Los mercados financieros sólo sirven (esto es, distribuyen el dinero de manera eficiente y justa) si la información fluye sin distorsiones y completa. Desde lo moral diríamos, mientras no se cometan pecados por acción u omisión. Por ejemplo, cuando un empresario (digamos un constructor de obra pública) roba dinero al resto de la población y lo "fuga", comete un pecado de acción; cuando la Justicia y los entes reguladores (Impositiva, Banco Central, Oficina de Antilavado, etc.) no lo persiguen, un pecado de omisión; cuando el Gobierno lo apaña (peor aun si es parte de "la banda") un pecado de acción. Cuando un medio de prensa calla o minimiza, el pecado es de omisión... Omisión o acción, distorsionar o frenar la información, la responsabilidad ética y moral y la calaña de los personajes (unos más cobardes que otros) son las mismas. Lo interesante -más allá de los actores y actrices-, es que de haber sido firmas listadas las responsables de la apropiación y movimientos del dinero, estos hechos difícilmente hubieran podido darse. Claro está, con la excepción de un sistema financiero en el que el control estuviese en manos de una Comisión de Valores digitada por el Gobierno y la ley le diese a esa entidad toda la potestad regulatoria del mercado (para lo cual es preciso eliminar la autorregulación, coaptando con amenazas
o dinero a los intermediarios del sistema). Afortunadamente cuando la república funciona y la autorregulación es respetada, es más difícil que se den estos casos, y podemos decir que bajas como el 1,79% que perdió ayer el Dow (la mayor, y el segundo mayor volumen desde el 7 de noviembre) al cerrar en 14.599,2 puntos, no son fruto de la corrupción sino de factores como el ánimo de los inversores, datos negativos en la economía China, el susto por las explosiones en Boston, etc.
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