13 de abril 2010 - 00:00

En el Bafici, lo más elogiable no siempre es lo más visible

Kirk Douglas en el telefilm de montaje «Meurtres a l’Empire State Building», homenaje al viejo cine policial norteamericano.
Kirk Douglas en el telefilm de montaje «Meurtres a l’Empire State Building», homenaje al viejo cine policial norteamericano.
De lo visto en el Bafici, elogios merecen los tres dibujos del danés Jannik Hastrup en el Baficito («Un cuento de dos mosquitos», «Cirkeline: ratones de ciudad», y «El chico que quería ser un oso»). También, el telefilm de montaje «Meurtres a lEmpire State Building», homenaje al viejo cine policial norteamericano, donde la historia se hilvana con Cyd Charisse (fue su última actuación), Kirk Douglas (aparece pero no habla), Ben Gazzara y Mickey Rooney, interactuando con fragmentos donde aparecen James Cagney, Edward Robinson, Richard Widmark, etc., un poco a la manera del formidable «Cliente muerto no paga» (Dead Men Dont Wear Plaid) pero menos gracioso.

Hablando de viejos, también está «Cazadores de almas», de 1925. Ese mismo año la protagonista Georgia Hale iba a alcanzar su gloria junto a Charles Chaplin en «La quimera del oro», y cinco años más tarde el director Josef von Sternberg alcanzaba la suya con Marlene Dietrich en «El ángel azul». Y hablando de niños, «Yuki y Nina», de Nobuhiro Suwa e Hippolyte Girardot, ya disfrutado en Mar del Plata, y «La Pivellina», de Tizza Covi y Rainer Frimmel, que tiene un par de puntos en común con «El pibe» (gente bohemia se hace cargo de un niño abandonado, aparecen unos inspectores), pero solo un par de puntos.

Acá todo suena descolorido, cotidiano. Tuvo sus premios, tiene su interés, lo mismo que los otros dos films de dichos autores: «Babooska», semidocumental sobre cirqueros pobres, y «Thats All», mejor dicho «Das ist alles», porque se trata de un documental austríaco sobre los actuales habitantes de Yasnaya Polyana, la aldea natal de Leon Tolstoi. Toda buena gente, trabajadora, y absolutamente ignorante de la gran figura que allí dejó su casa, su escuelita, y su tumba. Que vaya a saber uno si todavía están en pie. La película ni lo pregunta (dicho sea de paso, Tizza Covi integra el jurado de la selección argentina).

Sobre premios y catálogos

El viento dondequiera sopla, y así es como Juan José Campanella entró, en cuarto lugar, en la aceptación del grupo autodenominado «la crítica cinematográfica argentina» (los 28 socios de Fipresci local). En un acto informal y desangelado en el Espacio Bafici, dicho grupo anunció seis premios de interés para la polémica. Mejor argentina de la década 2000-2009, «La ciénaga», de Lucrecia Martel. Mención especial, «El aura», de Fabián Bielinsky. Mejor argentina de 2009, «Una semana solos», de Celina Murga. Mención especial, «El secreto de sus ojos», de Juan José Campanella. Mejor extranjera 2009, «Criatura de la noche». Mención, «Entre los muros».

Con su habitual don de gentes, Ricardo Darin recibió los premios de «El aura» y «El secreto...» con cálidas palabras. Lo gracioso es la indignación de algunos fieles seguidores del Bafici, ofendidos por la inclusión del «director comercial». Como desagravio, ya se han agotado las entradas para ver «La cinta blanca», de Michael Haneke, a la que hubieran querido ver como ganadora del reciente Oscar. Ignoran, quizá (esto lo contó la productora Vanessa Ragone) que ya antes de la ceremonia del Oscar el austriaco se acercó al argentino, lo felicitó por la película y le pidió sacarse una foto juntos, y luego de la ceremonia volvió a acercarse, para felicitarlo y decirle que se sentía muy honrado de haber compartido la misma terna. Los tipos verdaderamente grandes son así.

Del catálogo Bafici, página 170: «Imaginemos que tomamos un western americano y de 1948, le rasgamos las costuras, desgajamos el armazón, implosionamos su narrativa y deconstruimos su gramática, dejando solo unas cuantas aristas y vértices ahogados en costumbrismos y agresiva rutina diaria. Desplazamos su carácter fronterizo hacia una zona de nadie desértica, azotada por todo tipo de inclemencias y lo poblamos de una vieja casta (vencible) que parece seguir un temporal desconectado de todo tipo de reloj o calendario. Imaginemos ahora que la narración viene marcada por la mirada de un buey malherido. Pues bien, algo así -y mucho más- es lo que nos ofrece Border. Es una película documental, ligeramente ficcionada, que retrata la vida de hombres/espectros en continua transición, un pueblo nómade encuadrado en plano fijo. Eso la convierte en un relato de finales del siglo XIX, filmado con la inteligencia y el atrevimiento de un esteta del XXI. Sea como fuere, es una de esas películas importantes que nadie debería perderse en un mundo justo y ordenado. Claro que ese no es precisamente el mundo en que vivimos». Con esa información la gente ya tiene que comprar la entrada.

En fin, ahora veamos el programa de Pantalla Pinamar, donde esta misma película se exhibió en marzo: «Border, Armenia. La historia transcurre en un pueblo cerca de la zona de conflicto armenio-azerí, donde trabajan refugiados de distintos lugares. Dos aldeanos encuentran un búfalo en muy mal estado. Lo llevan a una granja donde lo tratan como a un extranjero enemigo, acorralado y custodiado por los perros. A través de los ojos del búfalo, puede verse la vida en el pueblo a lo largo de un año». Eso es todo. Sin implosiones ni deconstrucciones, sin confusión de géneros, sin enredo de palabras ni exageración de méritos, y además la entrada sale más barata. Encima, digamos de paso, la obra no pasa de curiosa. ¿Pero qué sería del Bafici sin la fraseología rimbombante y los elogios desmedidos?

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