4 de mayo 2016 - 00:00

El equipo está; hay que ver cómo se mueve

 El Ministerio de Hacienda presentó hace una semana su programa financiero y apenas un día después el BCRA exhibió su programa monetario para lo que resta del año. Hubo precisión y claridad en cuanto a los objetivos que persigue el BCRA, los instrumentos para alcanzarlos y los plazos de ejecución de la política monetaria. En un régimen de metas de inflación, la transparencia y la buena comunicación son fundamentales para reducir la incertidumbre. En este sentido, la intención de publicar informes periódicos relacionados con la conducción de la política monetaria tiende a incrementar la efectividad del régimen.

Yendo a aspectos puntuales del programa monetario, hay varios puntos para destacar. Primero, el BCRA reconoce que estamos en una fase de transición y que el régimen de metas comenzará formalmente a partir de septiembre. La falta de indicadores de precios (cuestión que el INDEC remediará a partir de junio) y el proceso de ajuste de precios relativos (dólar y tarifas) hacen casi imposible instrumentar exitosamente un régimen tradicional. Esto no implica que el BCRA se desentienda de la inflación hasta septiembre.

Segundo, la entidad monetaria avaló los objetivos de inflación anunciados tiempo atrás por el Ministerio de Hacienda. Por más sorpresivo que parezca, ello está en línea con el paradigma tradicional del esquema de metas. Ningún banco central se maneja de forma completamente autónoma del sistema político. La independencia del banco central de la que tanto se habla (y se discute) se refiere a otorgarle libertad a la entidad para utilizar a su criterio los instrumentos de política monetaria, de forma tal de alcanzar los objetivos propuestos junto con el Gobierno. De todas formas, esta independencia tendrá que venir aparejada de la rendición de cuentas.

Tercero, desde el BCRA están reconociendo públicamente que va a ser muy difícil alcanzar la meta para este año. El ajuste de precios relativos ha tenido un efecto acelerador sobre la inflación, que estimamos será transitorio. Dada esta situación y unas expectativas por encima del 30% anual, la autoridad monetaria manifestó que trabajará para que la inflación se acerque lo máximo posible a la meta del 25% anual. Que no es lo mismo que decir que el año cerrará con una inflación del 25%. Al preanunciar la posibilidad de incumplimiento se trata de minimizar la pérdida eventual de credibilidad. Pero, de ocurrir, habrá algún costo de reputación.

Cuarto, se reafirmó el compromiso con un esquema cambiario de flotación administrada. Las intervenciones serán ocasionales y tendrán como objetivo evitar fluctuaciones injustificadas, sobre todo si responden a la dinámica de la cuenta financiera del balance de pagos y no de la cuenta corriente. La definición no sorprende. El famoso "trilema monetario" nos enseña que si la economía se mueve hacia una mayor movilidad de capitales (para financiar el déficit fiscal y promover inversiones) y se quiere aplicar una política monetaria independiente (para bajar la inflación), necesariamente el tipo de cambio tendrá cierto grado de flotación. La competitividad cambiaria posiblemente sufra a corto plazo, dada la liquidación de exportaciones del agro, el aporte de divisas vía deuda y la llegada esperada de inversiones extranjeras (si ocurre). Ahora bien, el Gobierno apuesta a que a mediano plazo las ganancias de productividad derivadas de las reformas estructurales más que compensen la apreciación cambiaria de corto. Toda una apuesta (mala), costumbre durante la última década, el BCRA trabajará de forma explícita en controlar la inflación, dejando flotar el tipo de cambio dentro de una banda razonable. Asimismo, comunicará de manera transparente sus objetivos, procedimientos y resultados. En términos futbolísticos diríamos que el equipo está armado y bien parado en la cancha. El problema, como supo decir un famoso director técnico, es que después se mueva. Habrá que ver cómo sale este partido.

(*) Economista Jefe Management & Fit

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