28 de octubre 2010 - 00:00

Ensayo poético sobre los objetos familiares

El director de «El árbol», continúa con «Elegía de abril» una trilogía de films más contemplativos que narrativos, en este caso con los objetos que conforman la memoria familiar como protagonistas.
El director de «El árbol», continúa con «Elegía de abril» una trilogía de films más contemplativos que narrativos, en este caso con los objetos que conforman la memoria familiar como protagonistas.
«Elegía de abril» (Arg., 2010, habl. en esp.). Guión y dir.: G. Fontán. Int.: A. Aizenberg, L. Quinteros, F. Fontán, M. Merlino, C. Merlino.

Cabe entender esta obra como un paso intermedio, ya que es la segunda de una trilogía poética en formación. La primera fue «El árbol», donde un matrimonio mayor se ve en la obligación de cortar una acacia que el hombre plantó el mismo día del nacimiento del hijo, pero que con los años se secó y pasó a ser un peligro. Muy sensible obra. Se dice que la tercera, «La casa», tendrá como protagonista al hogar y los objetos del hogar cuando ya nadie lo habite. Entre medio está la que ahora vemos. Empieza mostrando a dos hermanos ya viejos con diferentes actitudes ante la remoción de algo del pasado, y de a poco se va dedicando a los rincones, los enseres ínfimos que acompañan toda una vida, el gato viejo, y la luz que da sobre las antiguas cortinas de la casa, cuyos habitantes también parecen parte del lugar, más que sus dueños.

«¿Qué lengua de poeta/ dará categoría a lo menudo, / a las cosas vulgares, despreciables, / esas que al parecer no dicen nada/ y llevan, sin embargo, muy adentro/ muchedumbres de flores escondidas, / como la caja de zapatos vieja, / como las ruedas de los carreteles, /como las piezas del reloj gastado (.)?», se preguntaba Salvador Merlino en su libro «Elegía de abril». Casualmente ese libro es el objeto del pasado que se remueve. Los dos hermanos son sus hijos Carlos Alberto, también poeta, y Mary, madre del cineasta Gustavo Fontán, quien registra el momento en que el biznieto abre los paquetes de una edición que llegó a la casa cuando el escritor ya había muerto, y ahí quedaron, guardados durante años.

Salvador Merlino escribió también «Elegía de octubre», «El amor desencantado», «Canción de vacaciones», varios otros, todos sencillos y tocantes. En la película su hija lee uno muy lindo sobre un inmigrante, seguramente su padre, «con los bolsillos solos, con sus alegres cantos», a quien la Argentina le dio «su trato llano, para envolver el sueño de la casa en Lugano». El vivía ahí. Una escuelita de Lugano lleva hoy su nombre. Pero nadie lo recuerda.

Gustavo Fontán, contemplativo, prácticamente no nos cuenta nada. Sólo deja que miremos como él y nos demos cuenta, mientras su hijo adolescente mira a su modo y registra todo con una camarita movediza, entrometida. Sucede entonces algo singular. Ante la retracción de los mayores, la mínima narración sigue con actores que los reemplazan, aportando otra energía. No es un documental, entonces, lo que vemos, sino un ensayo poético sobre los objetos que conforman la memoria familiar, y los mayores que mantienen a la vez memoria y distancia, permitiendo a los demás alimentar la fantasía y los recuerdos propios. Muy justo, en ese sentido, un episodio infantil que aparece inesperada pero muy adecuadamente hacia el final. Ahora esperemos la tercera parte.

P.S.

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