Acorralado por los republicanos, afectado por sus propios tropiezos y falta de inspiración tras cinco años difíciles, el mandatario supo adoptar el gradualismo.
Obama ofreció el martes a la noche un discurso optimista sobre el estado de la Unión, apostando a la lucha contra la desigualdad económica en su país. Pero no presentó ningún programa multimillonario o propuesta de un gran desafío para los estadounidenses. Ofreció, en cambio, planes modestos y específicos, amenazando con gobernar por decreto para evitar a un Congreso que dejó marchitar sus grandes planes de reformas.
En el pasado, el mandatario abogaba por detener la crecida de los océanos y enmendar la "política rota" de Washington. Ahora intenta hacerse un camino en el fango político, con "escaleras" para que todos tengan ahorros para la jubilación, salarios, educación y salud decentes.
"Lo que vemos es un Barack Obama diferente", dijo William Rosenberg, profesor de Ciencia Política en la Universidad Drexel de Filadelfia.
Obama llegó a la Casa Blanca con ímpetu y generando fuertes expectativas, y tuvo la suerte de suceder al impopular George W. Bush. Explotó el control de los demócratas en el Congreso para sumar una cantidad récord de propuestas, que abarcaban la prohibición de la tortura, la recuperación de la industria automotor y la aprobación de las reformas al sistema de salud y Wall Street.
Pero ahora, con el poder dividido en Washington, la esperanza y el cambio que personificaba quedaron en el pasado.
Uno de los ejemplos más evidentes es la propuesta de Obama de una reforma inmigratoria, que regularice la situación de los once millones de personas que viven ilegalmente en Estados Unidos. El martes trató con suavidad el tema -el potencial único legado a nivel nacional de su segundo mandato- en un intento por no espantar a los legisladores conservadores.
Sobre el otro tema espinoso, el acuerdo con Irán sobre su política nuclear, Obama se mostró más firme, prometiendo un veto a cualquier nueva sanción que pueda minar las negociaciones.
El nuevo Obama demostró no ser un buscador de consensos pero tampoco un pitbull político que se enfrente a los republicanos hasta el cansancio. En lugar de ello, se moldeó como un presidente activo e independiente, que confía en inclinar el clima político a su favor.
Así, el presidente anunció que en los próximos días decretará un aumento del salario mínimo para los nuevos trabajadores contratados por el Estado federal. Regulará las centrales eléctricas para disminuir la emisión de gases contaminantes en caso de que no logre la aprobación de una legislación sobre cambio climático. Y llamará a los directivos de empresas a no discriminar a quienes pasaron largo tiempo desempleados, incluso si los republicanos bloquean sus proyectos para el estímulo al empleo.
La evolución de Obama en estos años no es la única sufrida por mandatarios de Estados Unidos. Los presidentes se sienten a veces frustrados por el poder de los lobbies contra su Gobierno. Pero el eclipse que provocó Obama fue más profundo. La promesa de convertirse en el primer presidente negro de Estados Unidos es un ejemplo.
Obama se ve a sí mismo como un presidente de transformación, más como lo fue Ronald Reagan que Bill Clinton. El martes apareció renovado, más animado que el apático líder que se fue cojeando a Hawái en Navidad tras un 2013 brutal. Volvió decidido a hacer lo mejor durante el tiempo que le queda como presidente.
En opinión de Maureen Conway, analista del Instituto Aspen, aumentar el salario mínimo y abrir a la población el acceso a la cobertura sanitaria y a la educación puede marcar la diferencia en el segundo mandato de Obama.
| Agencia AFP |


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