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“El microrrelato es un fenómeno que se extiende”
Shua: «Cuando comencé a escribir microrrelatos no sentí que hiciera nada raro ni nuevo, sino que entraba en una tradición donde están cumbres de nuestra literatura, Borges, Cortázar, Denevi, Bioy Casares».
Periodistas: ¿Por qué eligió el mundo del circo para dedicarle más de un centenar de cuentos breves?
Ana María Shua: Desde que empecé a escribir microrrelatos siempre tuve ganas de hacer un libro que tuviera que ver enteramente sobre un tema. En «La sueñera» traté del sueño y la vigilia, no me alcanzó. En «Casa de geishas» era esa especie de burdel de la imaginación, tampoco me alcanzó. Con «Botánica del caos» me pasó lo mismo, quería hacer un libro que fuera todo de ejemplares, una especie de jardín botánico de monstruos vegetales, y tampoco me alcanzó el tema. De pronto, casi por casualidad, apareció el tema del circo. El diario «El país» me había pedido un relato inédito. No tenía ninguno. Escribí uno nuevo, y resultó que tenía que ver con un mago. Después escribí otro más con un mago. Y apareció uno con un payaso. Y otros con trapecistas. Se empezó a armar el circo, y seguí conscientemente para ese lado, y aparecieron más y más textos. Muy rápidamente se terminaron todas las ideas más o menos convencionales que todo el mundo tiene sobre el circo, y entonces tuve que empezar a investigar. Esa es la diferencia de este libro de microrrelatos con cualquier otro, que se alimenta de la realidad. Investigué, estudié, aprendí. Leí libros, fui a Internet, y encontré una cantidad de historias extraordinarias que a su vez me disparaban historias.
P.: ¿Es por eso que dedica el capítulo final a dar datos de las personas reales que menciona?
A.M.S.: Quería que el lector pudiera diferenciar entre lo que inventé y lo que realmente sucedió, por eso puse ese conjunto de biografías al final.
P.: Ahí, junto a un clásico como Houdini, aparecen algunos personajes circenses inesperados.
A.M.S.: Por caso William Ballet, el payaso inglés que contestaba a la pullas del público con frases de Shakespeare; para mí, lo notable es que el público se diera cuenta y lo aplaudiera. Y como ésa, miles de historias. Así empecé a ahondar un poquito en cuál era el problema, el desafío, de cada uno de los actos circenses. Me di cuenta, por ejemplo, del drama de los tragasables, que no pueden mostrar más que una parte de su número, y tienen que conseguir que el público crea que lo que no se ve también sucede. Lo curioso es que sucede realmente. Los tragasables se tragan las espadas, los sables, los paraguas o lo que venga. Ha sido comprobado con Rayos X, pero no tienen manera de mostrarlo en público, y muchos murieron en ese intento de demostración. Como aquel que fue el primero que se tragó un tubo de neón, y lo aplaudieron tanto que hizo una reverencia. A ése lo salvaron en un hospital de Detroit. Otro hacía pasar la espada por el público para que comprobaran que la hoja no era retráctil, y alguien le dobló la puntita y él se enganchó al sacarla. Como en el caso de los tragasables traté de ir a fondo en cada uno de los oficios del circo.
P.: Así descubrió cuál es la clave fundamental de la labor del payaso.
A.M.S.: La quinta esencia del payaso es que hace reír cuando fracasa. El número del payaso, es un número de fracasos. El payaso magno sería capaz de fracasar también en hacer reír.
P.: ¿El circo es hoy algo del pasado? ¿Es por eso que su libro tiene algo de museo?
A.M.S.: Me interesó también ese aspecto del circo. El hecho de que simboliza alegría, lentejuelas, oropeles, sorpresas, pero también nostalgia, deterioro, pasado, decadencia. Eso mismo me resultó muy atractivo. Aún hay circos con animales, pero son pocos, pobres, y pronto se van a prohibir. Después está el Cirque du Soleil, que es ese espectáculo maravilloso, un show de culto. Ellos recuperan las artes circenses pero de un modo transformador, diferente.
P.: ¿Cómo aparece en usted la pasión por el microrrelato?
A.M.S.: Desde mi primer libro. «La sueñera» es un libro de cuentos brevísimos. Lo que pasa es que no se publicó primero porque el cuento brevísimo es poco comercial, y da mucho trabajo publicarlo. Salió en 1984, y lo había escrito en 1974. El microrrelato siempre me gustó mucho, me pareció un género común y corriente. En ese tiempo no se llamaba microrrelato sino cuento brevísimo, o cuentos breves y extraordinarios, y lo escribieron Borges, Cortázar, Denevi y Bioy Casares, todos nuestros grandes maestros del cuento.
