21 de agosto 2009 - 00:00

“En el álbum de los buenos momentos”

 «Vale por un regalo sorpresa». Era todo lo que estaba escrito en una de esas clásicas tarjetas que se compran en las librerías para saludar a alguien por su cumpleaños. Firmada por mi hijo y mi nuera. Bueno -me resigné- era casi fin de mes y con algo tenían que presentarse. Encima, nada de adelantar de qué se trata.

La sorpresa fue cuando vinieron a buscarnos a mi esposa y a mí y una vez en el auto empezaron las indicaciones: General Paz, Panamericana, pasar el puente de acceso al complejo Zárate-Brazo Largo, donde está la estación de servicio doblar a la derecha, a 100 metros girar a la izquierda y entrar por esa arcada que tiene escrito CPZ, estacionar entre los árboles.

Ahora sí, por fin empieza a develarse la intriga: estamos en el Club de Planeadores de Zárate, así que de eso se trata. Claro, como saben cómo me gusta el deporte de la vela, pero en el agua, me traen a donde practican el volovelismo, que también aprovecha el viento para su práctica.

Previo paso por la administración para solicitar el correspondiente vuelo de bautismo y abonar el arancel (menos que una entrada a un espectáculo relativamente importante), nos presentaron a uno de los pilotos que con esa cordialidad que tiene quien disfruta lo que hace nos llevó hasta el área donde están las avionetas y los planeadores para mostrarnos cómo es la rutina.

Estos aparatos vistos de cerca dan sensación de fragilidad, pero en realidad están construidos con las condiciones óptimas necesarias para cumplir con su objetivo -volar- con absoluta seguridad. Es lo que transmiten los responsables de pilotearlos y llevar pasajeros habitualmente primerizos, como era mi caso.

Por fin, tuve que entrar en el cockpit, y sentarme en el asiento de más adelante de los dos que tiene (el de atrás es el del piloto), con el arnés de seguridad bien colocado, ubicando los pies sobre sendos pedales y dejando entre las piernas la palanca de mando. Frente a los ojos, un tablero con los instrumentos necesarios. El piloto cerró la cabina -transparente- y coordinó el despegue con la avioneta que se encarga del remolque. Empezó una carrera por la pista, enseguida sentí cómo se separaba del suelo y me di inmediatamente cuenta de que era el principio de una feliz experiencia.

Una vez que llegamos a la altura que el piloto consideró conveniente, me dio la orden de accionar el dispositivo que suelta la cuerda de remolque, estabilizó el planeador y muy suelto de cuerpo me dijo: «Bueno, es todo tuyo». Y me encontré tratando de hacer lo que me iba ordenando, llevándolo hacia un lado, hacia el otro, mientras veía «ahí abajo» los puentes del complejo, las fábricas, los campos, las casas, todo en semipleno silencio (un poquito de viento siempre se cuela).

Como muchas otras cosas, lamentablemente, este placer también tiene un límite, y en este caso está marcado por las condiciones atmosféricas, la temperatura, y algún otro detalle que determinaron que era tiempo de aterrizar, para lo cual, con desgano, le devolví el control al piloto.

A esto llaman «vuelo de bautismo». Yo lo llamaría «incitación a volver a volar», porque es la sensación que queda. Por supuesto, la tarjeta con el «Vale por un regalo sorpresa» está en el álbum de los buenos momentos vividos.