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El paso de los toros en Wall Street fue mortal; desaparecieron los osos
Se podría decir que para ir de la desazón a la euforia bastan un par de bancos centrales (por caso, el BCE y el Banco del Pueblo de China). Y poner a dormitar a un tercero, la Fed. A fines de agosto, parecía que el mundo se acababa -a toda prisa-, y luego resultó que no. La Fed no apretó el gatillo en su reunión de septiembre. Más tarde, Mario Draghi -que junto con Volkswagen tienen anestesiados a los alemanes- prometió más expansión cuantitativa en Europa a partir de diciembre. Y los banqueros centrales chinos -ni lerdos ni perezosos- sacudieron otra ronda de recortes de tasas y encajes, no vaya a ser que se les derrumbe la Gran Muralla. Ninguna de estas decisiones se hubiera tomado de hallarse el mundo en condiciones florecientes, pero, pruebas al canto, con escaso riego adicional, y la remoción de un alud de ventas en descubierto, floreció octubre como en los mejores días. Ante todo se recobró la calma. Del pánico del 24 de agosto -y el flash crash de los fondos ETF- no quedan vestigios. La volatilidad esperada de las acciones en Wall Street -medida por el índice VIX- cayó a plomo desde las alturas. El termómetro del miedo marcó un pico de 53 grados en aquel fatídico día de agosto, y, el último viernes, cerró en 15. A lo largo del mes su lectura se redujo en un 38%. Quien revise los números no encontrará una retracción tan pronunciada en 25 años de registros. Ahora que el mundo ha dado pruebas fehacientes de vida, que mermó el estado febril de los mercados de riesgo, y que los inversores recuperan la fe en el porvenir, la Fed -tras su última reunión- nos recuerda que tiene una tarea pendiente, comenzar con la postergada suba de tasas cortas, y que está dispuesta a cumplirla antes que termine 2015. Cuando los funcionarios vuelven a encontrarse -el 16 y el 17 de diciembre- evaluarán, en concreto, si están dadas las condiciones para empezar el izamiento. Janet Yellen impuso un lenguaje franco en la comunicación: la Fed juzgará apropiado elevar el rango de tasas "si observa mejoría en las condiciones laborales" y "si está razonablemente confiada en que la inflación regresará a su objetivo del 2% en el mediano plazo". Hace tres años que la inflación se ubica por debajo del 2%, aunque la Fed nunca ha dicho que perdiera la confianza. Esta condición es el comodín bajo la manga. Siempre se podrá citar a conveniencia, para demorar una decisión o para gatillarla. Lo que Yellen & Cía quieren es que los inversores pongan sus barbas en remojo. Y si el informe de empleo -que se conocerá este viernes- exhibe un repunte en la creación de nuevos puestos de trabajo -después del bache de julio y agosto- los mercados estarán en el brete. Hay que comprender que la Fed no acometerá la suba de tasas sin alinear primero las expectativas (y los contratos de futuros señalan una brecha de credibilidad ya que el primer retoque cotiza recién para 2016). Y menos apretará el botón nuclear sin antes corroborar la solidez del terreno. Debe convencer a los mercados de que está resuelta a actuar para poder calibrar de antemano su capacidad de absorción. La bonanza rotunda de octubre -motorizada por el canto de sirenas de la competencia, Draghi & Cía.- puede ser engañosa. Yellen necesita ponerla a prueba. Esta semana, Wall Street se anotició de esas intenciones y pasó el examen a satisfacción. No obstante, sugestivamente, los bonos trastabillaron. Y, a decir verdad, para diciembre resta una eternidad.


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