25 de mayo 2011 - 00:00

“El fenómeno del zapping también ha llegado al libro”

Javier Sierra: «En España no hay escritores con la proyección de ventas que yo he alcanzado. Salvo, quizá, Pérez-Reverte en sus inicios. Podría haber  algunos que hoy practican esta mezcla de investigación, aventuras y hechos históricos».
Javier Sierra: «En España no hay escritores con la proyección de ventas que yo he alcanzado. Salvo, quizá, Pérez-Reverte en sus inicios. Podría haber algunos que hoy practican esta mezcla de investigación, aventuras y hechos históricos».
El haber logrado entrar en el Top Ten de los best sellers en Estados Unidos con su novela «La Cena Secreta», hizo que el español Javier Sierra, que ya contaba con ocho libros que habían entrado en las listas de «más vendidos» en su país, se tomara siete años para escribir su nueva novela, «El ángel perdido», porque sintió que debía «entregar a los lectores a los que había llegado en cuarenta y tres países países un novela que entendieran, con códigos que fueran globales», y con un material que él sintiera cómodo literariamente. Sierra visitó Buenos Aires para presentar «El ángel perdido», que acaba de publicar Planeta, sobre la historia de unas curiosas piedras medievales que permiten comunicarse con los ángeles. Dialogamos con él.

Periodista: ¿Quiénes considera en España sus antecesores en el tipo de novela superventas que usted produce?

Javier Sierra: No lo hay con la proyección de ventas que yo he alcanzado. Salvo, quizá, Pérez-Reverte en sus inicios. Y podría llegar a encontrar algunos otros autores que hoy practican esta forma de narrativa, mezclando investigación, aventuras y hechos históricos. «El ángel perdido» lleva diez semanas encabezando la lista de best sellers en España, y cerca de trescientos mil ejemplares vendidos. Mis novelas se han traducido a más de cuarenta idiomas y, por caso, mi novela «La cena secreta», que se ha publicado en cuarenta y tres países, lleva vendidos unos tres millones de ejemplares en todo el mundo, se situó en el Top Ten de los libros más vendidos en Estados Unidos. Esto es lo más extraordinario porque le cuesta mucho a la literatura en español entrar en ese circuito, y convertirse en una literatura a la que no le ponen etiquetas. No me ponen en el estante de los libros extranjeros sino que mis novelas están en las mesas junto a las de autores de allí.

P.: ¿Cómo construye sus novelas en ese modelo tan típicamente estadounidense?

J.S.: Me considero un hombre muy de mi tiempo. A mí me influye mucho el discurso cinematográfico, televisivo, en el que se sabe que se tiene unas pocas secuencias de concesión por parte del espectador para quedar atrapado, si no, cambia o no vuelve. Yo eso lo aplico a la literatura. El fenómeno del zapping no es sólo propio de la televisión, también ha llegado al libro. Hay tanta oferta que o se consigue atrapar al lector en una trama que lo intrigue en las primeras diez o quince páginas o se lo pierde, abandona, cambia inmediatamente. Por eso me propuse hacer una novela cuyo interés se mantuviera todo el tiempo. Hay valles, pero la intensidad va hasta el final.

P.: ¿Qué tomó del cine?

J.S.: Secuencias cortas. Hechos que parecen desligados unos de los otros pero que finalmente convergen y dan una sensación de plenitud al lector.

P.: En ese sentido, y en los temas donde relaciona historia, religión, sectas, tienen un cierto parentesco con Dan Brown.

J.S.: Sí, pero las novelas de Dan Brown tiene a la vez cierto parentesco con «El nombre de la rosa» de Umberto Eco o con «El ocho» de Catherine Neville, y yendo a los clásicos con «El cuento del Graal» de Chrétien de Troyes, del siglo XIII, e incluso con la primera novela de la historia de la humanidad que es la «Epopeya de Gilgamesh», que tiene seis mil años y que narra la peripecia de sus personajes por encontrar algo que es quimérico, irreal, que está por encima de sus posibilidades pero que les resulta vital para su supervivencia. Es un género tan antiguo como la literatura. Si tiene éxito es porque nos sentimos irremediablemente atraídos por lo misterioso, por aquellas zonas oscuras de la realidad que nos rodea. Y de lo que la ciencia no es capaz de explicar en las novelas podemos encontrar interpretaciones.

P.: ¿Qué piensa de quienes dicen que en sus primeras novelas investigaba más y ahora le da más importancia a las aventuras?

J.S.: No es cierto, lo que ocurre es que ahora dosifico la información mejor. En mis primeras novelas estaba más presente el periodista que el escritor. Quería transmitir una serie de informaciones y mis personajes, las vomitaban. Ahora, en cambio, la información entra de una manera más suave. El modo actual es un acierto porque hace que el lector entre más fácilmente en la historia, aunque para mí es mucho más trabajo. Lo laborioso en este tipo de novela es hacer entrar todas las piezas y que funcionen bien.

