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El pretexto del brindis
Con ese simple mensaje se convocó entonces a esa sesión de convencimiento, que tuvo a los diputados y senadores del kirchnerismo como protagonistas. De hecho, los problemas en el oficialismo para aprobar el paquete anticrisis que lanzó el Gobierno son más importantes en número que los que puede producir la oposición.
Ni en el debate de la Resolución 125 hubo tanta resistencia en los bloques amigos al Gobierno como con el paquete que lanza la megamoratoria, la regulación laboral y el blanqueo de fondos. Más cuando la segunda fase del plan para evitar que la economía argentina se frene aún más (créditos para consumo, viajes y pymes, financiamiento para compra de autos y plan de obras públicas por $ 71.000 millones) sigue sin convencer a propios y ajenos. Y para eso se organizó la reunión de ayer en el Palacio del Correo; un acto de contrición doctrinaria donde Kirchner en persona, una vez más, ajustó las tuercas de la estructura de sus bloques en el Congreso para que hoy le respondan a la hora de votar las leyes cuestionadas.
La orden fue directa: «Nadie se puede enfermar». Con esa consigna llevaron anoche a los legisladores al Correo, en una suerte de encierro previo a la sesión de hoy en Diputados donde al kirchnerismo no le sobra ni un voto para aprobar el paquete anticrisis.
De ahí que en ese brindis por el cumpleaños presidencial los principales oradores fueran el rionegrino Miguel Pichetto y el santafesino Agustín Rossi. Ellos, junto a Rafael Follonier, coordinador de la Unidad Presidente, organizaron el brindis de ayer, convocado para las 21.
Como toda convocatoria kirchnerista, debía tener un nombre, casi una apelación a otra gesta del Gobierno: «Para renovar el compromiso del proyecto nacional y popular que conducen Cristina y Néstor». Así se enviaron las participaciones y así se enteraron los diputados y senadores de que el cóctel en el Correo no sería una despedida del año sino otro acto de «masajeo» político del ex presidente frente a las votaciones de hoy.
De todas formas, a nadie sorprendió el cambio. Mientras el gobierno de Néstor Kirchner navegó por aguas tranquilas, rompiendo récords de recaudación, crecimiento y baja del desempleo cada mes, los diputados y senadores nunca consiguieron almorzar, cenar o al menos tomar un café en grupo con el ex presidente. Sólo los jefes de bloque concurrían a la Casa Rosada para recibir órdenes.
Todo cambió el martes 27 de noviembre de 2007, cuando Kirchner accedió a reunirse con todos los bloques en el restorán Rodizio, de la Costanera, para despedirse como presidente. Allí no hubo críticas, ni arengas contra enemigos ciertos o inventados, pero sí una advertencia sobre lo que vendría: «Me siento realizado, pero no me voy de la política, de ninguna manera», les dijo a los legisladores. Fue la primera vez en cuatro años y medio que los dos bloques se reunían en pleno con su jefe político.
La adversidad de la lucha con el campo aportó el resto para que esos encuentros comenzaran a ser más frecuentes. En Parque Norte el tsunami doctrinario incluyó discurso de Cristina de Kirchner. Luego vinieron los llamados personales a legisladores por la votación de las retenciones móviles y el encuentro en el Hotel Presidente que tuvo como condimento una primera conferencia de prensa. Pero ningún encuentro fue tan recordado como la convocatoria al local de la calle Matheu. Además de diputados y senadores sumó también a Hugo Moyano. De ese encuentro salieron frases célebres: «Prefiero perder», le dijo a Felipe Solá cuando éste le explicó la posición del campo. A Moyano también lo frenó cuando propuso una mediación de la Iglesia: «Eso no sólo es una boludez, es una traición», le dijo.
Anoche repitió la fórmula, prueba de que no todo está bien con el paquete para salir de la crisis.


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