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El opio, gran combustible de la guerra
El 92% del opio que se trafica en el mundo proviene de allí. Pero el volumen ha crecido a un punto tal que el mercado internacional ya no lo puede absorber. Eso explica que unas 12.000 toneladas de opio (7 kilos son necesarios para fabricar un kilo de heroína) estén almacenadas en la frontera entre Afganistán y Pakistán, definida como «la mayor zona de libre comercio del mundo de droga, armas, dinero negro y seres humanos», por el director ejecutivo de la UNODC, Antonio María Costa.
Según las Naciones Unidas, la heroína mata cada año a 100.000 personas, más gente que cualquier otra droga o que la propia guerra de Afganistán.
Al homenajear a sus compatriotas caídos el lunes, Obama dijo que habían arriesgado sus vidas «para evitar que Afganistán vuelva a ser un paraíso seguro para Al Qaeda y sus aliados extremistas». Ése es justamente el problema: el negocio mundial de la heroína mueve unos 64 mil millones de dólares y constituye la mayor fuente de financiación del terrorismo internacional.
Compra de armas
En el interior de Afganistán, el opio es la moneda con la cual las milicias talibanes compran armas. Quince fusiles AK 47 por un kilo de heroína. Los talibanes obtienen 160 millones de dólares anuales a través del cobro por protección de los cultivos y transporte del opio. Ese dinero construye una red de complicidades en el embrionario Estado afgano. La oficina de la ONU calcula que un 60% de los diputados está ligado a personas con intereses en ese negocio ilegal.
«La implicación directa de los talibanes en el tráfico de opio les permite financiar una maquinaria de guerra cada vez más sofisticada y amplia», explicó Antonio Costa, quien sostiene además que los servicios de inteligencia afganos y extranjeros conocen los nombres de muchos barones de la droga, vinculados a la insurgencia. Esto lo llevó a expresar sorpresa por el hecho de que no se haya comunicado esa información al Consejo de Seguridad para que se prohíban sus viajes y se confisquen sus activos.
En el capítulo de las responsabilidades por esta situación, el doctor Ramiro Anzit Guerrero, especialista en Medio Oriente, dijo a Ámbito Financiero que «la denominada guerra contra el terrorismo se centró en la destrucción de los santuarios de los talibanes pero, para poder cumplir con este objetivo, la coalición debió negociar con los llamados señores de la guerra, que tienen muy pulida la maquinaria de tráfico de heroína desde hace décadas». «La coalición -agrega-, junto con el Gobierno de Pakistán, recién ahora está realizando operaciones intensivas en la frontera afgano-paquistaní». Precisamente, uno de los helicópteros norteamericanos siniestrados el lunes participaba en una operación conjunta contra un escondite de insurgentes relacionado con el tráfico de drogas.
Esta economía paralela de la droga explica en parte la prolongación de la guerra. Anzit Guerrero dice que «los activos provenientes del tráfico de heroína permiten a los talibanes obtener fondos para comprar armamento, pero principalmente voluntades, que son determinantes para mantener el control de ciertas áreas, tanto dentro del territorio afgano como en las fronteras». Y agrega: «Esto es parte de la metodología de doble moral del terrorismo fundamentalista, que es rígida en lo ideológico, pero pragmática en lo estratégico».


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