“El teatro debe recuperar capacidad de provocación”

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Roberto Cossa estrena «Daños colaterales», su obra más cruda

El matrimonio entre un militar venido a menos y una mujer torturada durante la dictadura sufre un gran impacto con la llegada de un joven empeñado en averiguar su origen. El encuentro pondrá de manifiesto una historia siniestra que cobrará nuevas víctimas. Esa es la base argumental de «Daños colaterales», la nueva pieza de Roberto «Tito» Cossa que se estrenará el 15 de febrero en el Teatro Del Pueblo con dirección de Jorge Graciosi. Integran el elenco: José María López, Ana Ferrer y Fernando Armani.

Como es sabido, Cossa fue uno de los promotores de Teatro Abierto y, en 1994, refundó junto a otros dramaturgos el actual Teatro del Pueblo (creado en 1930 por Leónidas Barletta). El autor de «La Nona», «Tute Cabrero», «El viejo criado» y «Yepeto», entre otros celebrados títulos, recibió a este diario en su despacho de Argentores. Desde hace cinco años es presidente de esta entidad dedicada a administrar los derechos de dramaturgos, guionistas de radio, cine y televisión, y que llegó a contar entre sus miembros al dramaturgo norteamericano Eugene ONeill.

Periodista: «Daños colaterales» es tal vez su obra más cruda.


Roberto Cossa: Sí y a mí también me sorprendió lo que escribí. Era algo que necesitaba expresar desde hace tiempo, como lo haría cualquier artista sensible de este país; pero ¡tenés que ser Shakespeare para llegar a ese nivel de tragedia! Además, no es mi estilo. Yo no escribo dramas. Finalmente decidí contar la historia desde el lado de los victimarios y así poder decir con total libertad ética que este tipo es un crápula. Yo soy colaborador y amigo de las entidades de Derechos Humanos pero ahora ya no era el ciudadano sino el autor quien necesitaba hablar.

P.: En «Pies y manos» usted habló del sentimiento de culpa de quienes sobrevivieron a la represión militar.

R.C.:
Y aquí tuve la una posibilidad de hablar del genocidio de una manera menos metafórica. Es una pieza más dura y realista. También me han señalado que tiene suspenso. Le aclaro que no me basé en un hecho real; pero hubo tanta acumulación de salvajismo durante la dictadura que bien pudo haber ocurrido el brutal episodio al que hago referencia.

P.: ¿Cuál de sus obras ha viajado más?

R.C.:
«La nona», sin duda. Ahora se está haciendo en Grecia, Turquía y tengo otro pedido más de España, donde ya hubo tres o cuatro versiones. La nona se come a todo el mundo en la obra, pero a mí me da de comer.

P.: ¿Qué opina de la actividad teatral de este año?

R.C.:
En Buenos Aires hay una producción enorme, más que en ninguna otra ciudad del mundo. Una cartelera de 300 espectáculos, gran número de salas y un buen nivel profesional; pero hay algo que a mí no me cierra. En su mayoría son obras de una función por semana, en salas que no superan las 100 butacas. Me parece que estamos haciendo teatro para una minoría. Esto no es nada despreciable, pero no deja de ser una minoría. De alguna manera hemos caído en un teatro encapsulado, que le dispara a la realidad y a lo nacional -con esto me refiero a lo que nos pasa a los argentinos-. Hay varias excepciones, por supuesto porque la producción es muy variada, pero debería haber más riesgo en los temas que se abordan. El teatro tiene que recuperar su capacidad de provocar.

P.: Usted solía quejarse de que la clase política no se interesaba por Argentores.

R.C.:
Recién cuando Argentores cumplió cien años en 2010, fue distinguido por el Senado, la Cámara de Diputados, la Legislatura. y la presidenta Cristina Kirchner se reunió con nosotros durante una hora. El problema con los políticos es que en general no consumen cultura. Es algo que les resulta ajeno y, por lo tanto, les inspira mucha desconfianza. Y por otro lado, los artistas nos hacemos los interesantes, no queremos saber nada de los políticos. Así hemos perdido mucho tiempo en lograr leyes, como la Ley del teatro que mejoró tantas cosas. Recién se proclamó en 1997, cuando pudo haberse conseguido mucho antes. Para eso los artistas tenían que unirse y movilizarse. Cuando tenés que pedir algo no podés hacerte el orgulloso. Hay que reunirse con los políticos y decirles claramente lo que necesitamos. Con Cristina pasó otra cosa porque es buena espectadora de cine y lectora de ficción, tiene un acercamiento vital a la cultura y además es mujer.

P.: ¿Y?

R.C.:
Y las mujeres en general son mucho más sensibles a estas cosas. Son las mujeres las que van al teatro y llevan al marido. Así dicen los empresarios, que de eso saben.

Entrevista de Patricia Espinosa

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