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“El de la esclavitud es un mal que nunca desaparece”
Mercedes Giuffré explica que en la tercera aventura de Samuel Redhead, «lo histórico es más un telón de fondo para ambientar un misterio de tipo doméstico. En las anteriores, lo histórico era el eje que articulaba el enigma».
Periodista: ¿Por qué llamó a su novela «El carro de la muerte»?
Mercedes Giuffré: Busqué una metáfora universal. El carro de la muerte era el transporte donde se juntaban los cadáveres después de la batalla. Y la muerte está presente en toda la novela. Especialmente en el asesinato sistemático de esclavos que, si bien ocurre en medio de las Invasiones Inglesas, aparecen con un balazo en la cabeza, de una forma que tiene resonancias actuales. Es la muerte de los indefensos, de los que están fuera de los círculos sociales, de los que a nadie interesan, salvo a Samuel Redhead, una suerte de justiciero a quien le preocupa descubrir la verdad y hacer justicia a quien la necesita. Si bien todos necesitan justicia esos de los que nadie se preocupa -en este caso los esclavos- despiertan el interés de Redhead y se pone a investigar del modo que lo venía haciendo en «Deuda de sangre» y «El peso de la verdad».
P.: ¿Mantiene, en este nuevo policial de tiempos de la Colonia, personajes de las novelas anteriores?
M.G.: Están, pero han ido cambiando. En «El carro de la muerte» me centro más en el pasado de Redhead, en lo que lo hizo ser quién es. En la primera novela, «Deuda de sangre», para la que investigué casi cuatro años, se sabía poco de él. Era alguien a tono con el policial tradicional. En la nueva novela se sabe más de su vida y cómo se fue formando. Esto lo vínculo con un modo de literatura, con la novela tradicional, y el policial de orden clásico.
P.: Así como a mediados del siglo XX estuvo el impacto de la novela negra estadounidense, hoy está el provocado tanto por el policial sueco como por el policial latinoamericano.
M.G.: Aquellos códigos, a los que en algún tiempo se aferraron tanto algunos escritores, hoy se discuten porque la realidad está en constante cambio y atenerse a esos patrones sólo tiene sentido en el contexto adecuado. Hoy se están reformulando. La novela como el teatro son espejos de la realidad, a veces más figurativos, otras más introspectivos. Más allá de que situé mis obras en el pasado, porque quiero pensar el presente desde el pasado, estoy hablando de mi realidad. No puedo evadirme. Y se cuela mucho de lo que leo. Me encanta Mankell que retrata una realidad actual que no es universal. No somos Suecia, no tenemos su problemática social y política, pero somos gente de la misma época con puntos de contacto. Lo de Larsson me parece más cercano. Cuando trata de la trata de blancas, el racismo, los grupúsculos neonazis, por llamarlos de algún modo, eso es universal, está en todos lados. En «El carro de la muerte» hay una organización que, si bien es totalmente ficticia, surgió en mí tras la lectura de un texto de George Reid Andrews, un historiador de la negritud en Latinoamérica, que cuenta que en el Río de la Plata, en la época en que sitúo mis novelas, hubo un movimiento por la independencia rápidamente reprimido. Pensé si ese movimiento, que se dio al otro lado del Río de la Plata no podía haber estado en éste. Y descubrí que tras la primera Invasión Inglesa, el Cabildo se planteó dar libertad a esclavos que habían luchado por la liberación del Virreinato. Tenían miedo de que, si se habían animado a tomar las armas, las pudieran usar contra la población blanca. Es una etapa de cambios, donde se está gestando el ciclo independentista, y lo que se está peleando es quién va a detentar el poder una vez que se sepa si los ingleses vuelven para quedarse o el Virreinato toma el control. El Virrey que escapa marca un punto final con respecto a la presencia española. Una vez que el espíritu independiente surgió, es sólo cuestión de tiempo. Muchas logias sostenían la conveniencia económica de independizarse. Estados Unidos ya lo había hecho, y mostró que hacerlo no era descabellado. Aquellos tiempos turbulentos hacían emerger cosas que estaban ocultas.
