9 de junio 2009 - 00:00

El subtitulado queda a salvo

El creciente mercado de películas en 3D planteó un preocupado interrogante a los espectadores argentinos: ¿habrá que ver, de ahora en más, las películas dobladas? Como, hasta ahora, la totalidad de los títulos estrenados («Bolt» «Monsters versus Aliens», «Coraline», «Viaje a la luna», etc.) correspondía a la animación y a la franja infantil no hubo mayor inquietud. Es habitual estrenarlos así: además, suelen lanzarse dos versiones, la 3D doblada, y la 2D (o plana tradicional) subtitulada. Sin embargo, a medida que la técnica alcance al resto de los géneros, ¿qué ocurrirá con el subtitulado?

En principio, se había dicho que las modernas proyecciones 3D en salas especialmente habilitadas y en crecimiento (Unicenter, Cinemark Palermo, Village Recoleta, desde esta semana Hoyts Abasto y en poco más el complejo de Villa Devoto) sólo podían hacerse en la versión doblada. Afortunadamente, eso no es así. Voceros de la distribuidora Alfa, que en agosto estrenará la primera película en 3D para adultos, «Sangriento San Valentín 3D», film de terror, dijeron ayer a este diario que lo harán en la versión subtitulada.

Hay que recordar que el actual sistema de proyección en 3D, que requiere salas especiales, no tiene nada que ver con el antiguo formato que se veía durante los años 50 (clásicos como «Museo de cera» o «La llamada fatal» de Hitchcock se veían así, con lentes flexibles de celofán rojo y azul), y que renació tibiamente a fines de los 70 y principios del 80 (la tercera parte de «Tiburón» se vio tridimensional también).

El cine 3D de hoy es digital; esto es, prescinde del celuloide, y sus proyectores están especialmente adaptados para «leer» una especie de minúsculo «pen-drive» (para decirlo de forma muy simplificada), en el que está guardada la película. La compañía distribuidora --hasta hoy sólo fueron majors americanas--, además, transfiere al cine una contraseña para cada función, sin la cual el operador no podría proyectarla. Esto se hace para evitar la piratería. Una vez que el film baja de cartel, ese «pen-drive» se convierte en inservible. Ya no existe más el problema de devolver las copias, sacarlas de circulación, hacharlas, etc., contratiempos típicos del siglo XX.

Como consecuencia de todo esto, tampoco se puede «pegar», como se estilaba antes, los subtítulos sobre el film, ya que no lo hay más. La modalidad actual para subtitular 3D, aunque no demasiado explotada todavía, es valerse de una técnica llamada CinemaCanvas, que patentó Texas Instruments, consistente en añadirle al proyector un decodificador que le permite leer los subtítulos que el operador cargue por una vía paralela.

Es decir -y simplificando una vez más-, la modalidad se parece a la que emplea el DVD hogareño: las imágenes van por un lado, los textos por el otro, y se unen en la pantalla, con la polarización necesaria como para no marear ni perturbar la visión (esta es otra técnica que se llama ghost-busted). La diferencia reside en que el DVD incorpora en su software la información de subtítulos, habilitables o no, en cambio en el CinemaCanvas debe hacerlo el hardware, es decir, el proyector.

Esta modalidad provocará un ahorro adicional, ya que una misma «copia» (si todavía puede llamársela asi) admite el subtítulo en la lengua que se prefiera, evitándole al distribuidor el costo de producir copias con los subtítulos impresos. En el Festival de Cannes, «Up» se proyectó en francés con subtítulos en inglés, por ejemplo.

El único punto en el que la técnica no termina de ponerse de acuerdo es el «plano» donde se leerán los subtítulos; se debe elegir una profundidad determinada como «standard» y aún no hay acuerdo, ya que hay técnicos que sostienen que elegir un plano demasiado profundo resultaría artificioso cuando se están viendo imágenes en relieve, mientras otros dicen que hacerlo en un plano medio tendría un efecto demasiado invasor para con esas imágenes.

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