7 de abril 2009 - 00:00

El fenómeno Obama descoloca a Chávez

Para Hugo Chávez, todo tiempo pasado fue mejor. Especialmente desde que el nuevo presidente demócrata de los Estados Unidos, Barack Obama, inauguró su mandato.

Basta pensar en lo que la etapa previa representó para el presidente venezolano: petróleo por las nubes, mercado asegurado para un millón de barriles diarios y argumento para una retórica antiimperialista, todo «gracias» a George W. Bush, el republicano cuyo mandato presidencial (2000-2008) fue casi paralelo al de Chávez, que comenzó en 1999.

Bush le compró petróleo compulsivamente. Promovió ofensivas bélicas que dispararon el precio del barril de crudo a niveles jamás soñados por la OPEP. Y hasta le permitió hacer alarde de antiimperialismo oral. La guerra de Irak, que Chávez se cansó de denostar en su programa televisivo «Aló Presidente!», financió la Revolución Bolivariana. Un juego ideal.

Todavía está «colgado» en YouTube el video con la retahíla de insultos que Chávez le dedicó al mandatario estadounidense en marzo de 2006. «Mister Danger», «pajarito», «cobarde», «inmoral», «mentiroso», «burro», etcétera. Pero no hubo agravio capaz de frenar la demanda petrolera de los Estados Unidos de Bush, mejor cliente y principal socio comercial de la Venezuela de Chávez.

«¡Adiós, Mr. Bush!», festejó sin embargo el bolivariano el día en que su enemigo favorito dejó la Casa Blanca. Pero he aquí que, de pronto, Barack Obama, supuesta antítesis del «diablo», lo acusa de estar «exportando actividades terroristas» y dice: «Chávez ha sido una fuerza que ha impedido el progreso de la región». Hasta ahí, sólo palabras.

Pero resulta que el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, a quien Chávez pidió interceder por él ante Obama para mejorar las relaciones, teje una alianza estratégica con Washington en materia de producción de biocombustibles, pero también como futuro mercado para sus exportaciones de crudo, cuando las reservas offshore de su país sean explotables. La primera víctima de este acuerdo será Venezuela, ya que la intención de Obama es limitar la dependencia de su país del petróleo chavista, que hoy representa el 11% del total que importa Estados Unidos, donde Caracas tiene además refinerías y una red de estaciones de servicio.

Menos ingresos

Por otra parte, la crisis mundial derrumbó el precio del crudo: de su récord histórico de 150 dólares el barril el año pasado pasó a rondar los 50 dólares, lo que redujo los ingresos petroleros de Venezuela un 64% en un año, obligando al Gobierno a achicar su gasto y a aumentar impuestos. En semejante contexto, a Chávez le vendría muy bien poder resucitar al mismísimo diablo, pero difícilmente éste pueda encarnarse en «el Negro», como llamó al nuevo Presidente estadounidense.

Aun así, y a riesgo de desconcertar a su público, compuesto en buena medida por los mismos sectores entre los cuales Obama enciende esperanzas, el presidente venezolano llamó «pobre ignorante» a su homólogo norteamericano. Vino entonces lo más duro de tragar para el narcisismo del personaje: Hillary Clinton, secretaria de Estado de Barack Obama, dijo que no perdería tiempo con él: «No vamos a entrar en ese debate, es algo tan infantil que no vamos a responder».

Quizás sea eso lo que llevó a Chávez a pedir el «reseteo» de la relación con Washington. El problema es que lo hizo desde Teherán.

En efecto, descolocado en esta nueva coyuntura, en la que de momento no encuentra con quién jugar al muchacho rebelde que se hace retar, Chávez decidió viajar por séptima vez a Irán. Pero antes de dejar su país, se las tomó con Cristóbal Colón, a quien expulsó de su sitial en un parque del centro de Caracas, al grito de: «¿Qué hacía ahí esa estatua? ¡Fue el jefe de una invasión que produjo el genocidio más grande de la historia!».

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