En música popular, la crisis viene de antes

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En ese muy amplio mundo al que, sin mayor rigor, se suele llamar música popular se está viviendo desde hace ya unos cuantos años una crisis que obliga al análisis desde varias aristas. Seguramente la más llamativa, y que será parte de los libros de historia de la cultura en las próximas décadas, tiene que ver con la escasez de novedades. Desde los últimos atrevimientos del rock, el pop y el jazz y de la introducción al mercado internacional de las músicas regionales mal llamadas «world music», hace rato que no tenemos sorpresas significativas. Vivimos épocas de sequía creativa.

Los «próceres» siguen siendo los mismos de una o hasta dos generaciones anteriores. No han surgido nuevos géneros -salvo expresiones como la cumbia villera o el reggaetón, de proyección dudosa. Los artistas jóvenes prefieren, en general, ir a lo seguro repitiendo modelos antes que el riesgo de fracasar con sus propias búsquedas. Y eso, que está ocurriendo a nivel mundial, se replica casi sin modificaciones en nuestro país. Claro que hay muchos que están queriendo romper esa inercia conservadora, y están, como siempre, los que a fuerza de talento personal logran hacer atractivo aún lo ya conocido; pero si hablamos en términos históricos, queda claro que los resultados son muy poco alentadores.

Frente a esta situación en el terreno de lo estético, la industria de la música vive su crisis particular por el cambio de paradigmas y de lo que los estudiosos del marketing llaman «modelo de negocio». Con la revolución del LP en los años 60 y del CD, ya en los 80, el eje de la recaudación de artistas y productores estaba en los fonogramas; por entonces, las presentaciones en vivo -muy especialmente las producidas en teatros y espacios grandes que requieren grandes inversiones- eran el camino promocional más eficaz para vender discos.

Y pensemos en los largometrajes con cantantes como protagonistas hace unas décadas, y los videoclips más cerca en el tiempo apuntando en esa misma dirección de la grabación editada como eje del negocio. Todo es diferente en esta época; y nada hace pensar que cambiará en lo inmediato. La facilidad para registrar, publicar, copiar y reproducir fonogramas producto del avance tecnológico y la multiplicidad de soportes y equipamiento han ido desalentando a las compañías transnacionales que están cada vez más debilitadas luego de sucesivas fusiones.

La sobreoferta que esta facilidad permite, el acceso a mejores y más numerosos estudios, el abaratamiento en los costos de producción y la piratería han reducido el margen de maniobra de esas compañías que, salvo excepciones, prefieren replicar internacionalmente sólo los materiales que les aseguran una ganancia efectiva sin apostar al desarrollo de artistas. E, inclusive, ya están las que, aún en la Argentina, empiezan a ampliar su horizonte hacia la producción de shows en vivo. Y la inversión de riesgo -si así puede llamarse- respecto de artistas desconocidos va quedando casi únicamente para los sellos locales o las producciones independientes.

Frente a este panorama internacional de la industria de la música, del que la Argentina no está ajena desde luego, el 2009 ha sido un año raro en nuestro país. Si de discos hablamos, y aunque la cámara que agrupa a los productores prefiere no ventilar sus números, es sabido que las cifras de venta están en alrededor de un 60% de nuestra media histórica, que era de aproximadamente 1/2 disco por año por persona. Pero, como contraparte de esa reducción en la comercialización de soportes grabados, estamos frente a un panorama de sobreabundancia de música, en todas partes, a toda hora, en cada rincón del trabajo o de la casa.

Computadoras de escritorio, reproductores de todo precio y calidad, notebooks, pendrives, MP3s y otras cuantas formas de almacenamiento y reproducción están al alcance de buena parte de la población, hacen sonar música permanentemente; y cada vez se hacen más difusas las fronteras entre lo legal y lo prohibido sin que casi nadie se altere por eso. Del mismo modo, la cartelera argentina -y, como siempre en nuestro país, muy especialmente la porteña- podría dar la apariencia de un país floreciente, sino con todos sus problemas, al menos los económicos, bien resueltos.

Sobreoferta

Aún considerando que 2009 fue el año de la crisis financiera mundial y del parate por la gripe A, un listado parcial, arbitrario y caótico de los muchos artistas internacionales que pasaron este año por aquí pueden acercarnos a reafirmar lo que decimos. No siempre -otra vez, a lo mejor por la sobreoferta o por el precio excesivo que están teniendo muchas localidades- el público alcanzó para colmar las capacidades de los lugares elegidos, y ha habido artistas de gran prestigio que tuvieron que soportar espacios con concurrencias muy por debajo de sus merecimientos.

Pero eso no impidió que, durante este año, hayan actuado en la Argentina: Daniela Mercury, Mike Stern (esta vez como parte de Yellowjackets), Cesária Evora, Cat Power, Arturo Sandoval, Billy Cobham, Brad Mehldau, Café Tacuba, Elton John, Gary Burton, Gloria Estefan, Juan Formell y los Van Van, Larry Corryell, Olodum, Liza Minelli, Manu Chao, Luis Eduardo Aute, Oasis, Ornette Coleman (una de las glorias del jazz a la que no le fue tan bien con el público), Peter Gabriel, Rubén Blades, Rubén Rada, Jaime Roos, Backstreet Boys, Egberto Gismonti, Pet Shop Boys, Depeche Mode, Raphael, Calle 13, Charles Aznavour, Cassandra Wilson, Jonas Brothers, The Doors, Enrique Morente, Iron Maiden, Die Toten Hosen, Laura Pausini, Cristian Castro, José Luis Rodríguez, Juan Luis Guerra y muchísimos más.

Fueron impresionantes, avanzando aún sobre sus propios récords, las convocatorias que tuvieron este año en todo el país el guatemalteco Ricardo Arjona, el argentino/venezolano Ricardo Montaner y el catalán Joan Manuel Serrat. Con convocatorias también imponentes, el retorno de un Charly García recuperado, el debut en estadio de fútbol de Luis Alberto Spinetta, Andrés Calamaro, el concierto despedida de Los Piojos, el show regreso de Viejas Locas (con graves complicaciones en la entrada incluidas), y Gustavo Cerati, nuestros rockeros siguen marcando rumbos en el pop local.

Como conclusión, hay que decir que tanto en el terreno de lo comercial como en el de lo artístico, 2009 ha sido un año que dejará poco para la memoria, aún considerando la generosa actividad antes mencionada.

Fuera de lo puramente artístico, en este balance no se puede menos que poner en primer plano la prematura muerte de Mercedes Sosa, una de las más grandes figuras que ha dado la canción argentina, y la angustiosa lucha por la vida que está sosteniendo el popular Sandro tras su muy comentada operación de multitransplante.

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