29 de junio 2017 - 00:00

El salario mínimo, la pobreza y los años impares

El salario mínimo, la pobreza y los años impares
Es habitual que sindicatos, agitadores políticos (y políticos agitadores) y más recientemente organizaciones sociales cuyos ingresos están atados al salario mínimo, reclamen por un salario mínimo que cubra el costo de la canasta de pobreza de una familia. Las razones tienen poco que ver con el concepto de salario mínimo (que es un ingreso mínimo individual, no familiar, bruto de aportes personales) o con el de canastas de indigencia y pobreza (que se refieren a gastos mínimos de una familia tipo para superar umbrales de indigencia y pobreza). Los objetivos de los sindicatos al presionar por el salario mínimo son elevar el piso salarial para facilitar su negociación en las convenciones colectivas, mientras que las organizaciones sociales que enganchan sus ingresos al salario mínimo tienen razones obvias por reclamar incrementos lo más alto posibles.

El salario mínimo -como menor ingreso laboral formal general de un individuo- creció fuertemente (medido en dólares y en pesos constantes) respecto de su nivel promedio en los 80 y los 90, pero nunca tuvo mucho que ver con el costo de las canastas de pobreza. Circunstancialmente en momentos previos a las hiperinflaciones, algún "fogonazo" salarial (junio de 1975) pasó sin pena ni gloria, pulverizándose por la inflación antes de ser cobrado por los asalariados. Más grave aún -algo que parecen descuidar quienes reclaman "duplicar" el salario mínimo- es que cuando la inflación se acelera el costo de la canasta de pobreza sube más rápido que los salarios. La inflación -en efecto- le pega más fuerte a los más pobres. Lo opuesto ocurre cuando la inflación desacelera, como en los últimos meses: la inflación en CABA promedió 30,5% anual entre enero y mayo, mientras que el costo de las canastas de indigencia y pobreza promedió aumentos de 26,4% y 28,7%, respectivamente. O sea que la pobreza cae si cae la inflación, no con los fogonazos salariales.

La reciente suba escalonada del salario mínimo decidida por el Gobierno (aumento desde $8 060 hasta $10 mil en julio de 2018) mantiene el patrón de aumentos del valor real sólo en años impares evidenciado en los últimos diez años, y además persigue el objetivo de "marcar la cancha" de la negociación salarial para 2018. En años impares el salario mínimo le gana a la inflación, pero en años pares siempre pierde. La razón de ello probablemente se asocie con el ciclo político, que también hace que en años impares crezca aceleradamente el gasto público. En la última década además los años impares fueron más expansivos que los pares. Si en el próximo año la inflación desciende del 25% anual de 2017 al entorno de 17%, el salario mínimo tendrá una caída del orden de 1,5% real, aunque probablemente se moverá en línea o un poco por arriba del costo de las canastas de indigencia y pobreza.

Pero el anuncio escalonado sobre el salario mínimo marca básicamente una pauta salarial para el sector privado. El aumento interanual promedió 30,6% en la primera mitad de 2017, pero ahora cae a 21,5% en la segunda mitad del año, a 17,9% en la primera mitad de 2018 y a 12,9% en la segunda mitad. Es probable que las negociaciones salariales den lugar a incrementos algo superiores, en parte por las cláusulas de indexación introducidas durante 2017, en parte porque el rebote económico favorecerá ajustes mayores en algunos sectores. En cualquier caso el "salario de ensayo" ya está definido, y para el promedio de 2018 el nivel promedio de aumento se acerca al 15%. Si eso es demasiado elevado para la meta inflacionaria (8 a 12%) la política fiscal deberá ajustarse, procurando ser más estricta para contener el gasto público, por sobre lo ya anunciado.

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