Francisco de Narváez sumó ayer otro millón a su fortuna personal: un millón de votos. Los que, en 20 meses, perdió Néstor Kirchner desde 2007 cuando su mujer, Cristina de Kirchner, fue electa presidente con el respaldo de 3,4 millones de bonaerenses.
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En esa elección, como gobernador, De Narváez juntó 1.040.000. Ayer superaba los 2 millones. Un número similar al de los Kirchner. Lo que perdió el ex presidente lo colectó el líder de Unión-PRO y el PJ se hundió en el peor resultado de su historia: poco más del 30%.
¿Asoma De Narváez como potencial jefe del PJ post-Kirchner en la provincia?: en el fuego, el empresario se cuidó de entrar en ese laberinto pero, en los días previos, fue precavido y evitó atacar a los intendentes. Los ve, en el futuro, como potenciales aliados.
La no escrita -pero respetada a rajatabla- verdad 21 de los justicialistas reza que los perdedores corren en auxilio de los ganadores. La estampida todavía no comenzó.
Llegó, desde los márgenes de la política, y se convirtió en el castigo divino contra la estructura del PJ bonaerense. En algo se parece a Graciela Fernández Meijide, otra figura ajena a la formación partidaria que en 1997 se convirtió en la pesadilla de los Duhalde.
Por entonces, para el peronismo de Buenos Aires -su ejército de caudillos y caudillejos- quedaba un destino difuso pero prometedor: la intentona presidencial de Eduardo Duhalde. No hay, en estas horas de incendio, un plan similar entre los barones.
De Narváez apuesta, ahora, a la gobernación. ¿Soñará, cuando baje la espuma del festejo, con ser presidente? Anoche lanzó a Mauricio Macri para ese cargo y ratificó que su horizonte está en la provincia de Buenos Aires. El post-kirchnerismo deberá encontrar un candidato.
Con los números en rojo, anoche Kirchner sólo proyectaba una táctica defensiva. Igual que Daniel Scioli, al que subió a su lista, y que con una derrota queda con márgenes reducidos. El gobernador tiene otra urgencia: debe, antes que nada, consolidarse como gobernador.
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