23 de marzo 2011 - 00:00

Entre el lirismo y el dolor, Manea describe historias de barbarie

Entre el lirismo y el dolor, Manea describe historias de barbarie
Norman Manea «El té de Proust» (Bs.As., Tusquets, 2010, 334 págs.)

Una familia que, en un campo de concentración, tiene como ritual diario tomar agua tibia como si se tratara de té, ilumina de un modo distinto al horror que se vivió en el Holocausto. Que Norman Manea titule a ese cuento «El té de Proust», es algo más que una dolorosa ironía, busca señalar que de ese patético drama habrá un registro imborrable. Desde esa perspectiva recupera, por ejemplo, la mirada ingenua de un niño instalado en ese universo siniestro. Hay un lirismo que impresiona en «El jersey» que pasa como una solidaridad contra el frío, con un compartir que acaso apague un poco el frío del alma. Si relatos como «Podíamos ser cuatro», «Educación sentimental» o «Octubre a las ocho» conmueven, otros hacen vivir la experiencia de la desolación. Llevan, por momentos a pensar en cuentos de Kafka, de Chejov o de Singer, pero están escritos con una búsqueda minuciosa del lenguaje, de cada palabra, de modo que al hacer detener en cada frase atemperan la dureza de las situaciones y, en ciertos casos, parecen estar ofreciendo una cierta esperanza al final del túnel, entregan como muestra de esa esperanza un pequeño desafío que esboza un acto de coraje mayor, deslizan una cierta epifanía poética que hace tolerable lo que en la realidad no pudo serlo.

Rumano de origen judío, permanente candidato al Premio Nobel, Norman Manea nació en 1936 en la región de Bucovina que era el «lugar de contacto entre la cultura judía y la alemana austríaca». A los 5 años fue deportado con su familia a un campo de concentración ucraniano. Al fin de la Segunda Guerra, a los 9 años, regresó a su tierra sobreviviente de la Shoa. Fue estudiante en medio de la ilusión forjada por la utopía comunista. Supo de las nuevas persecuciones a toda manifestación religiosa («donde la persecución a los judíos no cesa sino que apenas se transforma»). Se graduó de ingeniero, pero siempre lo suyo fue la literatura, a la que se dedicó por entero a partir de los 38 años. No pudo soportar la dictadura de Nicolae Ceausescu, y en 1986 decidió exiliarse, primero en Alemania, luego en Estados Unidos, donde reside actualmente, y es profesor del Bard College de Nueva York. Toda las penurias vividas están presentes en estos 26 cuentos. Todas tienen algo de autoficciones. Por momentos parecen un álbum que lleva por un recorrido desde la infancia malograda por la guerra y el campo de concentración, el dolor por los padecimientos que lo rodean (es «un ser sensible que no supo asumir la indiferencia, esa feroz crueldad»), la adolescencia descaminada por presencia del autoritarismo limitante, la adultez que no puede dejar de sentir el peso del pasado, despojarse de una memoria cuyas profundas heridas son un imborrable palimpsesto, algo que no lograra cicatrizarse.

M.S.

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