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Encara Brown la reforma monárquica
El movimiento de Brown es sólo preliminar, pero importante por inédito e inesperado. La reforma de la monarquía fue un asunto que Tony Blair siempre prefirió guardar en un cajón. Entre otras cosas, para no dar la impresión de actuar movido por sus simpatías hacia el cardenalato. A su llegada al poder, Brown ya insinuó que quería acometer la reforma, pero no dio ni fechas ni plazos y nadie lo interpretó como una de sus prioridades.
El anuncio no anticipa un cambio de legislación inminente, pero sí hace más probable que se apruebe antes de que concluya la legislatura en la primavera (boreal) del año que viene. Downing Street anunció que la reforma debe ser consensuada con los gobiernos de Australia, Nueva Zelanda y Canadá, donde la reina mantiene el título más o menos honorífico de jefa de Estado. La discriminación de mujeres y católicos se ha convertido en un anacronismo sin respaldo en la sociedad británica. Según una encuesta reciente de la BBC, un 89% de los ciudadanos respaldó la igualdad de ambos sexos en la sucesión al trono. Y cinco puntos menos -un 81%- está a favor de suprimir la cláusula anticatólica. La monarquía, por cierto, goza de una salud envidiable: alrededor del 76% de los encuestados quiere que continúe en su lugar.
El anuncio de Gordon Brown esconde un calendario tácito que debe culminar en la cumbre de la Commonwealth en noviembre, pues no parece que canadienses, australianos o neozelandeses vayan a poner trabas al proyecto.
Pese a todo, el premier británico prefiere respetar los tiempos. Sobre todo, por las sensibilidades del Palacio. Precisamente, el sábado se debatió en los Comunes una propuesta de ley que perseguía el mismo objetivo y que presentó el diputado liberal-demócrata Evan Harris. Ni conservadores ni laboristas la respaldaron, pero expresaron su voluntad de llegar a un consenso lo antes posible. Un compromiso que no convenció a Harris, que se quejó de la escasa concreción del ministro de Justicia, Jack Straw. «En tres ocasiones», afirmó, «intenté arrancarle el compromiso de que la reforma se apruebe antes de las elecciones y en las tres esquivó la pregunta».
En lo tocante a la mujer, la reforma tendría una consecuencia tangible. La princesa Ana y sus descendientes subirían unos peldaños en la línea de sucesión al trono. Adelantarían al duque de York y a sus dos hijas y se colocarían justo después del príncipe Carlos y sus dos hijos, Guillermo y Enrique.
En lo tocante a los católicos, si la reforma se aprueba con efectos retroactivos, podría suponer el regreso a la línea sucesoria del príncipe Michael de Kent, que renunció a sus derechos al contraer matrimonio con una católica. Llegará tarde de todas formas para la esposa del hijo de la princesa Ana, Peter Philips, que se convirtió al anglicanismo para no desposeer de los suyos a su prometido. En un encuentro en Westminster, el cardenal católico Murphy O'Connor bromeaba sobre la reforma: «Yo tengo dos sobrinas encantadoras».


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