4 de agosto 2016 - 00:00

El progresismo ve su chance más cerca que nunca

 Washington - Después de 50 años, los liberales (progresistas) ya no están a la defensiva. La transición del partido fue de Clinton a Clinton. El expresidente Bill movió al Partido Demócrata al centro en 1992, y lo mantuvo competitivo durante la década del 90, cuando el Consenso de Reagan (se refiere al conjunto de medidas de política económica de corte neoliberal aplicadas a partir de los años ochenta, Nde.) todavía prevalecía. Luego, en 2008, Barack Obama encabezó una coalición más liberal a raíz de la crisis financiera y la guerra en Irak con la que logró imponerse dos veces gracias al voto popular, el primer demócrata en lograrlo desde que lo hiciera el presidente Franklin D. Roosevelt (1933-1945).

Ahora, en una impresionante muestra de confianza, los demócratas escribieron la plataforma más liberal en su historia: se condena la pena capital, pide medidas para frenar la "codicia, la imprudencia y la conducta ilegal" de Wall Street, se compromete a ampliar la seguridad social, aboga por duplicar el salario mínimo, apoya otorgar la ciudadanía a indocumentados y exige leyes más fuertes para el control de armas. ¿Qué está impulsando este desplazamiento? Tres cosas. En primer lugar, el país cambió demográficamente e ideológicamente. La coalición Nueva América que llegó al poder en 2008 con Obama -minorías, mujeres que trabajan, homosexuales, inmigrantes, jóvenes, profesionales, y sectores laicos- continuó creciendo en tamaño y confianza. La mayoría de los demócratas se describen a sí mismos como liberales. En temas sociales como derechos de los homosexuales y el aborto, liberales conservadores ahora iguales en número. En segundo lugar, difíciles cambios sociales -la globalización y la gran recesión- generaron reacciones populistas. Entre los republicanos, el síntoma llegó en forma de populismo de derecha, como la hostilidad contra la inmigración ilegal que alimenta Donald Trump. Entre los demócratas se impuso el populismo económico de izquierda, como la ira contra Wall Street que fomentó la campaña presidencial del senador Bernie Sanders. Ambas partes son reacias al comercio exterior.

Asimismo, la nominación de Trump dejó al descubierto la fea cara de la intolerancia en el Partido Republicano que habían mantenido oculta desde 1968. Trump está estigmatizando a la derecha como racista y xenófoba y a su vez, empuja a los liberales a votar contra él.

Los demócratas están aprovechando la apertura para apropiarse de lo que solía ser un tema republicano: "Creo que están tratando de convertirse en el partido del patriotismo", sostuvo un exasesor del presidente George W. Bush al diario The New York Times. Lo que une hoy a los demócratas es un compromiso con la diversidad y la inclusión. Los republicanos lo denuncian como "corrección política", pero se convirtió en la causa de la coalición Nueva América. Está muy bien expresada en el tema de la campaña de Clinton: "Más fuertes juntos".

Trump jugó a favor de los demócratas cuando invitó a los rusos a intervenir los emails de su rival y criticó a una madre musulmana que había perdido a un hijo en la guerra en Irak. ¿Qué podría ser más anti-americano que eso? Los simpatizantes incondicionales de Trump son blancos, pertenecientes a la clase trabajadora. Son la expresión del viejo EE.UU. Su influencia y participación está disminuyendo, pero siguen siendo importantes en estados clave como Pensilvania, Ohio, Michigan y Wisconsin. Serán los los campos de batalla de la elección.

Los demócratas se están moviendo bruscamente a la izquierda ideológica, mientras que al mismo tiempo que abarcan lo que solían ser los estilos e imágenes conservadoras. Esa es una estrategia inteligente y prometedora, especialmente si Trump se convierte en la nueva cara del Partido Republicano. Pero los demócratas también necesitan una nueva cara. Clinton ha estado en la vida pública desde hace casi 40 años. La Convención de la semana pasada fue un esfuerzo para darle a la candidata un lavado de cara progresiva.

Agencia Reuters

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