En “Cuéntame cómo pasó” no pasó todo como se cuenta

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De todas maneras, como en “El secreto de sus ojos”, el período evocado recuerda, con acierto, que la noche no empezó en 1976 sino un año y medio antes.

"El pasado es un país extranjero: allí las cosas se hacen de otra manera". La frase, con la que el británico L. P. Hartley abre su novela "El mensajero", se adapta al espíritu de "Cuéntame cómo pasó" (TVP, lunes a jueves a las 22), tardía ramificación local de la exitosa teleserie española iniciada en 2001 y cuyo título, quizá por cuestiones de derechos, ni siquiera fue voseado, pese a que habría sonado más criollo "Contame cómo fue".

Tal como en la tira madre, la argentina intenta recuperar esas "cosas que se hacían de otra manera" en aquella Argentina, a la vez tan propia como distante, a base de antiguos noticieros, publicidades, canciones y programas de TV. Su armazón intercala la pequeña historia de una familia de clase media baja, los Alcántara en el original, los Martínez en la réplica, con imágenes fragmentarias de la Gran Historia, dispuestas de manera cronológica y el foco puesto en los hechos más traumáticos. No podría serlo de otra forma: el período en el que transcurre está comprendido entre julio de 1974, con la muerte de Perón, y diciembre de 1983, con el regreso de la democracia.

Antes que simple background, ese fondo articula y condiciona la serie, como si ésta no fuera más que la dramatización de un extenso documental, y sus personajes las figuritas con las que ilustrarlo.

Al igual que "El secreto de sus ojos", el film de Juan José Campanella ganador del Oscar, que se ambientaba en 1975, "Cuéntame..." pone el acento en que la noche no empezó en marzo de 1976 sino casi dos años antes, durante el Gobierno de Isabel Perón. Allí estaban la guerrilla, las tres A, las primeras desapariciones, la censura, el desabastecimiento, el desgobierno, el miedo en la vida privada y pública. E, inclusive, la sensación de alivio en buena parte de la población cuando se produjo el golpe (a las primeras semanas de abril de 1976 ha llegado, hasta ahora, la serie).

Frente a la densidad dramática de estos hechos que, como se dijo, guían la trama, la definición de sus personajes pasa a un segundo plano: si en algunos casos la personalidad de sus mejores actores, como Leonor Manso, Nicolás Cabré, Malena Solda, Carola Reyna, Carlos Portaluppi y Osvaldo Santoro, entre unos pocos más, salva de la macchietta los tipos humanos a llenar (en una escala que va del padre de familia víctima de un nuevo "Arteche", o el cura tercermundista, o la mujer frustrada por un mal casamiento que está a un paso de la adopción ilegal), hay otras zonas de interpretación que deberían haberse pulido. Por caso, los jóvenes universitarios montoneros transmiten menos el espíritu de "La hora de los hornos" que de "Rebelde way" o "Verano del 98".

Y, si como decía Flaubert, "Dios está en los detalles", algunos debieron cuidarse más. Una serie "de época" exige extremas precauciones, y el realismo sería más sostenible si no se cometieran algunos errores evitables: por ejemplo, un capítulo mostró una nevada el 16 de julio de 1975, cosa que jamás ocurrió (hubo nevisca en Mar del Plata, pero la serie no transcurre allí). El 9 de julio de 2007, cuando sí nevó en Buenos Aires, no hubo diario que al día siguiente no recordara que había sido la primera nevada en 89 años, ya que la última se remontaba a 1918. Con sólo un click en Google se habría salvado la gaffe.

Otra tendencia a la inexactitud reside en las músicas y las publicidades elegidas, en gran parte correspondiente a fines de los 60 y no a mediados de los 70 (los personajes oyen en la radio temas de Los Náufragos como "Zapatos rotos", hit de 1969, y hasta a Los Tíos Queridos con "Si me ves volar", otro de los éxitos de aquella década pero al cual ya nadie escuchaba en 1976). Leonardo Favio estrenó "Para saber lo que es la soledad", el tema de Luis Alberto Spinetta sobre un amigo muerto, en 1968, y así tantos casos. La forma de hablar, el coloquialismo de hace 40 años, tiende también sus trampas, y de los pocos giros de aquel tiempo recobrados por la serie se oyó un "estar metido con" (por "estar saliendo con"), y no más. Los demás hablan como se habla hoy. Pero más allá de todo, esta producción y los recursos puestos en ella no pueden dejar de ser saludados con beneplácito; en verdad, cualquier nuevo programa de televisión que recupere dramaturgia y actuación, le dé trabajo a nuestros actores y entretenimiento al público, y -last but not least- prescinda de panelistas y opinadores, debe ser recibido con igual alborozo.

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