políticamente complejos de resolver.


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