25 de mayo 2011 - 00:00

Ellroy exorciza su mayor trauma

Ellroy exorciza su mayor trauma
James Ellroy, «A la caza de la mujer» (Bs.As., Mondadori, 2011, 226 págs.)

Mucho tuvo que padecer, gozar, pensar, escribir y vivir el gran escritor estadounidense de novelas policiales James Ellroy para poder resolver una fantasía infantil que la realidad convirtió en un hecho traumático que lo llenó de culpa. Y que lo llevó a sospechar que es lo que lo hizo ser un impenitente cazador de mujeres, un bebedor que terminó en Alcohólicos Anónimos, un descuidista que conoció varias celdas, un drogadicto que llegó a estar internado en un manicomio, un sexópata irremediable que anota aquí dato de sus hazañas.

Cuando Ellroy tenía 9 años sus padres, Armand Ellroy, un vago buscavidas, y Jean Hilliker, enfermera diplomada, se separaron. James tuvo que estar con su madre. Un día ella le preguntó con quién le gustaría vivir. James le dijo que con su padre. Su madre lo volteó de una cachetada y James deseó con todas sus ganas que ella se muriera. Tres meses después, Jean fue violada y estrangulada, y su crimen nunca fue resuelto. James creyó que su deseo se había cumplido y acaso le sucediera como a su padre, que trataba a su ex mujer de «borracha y puta», y se murió de la peor manera poco después que ella.

De algo estaba seguro: la maldición de su madre se le vendría encima y le haría pagar que deseara su muerte. Eso hizo que durante su juventud Ellroy eligiera un camino de autodestrucción. Y al mismo tiempo que era un activo machista misógino, no toleraba que se violentara o humillara a las mujeres. Trataba de encontrar en mujeres de todos los niveles la redención de su incriminante fantasía infantil. No paró de buscar a su madre en todas las mujeres que se le cruzaban. En este libro cuenta de muchas, pero las importantes son cinco, tres esposas y dos amantes. Una, que merece un agradecimiento de los lectores, es Helen Knode, su segunda esposa, escritora y periodista, que lo impulsó a escribir. Y en lo que él escribe muchas veces ronda en forma metafórica el enigma del asesinato de su madre. Está en datos autobiográficos de «Los Angeles Confidencial» y «La dalia negra».

Hace 15 años Ellroy publicó «Mis rincones oscuros» donde contó todo lo que había hecho para tratar de resolver el crimen de su madre, sin conseguir nada. Hace no mucho la revista «Playboy» le pidió una serie de notas (como lo había hecho antes con Norman Mailer, Ray Bradbury, Gore Vidal, Gabriel García Márquez, entre otros). Fue así cómo, a los 62 años, Ellroy decidió confesar descarnadamente, desde la absoluta intimidad, cómo lo había marcado la muerte de su madre siendo implacable consigo mismo. Consiguió una obra notable, que tiene la dura escritura de sus policiales, el formidable humor cáustico que lo caracteriza, sus célebres estallidos epigramáticos de contundencia poética. Parece por momentos una mezcla de un Hunter Thompson feminista y un Jean Genet heterosexual. Los datos que va lanzando al pasar se encadenan. Las mujeres pelirrojas, por caso. El hecho de que su padre sostenía haber sido custodio y amante de Rita Hayworth. Su madre saliendo desnuda del baño con su cabellera que parecía una fogata. Una chica incendiaria que vio un instante en un bar. Y esa mujer a la que le dedica el libro, su actual esposa, la escritora Erika Schickel, que «es una forja de Jean Hilliker [su madre] hecha por un alquimista y es mucho más, la que me ordena que salga de la oscuridad hacia la luz». En ese sentido, ésta, finalmente, es una novela romántica posmoderna.

Si Woody Allen juega con el psicoanálisis, lo menciona y lo utiliza superficialmente en sus películas, Ellroy en este libro que edipicamente tituló «The Hilliker Curse» («La maldición de Hilliker»), tiene mucho de un conjunto de sesiones de análisis en profundidad, donde un recuerdo remite a otros, en flashbacks iluminadores que van haciendo que el hablante tome conciencia, abra ventanas a sus abismos, descubra conexiones y recupere su historia. Y que el lector vea hasta dónde lo marcó aquella madre que amaba la música clásica y que hizo que este hombre en pleno insight, haciendo las paces con su pasado, se sienta en armonía, como si fuera su amado «Beethoven con los últimos cuartetos y el oído recuperado».

M.S.

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