P.: Muchos toman como punto de partida el cuento «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí» de Augusto Monterroso pero viene de lejos, y en la Argentina ha habido grandes ejemplos.
A.M.S.: Muchos autores escribieron entre nosotros cuentos breves. Sigamos sumando: Horacio Quiroga, Eduardo Wilde, Lucio Mansilla con las «Casueries». Hay muchos antecedentes de textos breves pero, además, nuestras grandes cumbres practicaron el género. Es por eso que cuando comencé a escribirlos no pensé que estaba haciendo algo raro ni nuevo, sino entrando en una tradición. Lo que me disparó a hacerlos fue a los 23 años una revista mexicana que se llamaba «El cuento», dirigida por Edmundo Valadés, que publicaba muchos cuentos brevísimos y tenía un concurso permanente de ese tipo de relatos. Los primeros textos los escribí para esa revista, así empezó «La sueñera», y nunca me gané nada ni me publicaron ningún cuento, pero me publicaron una carta. Mandé unos cuentos con una carta, y me publicaron la carta [Se ríe].
P.: ¿Cómo ve el fenómeno del microrrelato, que parece haberse expandido por todas partes?
A.M.S.: En todo el ámbito de habla hispana creció muchísimo el interés, pero sólo en España hay editoriales, como Páginas de Espuma, Thule, Menoscuarto, que vienen acompañando ese fenómeno. En América Latina salvo algunas muy especiales excepciones, casi todas son ediciones de autor. Hay mucha gente que escribe microrrelato pero no encuentra cómo publicar. Es comparable a lo que sucede con la poesía.
P.: Tal vez porque muchos microrrelatos tienen un cierre poético.
AM.S.: Eso es según cómo uno trabaje el género, y lo acerca a veces a la poesía. Eduardo Galeano lo trabaja de una manera completamente diferente. Lo que él escribe es más parecido a la anécdota. Hay grandes discusiones acerca del nombre que debe tener, se lo llama cuento brevísimo, microrrelato, hiperbreve, minicuentos, microcuentos, minificción, y de muchas otras maneras. En Estados Unidos también está empezando a avanzar, y en inglés le dicen «flash fiction», «sudden fiction», es decir «ficción súbita» que es un nombre muy lindo. Hay un crítico estadounidense, Frederick Aldama, que me propuso coeditar una revista de microrrelatos de todo el continente, me pareció interesantísimo. Se editaría en Estados Unidos en forma bilingüe.
P.: ¿Qué hace que un texto breve sea un microrrelato?
A.M.S.: Es un país pequeñito que en su proporción tiene muchas fronteras. Limita con la poesía, el chiste, el aforismo, básicamente. Entonces si parece un chiste es que es un chiste. Si parece que es una poesía es que es un poema. Si uno no sabe bien qué es, es un microrrelato.
P.: ¿Cómo ve la literatura argentina actual?
A.M.S.: Muy bien porque hay un semillero de nuevos nombres interesantísimos; mucha gente que está escribiendo muy bien. Está Samanta Schweblin que es un genio total, Oliverio Coelho, Hernán Ronsino que es un onettiano de aquellos, Carlos Busqued que tiene esa novela negrísima «Bajo este sol tremendo». La literatura argentina goza de muy buena salud.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
A.M.S.: Estoy con una novela. Todavía no largué. En realidad, estoy escribiendo algo que no es todavía para contar. Y siempre tengo muchos encargos de literatura infantil. Además, estoy trabajando una adaptación teatral de «Los amores de Laurita», y eso me tiene ocupadísima. Lía Jelín está interesada, y eso es una garantía. Bueno, «Los amores de Laurita» fue una de las dos películas que surgieron de mi obra, la otra, «Soy paciente», nunca se estrenó. En 1986 el director, Rodolfo Corral metió toda la plata que tenía más todo lo que le dieron en el Instituto. Le alcanzaba para la mitad, y soñaba que iba a venir alguien del cielo y le iba a dar la plata que faltaba, y eso no sucede. Ahí quedó la película, toda filmada, con un elenco bárbaro, y sin sonorizar. Después hice el guión de «Dónde estás amor de mi vida que no te puedo encontrar», que no partió de un libro mío. Ahora, al pasar «Los amores de Laurita» al teatro, como me siento muy contaminada por la novela y la película, estoy trabajando con Lucia Laragione, que es una super dramaturga.
Entrevista de Máximo Soto

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