22 de agosto 2013 - 00:00

El heredero perdido (1° parte)

Federico Enrique Stolte
Federico Enrique Stolte
Siempre fue así. Eso no va a cambiar. Los peronistas somos así. Los peronistas son así. Es la manera en que nosotros administramos y entendemos el poder. Es la manera en que los peronistas se relacionan con el poder. Todas respuestas, en el orden del "incorregibles" de Jorge Luis Borges, a la pregunta de por qué, por definición, el Partido, el Movimiento, que desde su gestación ha generado un sinnúmero de dirigentes y líderes, no puede sucederse en un heredero, una vez cumplido el ciclo de un liderazgo continuado en el tiempo.

Como el abordaje del tema es desde el psicoanálisis, lo que nos interesa es la posibilidad de interpretar hechos históricos, que se repiten, que insisten y, de ese modo, poder considerarlos como síntoma de algo inconsciente instalado de manera colectiva.

Para ello, habría que tomar la precaución de alejarse lo más posible de la escena, de nuestra realidad. Pensarlo como un caso clínico del que estaríamos dando cuenta a alguien que no sabe absolutamente nada de nuestra historia y evitar así la sobrecarga de información que nos condiciona.

Ortega y Gasset definía como condición de liderazgo, la excelencia, la superioridad de cierto individuo que produce en otros, una atracción, un impulso de adhesión, de secuacidad.

El líder es una persona a la que un grupo sigue y reconoce como guía, jefe, orientador; en la ilusión de completud de la masa, con él lograremos lo que nos falta.

Las condiciones adjudicadas a un líder son inherentes a las de un padre. Qué es un padre, se preguntaba Freud; bueno, alguien que primero fue hijo y así sucesivamente hasta llegar al comienzo. Para dar cuenta del origen, en Totem y Tabú inventa el mito del padre de la horda primitiva donde un padre que portaba la ley y era el único que podía gozar de todas las mujeres fue asesinado por sus hijos. En la culpa de sus hijos estaría el origen de la cultura. Mito que le permite la construcción teórica sobre la que se fundaría el complejo de Edipo.

El hecho o los hechos históricos que se han repetido podrían ser definidos de la siguiente manera: un líder, un padre, cuyo ciclo de liderazgo terminó de manera abrupta fue reemplazado por quienes se definían por lo contrario, en lo moral, en la ética y en la estética. No se trata de analizar el hecho histórico de la llamada Revolución Libertadora; lo que intento señalar es la analogía con el mito freudiano de un padre que deja de ocupar su lugar como tal. No importa si fue por una revolución o por muerte natural, seguida luego por otro golpe de Estado.

Esos acontecimientos históricos son irrelevantes a la atemporalidad y amoralidad del inconsciente. La muerte, las separaciones, los viajes, los grandes procesos de cambios de posición subjetiva son vividos por el inconsciente como abandonos y es tarea de un análisis su resignificación.

Como en el mito de Freud, el padre, líder, sin importarnos cómo se constituyó, fue despojado de su autoridad. Planteo, como hipótesis que, por mucho que se haya dicho y escrito sobre el 17 de Octubre y los dos períodos de gestión presidencial, los pilares basales de la construcción del sentimiento hacia el líder, que hoy perdura, fueron los 18 años de exilio y proscripción.

La historia es conocida por todos. El segundo liderazgo fue nuevamente interrumpido por quienes impusieron la ética de lo contrario. Y ya, en democracia, fue la Alianza la que nuevamente encarnó a lo opuesto.

Será tema de análisis y proyección si es posible una transición con una nueva opción o, como un síntoma, vuelva a repetirse que el cierre del liderazgo se defina por lo contrario.

(*) Abogado, psicólogo social (Esc. Pichon Rivière)y licenciado en Psicología UBA. En la actualidad, trabaja como defensor oficial en la Ciudad de Bs. As.

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