El Oscar líquido

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El equipo de "Tres anuncios por un crimen" habrá deseado, anteanoche, que Warren Beatty y Faye Dunaway estuvieran cometiendo un nuevo error, pero esta vez no fue así: la ganadora del Oscar a la Mejor Película coincidía con la que habían anunciado, y fue "La forma del agua", ese híbrido de ciencia ficción con cine romántico, político y hasta de terror. Una película que, como "El monstruo de la Laguna Negra" del Hollywood de oro y del Cine de Superacción del viejo Canal 11, pero impregnada de los mensajes edificantes que hoy tanto pagan. Un film bañado en ese amor líquido sobre el que teorizó el llorado Zygmunt Bauman.

¿Será también "La forma del agua" un film líquido, como lo fueron los ganadores del Oscar de los últimos tiempos? Títulos que, al año siguiente o antes, casi nadie ya recuerda, ni cita, ni se le ocurre volver a ver. "Birdman", "El artista", "¿Quién quiere ser millonario?", "Vidas cruzadas", etc. Alguna vez Morgan Freeman dijo que al ganador del Oscar al Mejor Secundario, a la semana siguiente de la ceremonia, sólo lo recordaba la familia, y a veces ni eso. Su humorada podría aplicarse a la Mejor Película. La pregunta con la que Mario Vargas Llosa abre "Conversación en la catedral" también es trasladable a la memoria de los films que triunfan en la cada vez más tediosa "fiesta del cine": ¿a partir de cuándo un Oscar dejó de darles el espaldarazo de clásicos a los triunfadores e, inclusive, a los que compitieron en el rubro principal pero no ganaron? Baste recordar que, en 1972, se enfrentaron "El Padrino", de Francis Ford Coppola, con "Cabaret", de Bob Fosse, cuando Hollywood continuaba escribiendo su historia grande. Con cine y sin agua.

La "fiesta" de anoche, además, ha de haber sido una de las más tristes de las que se tenga recuerdo, y no precisamente por el segmento In Memoriam, acaso el preferido de todos los televidentes por ser el único que conserva una capacidad real de emoción.

Una ceremonia larga, repleta de ausencias (como decía Macedonio Fernández, si faltaba alguien más no entraba en la sala), con chistes fingidos, sonrisas y risas dudosamente auténticas, la sensación de terapia postraumática de las celebridades campeó durante la ceremonia como ineludible hashtag. A veces de forma más explícita, otras menos, la silenciosa presencia del mal llevó inclusive a romper la tradición de que el Oscar a la Mejor Actriz lo entregara el Mejor Actor del año anterior (Casey Affleck, presuntamente culpable), y lo hicieron dos actrices, Jodie Foster y Jennifer Lawrence. Hubo, aparentemente, arreglos extrajudiciales. Hollywood, decía Marilyn, es ese lugar donde te pagan millones por tu cuerpo y centavos por tu alma. Es una pena que ya no esté ella para que diga si quien habló el domingo fue realmente el alma. Y también es una pena que el profesor Freud no pueda interpretar, en persona, al presentador Jimmy Kimmel, cuando festejó que el Oscar no tuviera pene.

Marcelo Zapata

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