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El Pentágono entrena a sus tropas en una Afganistán de utilería
¿Kabul o Hollywood? La explosión de una bomba falsa da marco a los ejercicios de soldados estadounidenses en el centro de entrenamiento de Fort Irwin, California. Allí se preparan las tropas que pronto se sumarán a las fuerzas que combaten a los talibanes en Afganistán.
La atmósfera es la de Afganistán, sólo que estamos en Fort Irwin, en el desierto de Mojave, California. En esta esquina salvaje del Lejano Oeste, el Ejército de Estados Unidos ha creado sus propios estudios de Hollywood.
En 1844, Kit Carson cabalgaba esta tierra en busca de indios. Durante la Guerra Fría, se simulaban batallas contra regimientos soviéticos. Espacios infinitos donde también se prepararon las misiones de Kuwait e Irak. Desde hace unos años disponen de una docena de pueblos iraquíes o afganos, un teatro de operaciones donde se adiestran los contingentes que luego serán enviados al campo de batalla.
Estas ciudades han sido construidas con viejos contenedores retocados con madera y ladrillos. Los magos del espectáculo se han encargado también de los efectos pirotécnicos que recrean bombas talibanas. Los habitantes de las aldeas, los extras, son afganos provenientes del norte de San Francisco, inmigrantes de kurdos y ciudadanos de Barstow, la ciudad más cercana. Ex profesores, un bibliotecario, obreros desempleados... Por 14 días de trabajo reciben cerca de 4.000 euros. Llegan al alba en bus y se van al atardecer. Quienes no se mueven de allí son los soldados.
Teatro
De paseo por Medina Wasl, una de estas villas teatro, las etiquetas de los productos que se venden por la calle están en árabe, como los carteles o las pintadas en las paredes. Los hombres caminan delante de sus mujeres, cubiertas con el velo. Si se las mira, se tapan los ojos con el burka. Todos llevan vestidos tradicionales y la única anomalía es un cinturón con sensores. Todo el que se entrene o viva en «la caja» -así se llama al polígino en la jerga de los soldados- debe llevarlo puesto.
En combate, el cinturón señala quién ha sido alcanzado. Las armas y los vehículos llevan esos mismos sensores. Es un ejercicio continuo que dura 14 días. Se duerme poco y se come a deshora. Largas esperas en los vehículos y acciones rápidas. Los insurgentes no dan tregua.
A las cuatro de la madrugada nos despierta una ráfaga de explosiones.«Ataque de mortero», señala un sargento. Los centinelas escrutan en plena oscuridad con dispositivos infrarrojos, esperando descubrir movimientos de rebeldes en una localidad cercana. Al alba, harán una operación sorpresa, con ayuda de la policía afgana, en busca de túneles bajo las casas.
En pocos meses, cuando acaben las obras en Medina Jabal, los soldados tendrán a disposición un dédalo de galerías. Será la última atracción de esta Disneylandia de la guerra antes de la marcha del contingente de 3.000 soldados extra de la OTAN para proteger la transparencia de las elecciones presidenciales afganas del próximo 20 de agosto. Viajarán con ellos 450 españoles, anunció Carme Chacón hace una semana, con lo que nuestra presencia militar en el refugio de Al Qaeda llegará a 1.230 hombres. Pero España no ha diseñado ningún set de entrenamiento para los suyos. Y eso que los Monegros o los cinematográficos desiertos almerienses no tienen nada que envidiar al Mojave.


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