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El valorado dólar y su brillo fálico
Federico Enrique Stolte
Como en toda conducta colectiva, se actualiza el agudo debate entre Gabriel Tarde y Émile Durkheim, de comienzos de siglo pasado, sobre la teoría social, en cuanto a si es la suma de individuos la que conforma el entramado social o si es el conjunto, como origen y fundamento, lo que determina a la persona.
Desde el psicoanálisis, para saber cuál es la relación con este objeto de deseo, dólar, habría que preguntarle a cada sujeto qué se le juega en el vínculo. No alcanza con el brillo fálico, es decir, con el erotismo colectivo puesto al servicio de algo muy deseado por unos cuantos.
En lo personal, no tengo interés en el dólar y, si ahondo un poco más, tampoco tengo interés en las actividades financieras, bursátiles, bancarias, etc., hasta podría decir que, en cierta medida, me resultan antipáticas. No por eso dejo de considerarlas necesarias. Creo tener claro de dónde viene la cosa. En una caja de cartón, a la que vuelvo de vez en cuando con la excusa de buscar algún papel, guardo, junto con los boletines del primario, mi Libreta de Ahorro Postal, forrada con el mismo papel araña, plastificado, azul, que los boletines y cuadernos del colegio.
Nada es por azar. Es que, en aquella época, ahorrar era tan importante como las notas; significaba un esfuerzo que estaba presente en todos los deseos infantiles. Un barrilete, una pelota de fútbol o una bicicleta eran impensados sin el mínimo de colaboración de mi parte. El último depósito coincide con el Mayo Francés. Tenía once años. La cosa empezó a desvirtuarse.
Empecé a trabajar en Tribunales y a estudiar Derecho cuando salí del colegio. Fue la época en que los jóvenes de Barrio Norte, Belgrano y San Isidro optaban por trabajar en mesas de dinero y dejar los estudios. Por momentos, me deslumbraban: autos importados, motos caras, casas, viajes relámpago de fin de semana a ver a los Rolling Stones y Barón B en las oficinas. Época inmortalizada en el cine por el insulto de Federico Luppi a Arteche y en la canción de Los Redondos.
Audacia
«Tuvo un golpe de audacia y se dio, de timbero fogoso y feroz, de los que nunca muestran todo el mazo, y hoy come la gran manzana y no deja ni pepita». Bastante tiempo tuve la fantasía de pensar cómo me hubiese ido de haber trabajado en la Patria Financiera. Sobrevivieron unos pocos. Uno de ellos, buen amigo, llegó muy lejos. Manejó la mesa de bancos internacionales en Estados Unidos. Años más tarde, ya de regreso, le pregunté cuál era la condición fundamental para tener éxito en su trabajo. Tenés que ser jugador, me respondió. Definitivamente, no era lo mío.
En otra oportunidad, señalé en este espacio la respuesta que dio Otto Bemberg al explicar su fortuna. Muy fácil, dijo. Gano la plata en países católicos y la invierto en países protestantes. Un ejemplo individual de un trabajador incansable al servicio de la acumulación. Tampoco me identifico con este modelo.
En cambio, sí me resulta más amable la convicción y actitud del genial Bernard Shaw, que también ganaba plata en América y la depositaba en su banco de Inglaterra, con la queja de su merma por los impuestos. Decía que el dinero significaba para él seguridad y la liberación de ciertas tiranías mezquinas, que si la sociedad le hubiese proporcionado ambas cosas, hubiera arrojado su dinero por la ventana para evitar tener que cuidarlo y atraer la envidia y el parasitismo.
Ambos son ejemplos de diferente relación entre el sujeto y el dinero. En uno, prevalece la vocación de acumular y en el otro, la seguridad y el acceso a gustos mundanos. Me parece que los latinos tenemos la fantasía de «la salvación» en la posibilidad de reunirnos con una renta que nos permita vivir sin trabajar; a pesar de ella, nada sustituye la satisfacción de lograr una posición sobre la base de los logros del esfuerzo en el trabajo.
Desde el «quién de ustedes ha visto un dólar» de Perón en la Plaza de Mayo a la actualidad, han ocurrido invariables situaciones donde los distintos Gobiernos han provocado erotizar al dólar como mercadería fálica por excelencia de un momento determinado. Dejo para los expertos el análisis de cada coyuntura en la que se insertó ese deseo.
Sospecho, sin comprobación empírica alguna, que de las propiedades y esencia del dólar como dinero, a la mayoría que el deseo los convoca, ponen en la seguridad la emoción trascendente, al igual que Bernard Shaw.
(*) Abogado, psicólogo social (Esc. Pichon Rivière) y licenciado en Psicología UBA. En la actualidad, trabaja como defensor oficial en la Ciudad de Buenos Aires.


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