19 de agosto 2015 - 00:00

Encuentro con una mente brillante

Encuentro con una mente brillante
Henry Jaglom y Orson Welles, "Mis almuerzos con Orson Welles" (Bs. As., Anagrama, 2015, 349 págs.)

"En Inglaterra 'El ciudadano' a algunos les pareció un refrito de Borges, y la criticaron mucho. También me dijeron que al propio Borges no le gustó. Decía que era pedante, lo cual me parece extraño, no me parece que el adjetivo case bien con la película. Y que era laberíntica. No me cuesta aceptar que Sartre y Borges odiaran la película. En realidad ellos vieron en ella, y criticado, otra cosa, algo suyo que no está en mi obra", le comenta Orson Welles a Henry Janglom en una de las charlas que surgían cuando se encontraban a almorzar, y que Welles le permitió a su amigo, 23 años menor, que grabara siempre que no se viera el grabador. Borges en 1941, año del estreno de "El ciudadano", en una de las críticas cinematográficas que publicó en la revista Sur, aprecia y desprecia la película, sostiene que "adolece de pedantería, de tedio", que contiene dos historias, una "de una imbecilidad casi banal" y otra muy superior que es a la vez "metafísica y policial, psicológica y alegórica", para concluir sosteniendo que "no es inteligente, es genial".

El extraordinario artista que fue Orson Welles como cineasta, actor, productor, guionista, escritor, director teatral, se muestra en aquellos diálogos informales, espontáneos, como un genio creativo, inteligente, mordaz, exagerado, malicioso, altivo. Un hombre culto capaz de hablar de cine, de teatro, de historia, de pintura, de música o de ciencia. Y, sorprendentemente, capaz de pensar críticamente su vida, una vida que lo llevó a cruzarse con las principales figuras del siglo XX, una de las cuales es él mismo.

A los 68 años, Orson Welles se siente amortizado, libre de decir lo que le da la gana, de no dejar los que considera títeres con cabeza, de explicar que hay grandes artistas que no logra comprender pero a los que valora, como Beckett o el pintor Francis Bacon, y los que cree sobrevalorados, porque "hay que tener gustos muy católicos como para disfrutar con Joyce, Eliot o Celine". Detesta a Woody Allen porque "muestra lo peor de sí mismo para hacer reír... a fin de liberarse de sus complejos; todo lo que hace para el cine es terapéutico". Recuerda cómo entre las filmaciones Katharine Hepburn detallaba sus "encamadas" con Howard Hughes, lo discreta que era Grace Kelly aunque lo hacía con todo el mundo, su breve noviazgo con Marilyn Monroe, y el duradero con Rita Hayworth, con ese cinematográfico día en que ella lo llamó para decirle que había comprendido que eran el uno para el otro, y él le dijo que no, que estaba enamorado de otra, y ella a los pocos días se casó con Ali Khan.

Le molesta que ahora todos hayan comprendido que Buster Keaton es infinitamente mejor que Chaplin, ese Chaplin que le robó el guión de "Monsieur Verdoux". Lanza comentarios provocativamente controvertidos sobre la trilogía "El Padrino". Sorprende , entre tantas otras cosas que dice, explicando que el saludo fascista lo inventó Cecil B. De Mille "porque tenía que dar algo que hacer a todos aquellos extras" y de ahí lo copió Mussolini, y luego Hitler. No hay página donde no se encuentre algo interesante, a veces deslumbrante. El libro es un alhajero de charlas como piedras de diversos valores y colores, opacas o brillantes, pero siempre atractivas.

Entre 1983 y 1985, el actor y cineasta Henry Jaglom grabó sus charlas del mediodía con aquel creador que detuvo a su país y lo hizo entrar en pánico con la transmisión por radio de "La guerra de los mundos", el director de "La dama de Shanghái", de "Sed de mal". Fueron 40 cintas que se creían perdidas. La última se realizó cuando se estaba por cerrar Ma Maison, el restorán donde se encontraban, y cinco días antes de que Orson Welles muriera de un infarto sobre su máquina de escribir.

Treinta años después de aquellas charlas, el periodista y escritor Peter Biskind, que fuera jefe de redacción de la revista Premiere, redactor adjunto de Vanity Fair, accedió a transcribirlas y editarlas. Es así como se ha puesto al lector, en formato libro, una silla a la mesa donde un artista genial confiesa sus amores y amoríos, comenta sus películas y las de otros, habla de política y de religión, susurra chismes, sarcasmos y chistes. Un menú suculento.

Máximo Soto

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