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El primer crimen que se resolvió por las huellas
El 29 de junio de 1892, Ponciano Caraballo y su vecino y compadre Ramón Velázquez derribaron la puerta del rancho. Primero vieron a Francisca Rojas -esposa, aunque distanciada, de Ponciano- en el piso y desvanecida. Pero después encontraron los cadáveres de Ponciano (6) y Felisa (4).
El comisario de Necochea, de apellido Blanco, de inmediato inició las pesquisas. Cuando recuperó el conocimiento, Francisca no tardó en acusar a Velázquez, a quien señaló como la persona que había degollado a los nenes y la había herido con palazos. Velázquez fue detenido, llevado a un calabozo y torturado para que confesara. Lo dejaron solo esposado al lado de los cadáveres y, además, un policía se disfrazó de fantasma. Eso sin contar las palizas que recibió.
Un médico revisó a Francisca y notó que no tenía lesiones compatibles con la golpiza con una pala de pico. Además, los primeros investigadores notaron que la mencionada herramienta había sido utilizada para trabar la puerta, desde adentro del rancho. La mujer corrió la misma suerte que Velázquez. La torturaron llevándola a una improvisada capilla ardiente en la noche, para que delante de los cuerpos de sus hijos contara la verdad. El entonces jefe de la Policía Bonaerense, Guillermo Nunes, envió desde La Plata al policía Eduardo M. Álvarez, el jefe de la oficina dedicada a las investigaciones.
El caso se resolvió en no más de quince días. Álvarez haría varios descubrimientos en la escena del crimen. Primero, la cuchilla utilizada para degollar a los nenes era de la casa y había sido escondida entre la paja del techo. En un informe posterior, el policía explicaría que de haber sido Velázquez, hombre de campo, nunca hubiese utilizado otro cuchillo más que el suyo, como cualquier gaucho. El homicida había saltado por una ventana y se había limpiado la sangre de las manos con un trapo que dejó tirado cerca del rancho. Al salir, había apoyado las manos en el marco, dejando claramente las huellas impresas en la madera. Esas manos eran muy pequeñas para ser del paisano Velázquez. El investigador bonaerense literalmente sacó el trozo de madera y se lo llevó a La Plata. También, en una tarjeta de cartón blanco, tomó las impresiones dactilares de Velázquez y Francisca Rojas. Toda esta evidencia se la entregó al recién nombrado jefe de la Oficina de Estadísticas, Juan Vucetich. La información del cotejo fue contundente: la asesina había sido la madre de las criaturas y después había simulado el ataque.
El comisario, en un detallado informe que le escribió al jefe Nunes, explicó lo que para él pudo haber sido el móvil del doble infanticidio: ella sabía que su marido le quería sacar los hijos, porque horas antes habían mantenido una fuerte discusión por una supuesta infidelidad. Rojas fue condenada y pasó a la historia como la protagonista del primer caso resuelto a partir de las huellas dactilares.


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