21 de diciembre 2015 - 00:00

El villano de los mercados no fue la suba de tasas sino la caída del petróleo

 Janet Yellen obró con mano de seda, pero al final importó más la pesadez insoluble de los sobrantes de crudo. La Fed elevó las tasas cortas de interés por primera vez desde 2006 sin causar molestias. Alentó un rally de alivio de amplio espectro. La ola se elevó desde Wall Street hasta alcanzar a los emergentes y las materias primas. La paradoja fue que el ascenso se quedó rápido sin combustible, culpa de los excesos de inventarios comerciales de crudo en EE.UU., y la enésima caída de sus precios. La Bolsa está atrapada por el embrujo de la saga petrolera, y el cuádruple vencimiento de opciones agravó el hechizo. Entre jueves y viernes, el índice S&P 500 cayó el 3,5%. Ya se dijo: la Fed no provocó zozobras, no hubo cortocircuitos ni apagón subrepticio de la liquidez de plaza. Wall Street retrocedió en un desangrar continuo, y el volumen transado el viernes fue el segundo más copioso del año. No se puede ocultar la debilidad que trasuntó: simplemente no hubo quien estuviera interesado, a precios cada vez más reducidos, a ponerle el pecho a las balas.

La Bolsa está amarrada a los talones de las peripecias adversas del crudo. Y no debería ser así. Por supuesto, si se inspecciona la historia, la correlación de los retornos es muy cambiante. Pero lo usual es que lo dañino para Wall Street sea el aumento pronunciado de los precios de la energía y no su caída punzante. Desde ya, se comprende que una profunda debacle de las cotizaciones pueda acarrear serios problemas crediticios. Que se haya arruinado el mercado de bonos basura es una clara comprobación de su pertinencia. La desconfianza, sin embargo, va más allá. Si se acepta que la merma de los costos de la energía debiera alentar la fortaleza de la economía, ¿por qué pasa el tiempo sin que ningún vigor adicional se haga notorio? La Fed izó las tasas de interés y, esta misma semana, cuando midió la producción industrial certificó una contracción en su evolución interanual.

Las penurias de las acciones de transporte ya han sido citadas. No hay otro segmento de actividad, en principio, que pudiera beneficiarse más de la abundancia de energía. Pues bien, esta semana, el índice Dow Jones del sector entró formalmente en un mercado "bear" (bajista). Que son tiempos duros para las manufacturas -que el transporte moviliza- es materia conocida. Que el dinamismo anida en los intangibles, en la paleta amplia de los servicios, también. De ahí el shock de la última lectura del informe PMI de servicios (en su versión flash preliminar). Allí se detecta una inesperada desaceleración. ¿Será que mientras la industria nos avisó hace tiempo de la existencia de dificultades, ahora advertimos que se comenzó a enfriar el resto de la economía?

Vale la pena escrutar las expectativas que desató la suba de tasas. ¿Qué se piensa que sucederá en la próxima reunión de enero? El pronóstico central es sencillo: nada. Pero si algo ocurre, los futuros estiman dos veces más probable que sea una baja de tasas que las devuelva a fojas cero antes que un segundo incremento. Se piensa que la Fed quedó atrapada en su propio discurso y que hizo lo correcto al no postergar su anunciada intervención. Se agradece así el mensaje tácito de que la recuperación económica es robusta. Pero los inversores no comparten tamaña convicción. Dicho de otro modo, la incertidumbre ya no es Yellen & Cía. La incertidumbre es si realmente la economía goza de buena salud. ¿Quién llevará la razón? ¿La Fed o, en el rincón opuesto, los precios maltrechos de bonos basura, acciones de transporte o materias primas de variado pelaje que apuntan en dirección a una próxima recesión? La Bolsa anticipa, se empeña en mirar hacia delante, y sus amagos y titubeos reflejan la ausencia de un dictamen convincente. En todo caso, Wall Street está más cerca de sus máximos que de los pisos, pero, como es sabido, siempre se reserva el derecho de cambiar de opinión. Sin preaviso. Malgastada la bala de plata del rally de alivio, los "bulls" cruzan los dedos para identificar evidencia que sintonice con el discurso positivo de Yellen. O, lo que sería más práctico, un rebote sostenido de los mercados críticos. Y si no se da, todavía les queda la carta salvadora de la estacionalidad propicia. Los toros necesitarían que arriben los renos de Santa Claus al rescate. Vienen demorados pero aún están a tiempo.

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