P.: ¿Es cierto que para escribir viaja a lugares de su historia?

J.S.: Hacerlo es casi una obligación ética. Entiendo que Julio Verne o Emilio Salgari, autores de novelas de aventuras de siglos pasados, no viajaran porque no tenían posibilidades, porque carecian de medios. Hoy, dado que no sólo el autor puede viajar sino que el lector puede hacerlo, se tiene que ser muy meticuloso en las descripciones de los lugares, en la documentación que se maneja, porque basta que se excite la curiosidad del lector -y yo pretendo eso- con un dato, con un nombre, con un personaje, para que ese lector encienda su computadora, busque en Google lo que hay acerca de ese tipo. Y si lo de uno no está bien documentado se corre el riesgo de perder credibilidad. Es que somos la generación que más lee de toda la Historia, estamos todo el día leyendo. Y eso nos hace más permeables a recibir información, más críticos. Por eso creo que el escritor contemporáneo se enfrenta al lector más exigente de toda la Historia, y por eso hay que manejarse con mucho cuidado.

P.: ¿Es por eso que dice que busca que sus historias tengan varias capas de lectura?

J.S.: «El ángel perdido» se puede leer sólo como un episodio trepidante siguiendo las peripecias de sus personajes. Pero hay episodios que invitan a pensar por ejemplo: qué nos espera después de la muerte. Todas las grandes civilizaciones han estado preocupadas por eso y han articulado su evolución en torno a esa gran pregunta, menos la nuestra. En la nuestra la muerte se ha convertido en un tabú, en un tema del cual no se puede hablar. Se puede poner una escena de sexo en televisión, pero no la foto de Bin Laden muerto o las fotos de los muertos el 11-S, porque provocan rechazo. Hay algo en nuestra cultura que nos impide enfrentarnos a ese momento, y tener esperanza de que haya algo después.

P.: ¿Por qué su novela tiene como protagonista una mujer?

J.S.: Quería hacer una novela del viaje del héroe, en el modelo de Gilgamesh, de La Odisea, de El Quijote, pero que el papel protagónico lo tuviera una heroína, porque ella me permitía enfrentar dos mundos que se contraponen, el de la fe y el de la razón, que en una mujer cohabitan mucho mejor que en un hombre. Ella combina intuición con inteligencia, razón con instinto. de manera mucho más rica que en el hombre. Eso me permite buscar a través de la novela responder por qué en el mundo antiguo a la civilización le era más fácil comunicarse con lo trascendente, con lo divino, y a partir de la Revolución Francesa y el Siglo de la Razón esa comunicación se interrumpe y ya no nos interesa.

P.: ¿Y qué hace esa heroína?

J.S.: Narro las peripecias de una mujer que no cree en absoluto en lo trascendente, en lo divino, pero se va viendo arrastrada hacia ese terreno a través de un regalo que recibió el día de su boda: unas piedras que pertenecieron a un mago del siglo XVI, con las que decía que se podía comunicar con los ángeles. Ese mago existió, se llamó John Dee, y las piedras también. Gracias a esas piedras esa mujer se ve sumergida en un universo fascinante. Encuentra que en todas las grandes religiones del pasado hay una piedra para comunicarse con Dios. En el Islam está la Cava, un meteorito que veneran en la Meca, y que atrae a millones de musulmanes. En el judeo- cristianismo están las Tablas de la Ley que recibe Moisés en el Sinaí de manos de Dios. En el Antiguo Egipto estaba la piedra Ben Ben que colocaron a las afueras de Heliópolis como muestra de que por encima de los cielos había un territorio del que había caído esa piedra. La obsesión por comunicarse con Dios volcada sobre piedras es toda una cuestión universal, y la búsqueda de esas piedras la utilizo como parte de la médula espinal de la novela. Buscar algo que está más allá de lo físico es lo que le dio éxito al «Cuento del Grial» donde se busca la copa de Jesús en la Última Cena, es lo que dio éxito a Dan Brown en «El Código Da Vinci» buscando los descendientes sanguíneos de Jesús. Ceo que este tipo de literatura, que trasciende lo material, nos ayuda a ser humanos, porque no hemos hecho demasiado materialistas. Somos muy de lo que se puede comprar y vender, pesar y medir, y nos hemos ido apartando de las reflexiones sobre lo inmaterial pero que es lo que nos hace realmente humanos, el amor, las emociones, la búsqueda de Dios o de aquello que nos trascienda.

P.: ¿En que está trabajando ahora?

J.S.: No lo adelanto nunca, porque me empiezan a llegar correos electrónicos de mis lectores, y lo peor es que me pueden desviar de aquello que quiero contar.

Entrevista de Máximo Soto

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