P.: ¿Por ejemplo el asesinato serial de esclavos negros?
M.G.: Los de «El carro de la muerte» son crímenes domésticos, no tienen nada que ver con el ámbito político, pero dejan de manifiesto que la esclavitud estaba llegando a su fin. Es un sistema caduco, que nunca debería haber existido, pero las bases económicas de la época se centraban en eso. Eso me hizo pensar sobre las esclavitudes actuales. Es un mal que nunca desaparece. Como dice Camus en «La peste», «el vacilo sigue latente, no hay que distraerse».
P.: ¿Cómo fusiona lo histórico con lo policial en una aldea?
M.G.: En «El carro de la muerte» lo histórico es más un telón de fondo para ambientar un misterio de tipo doméstico, más allá de que parezca que no lo es. En novelas anteriores lo histórico era el eje que articulaba el enigma. Creo que la Historia y la novela histórica, con las diferencias entre una y otra, llevan a la idea de las falencias, a que no es posible aprehender el pasado en su verdad de forma absoluta. Pero meditar sobre el pasado es conocerse, comprender el presente. Yo empecé a leer novela histórica para la investigación que hice en 2004, «En búsqueda de una identidad: la novela histórica en la Argentina». En 2001 había empezado a pensar en escribir algo policial histórico, pero eso había quedado en la vaguedad. Me puse a estudiar qué es la novela histórica, cómo se construye, cuál es su finalidad. Descubrí que surge en tiempos de crisis. En el siglo XIX en Europa, en época de Napoleón, y es una forma de conocer la propia identidad. En Latinoamérica aparece en un momento con esa misma finalidad. Esa estructura de búsqueda de la identidad que tiene la novela histórica entendí que la podía ensamblar muy bien con la estructura de la novela policial que tiene que ver con la búsqueda de una verdad, de algo que está oculto. Obviamente, una va a primar sobre la otra. En «El carro de la muerte» prima lo policial. Ahora estoy virando hacia ese lado, y lo histórico va quedando como telón de fondo.
P.: Si dice que en el futuro va a hacer crecer lo policial, ¿eso significa que va a continuar con la saga de Redhead, que se había dicho que iba a ser una trilogía?
M.G.: Decidí tomarme un descanso de Redhead porque son muchos años de convivencia con ese personaje. Intenté dejarlo después de «El peso de la verdad», porque quedé emocionalmente agotada. Yo, como decía Marguerite Duras, escribo con la mente y con el cuerpo, y quedé fundida. Quise empezar otra historia y no pude, tuve que volver a Redhead. Así surgió «El carro de la muerte». Habían quedado muchas cosas pendientes que tenían que cobrar vida en el papel y la tinta. Ahora que esas cosas se cerraron, me puedo tomar un descanso. Pero quedan dos novelas pendientes, porque este proyecto narrativo surgió como un ciclo de cinco novelas. Era establecer una línea del proceso de la identidad argentina que empieza antes de las Invasiones Inglesas y acaba en la Asamblea de 1813, donde se va a plantear con qué modelo se quiere construir la nueva nación. Esto tiene que ver con la necesidad que como argentina y escritora tengo de entender nuestra identidad. No por nada este proyecto literario surgió durante la crisis de 2001, cuando estábamos tan perdidos, no sabíamos adónde íbamos, y nos preguntábamos sobre sí alguna vez había habido un proyecto de país, y cuál había sido. Había que encontrar el hilo conductor entre pasado y presente.
P.: ¿En qué está ahora?
M.G.: En otro policial que ocurre esta vez a comienzos del siglo XX. Después, Samuel Redhead va a volver a investigar porque creo que he parido un ser humano ficcional muy especial.
Entrevista de Máximo Soto


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