Simplemente, lo de ayer fue una paliza. Una paliza por lo inesperado, una paliza por la magnitud de lo ocurrido y una paliza porque seguramente estuvo bien merecida para quienes se confiaron por demás. La cuestión no es tanto si el 1,38% que perdió ayer el Dow, al cerrar en 12.058,02 puntos, confirmó nuestras dudas (seguramente no lo hizo, aunque el nivel de ventas en descubierto fuera en el último mes el menor en tres años), sino que evidenció hasta qué punto una gran parte del mercado sigue estando nervioso (últimamente el volumen ha tendido a ser mayor en las jornadas de baja que en las de suba). Con el arranque que tuvieron las acciones del lado ganador y el retroceso continuo y casi sin pausa que experimentaron hasta el cierre, es aventurado achacar el desánimo de los inversores a una sola cosa. Es cierto que el envío de tanques sauditas a Bahréin, como gesto diplomático para calmar el malestar social en ese reino, no fue de lo mejor (si la Bolsa saudita se desplomó un 6,8%, no es porque haya demasiada confianza en lo que están haciendo los jeques). Pero cuando circuló esta noticia (que sí afectó al precio del petróleo que cerró en u$s 99,63, el máximo en dos años y medio), las acciones transitaban en territorio ganador, festejando los auspiciosos datos manufactureros de Alemania, Francia y Gran Bretaña y, más tarde, el crecimiento de la actividad manufacturera y la venta de vehículos en suelo norteamericano (los números sobre la construcción no fueron buenos). Si bien el creciente malestar en Yemen podría haber afectado, esto quedaría compensado con la idea de que las milicias de Gadafi no parecen estar revertiendo el movimiento democrático libio. Es posible que el presidente de la Fed haya aportado algo a lo ocurrido al no deslizar nada sobre si finalmente extenderá o no el plan de recompra de títulos más allá de junio y decirse preparado para enfrentar cualquier eventual efecto que tenga la suba del petróleo.
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