25 de febrero 2010 - 00:00

Era un opositor; hoy, un mártir

La Habana - Hay muertes que se pueden evitar. La de Orlando Zapata Tamayo es una de ellas. Deja un mal sabor de boca al Gobierno cubano. Que en pleno siglo XXI, un hombre muera producto de una extensa huelga de hambre para reivindicar un puñado de derechos siempre va a resultar una bofetada a los más elementales principios de la condición humana.

Ahora este cadáver tiene un simbolismo demasiado grande. Hay muertos que salen muy caros. No se puede hablar con políticos de otras latitudes y sostenerle la mirada, cuando usted sabe que tiene en la cárcel a más de 200 presos de conciencia. Lo que el Gobierno de mi país debiera grabarse con tinta imperecedera es que la necedad y el capricho no son armas útiles a la hora de regir los destinos de una nación.

Ya no está Zapata Tamayo. Dejó de existir el 23 de febrero a la 3.15 en el hospital Hermanos Ameijeiras, adonde fue conducido por las autoridades del penal cuando su defunción era inminente. Su muerte es un mensaje de ida y vuelta, de lo que no se debe hacer en política de Estado. Antes tenían un opositor, sin un arma, que reclamaba cosas que se podían negociar, ahora tienen un mártir.

No es la primera vez que en cárceles cubanas, producto de una huelga de hambre, muere un opositor pacífico. Ya el 24 de mayo de 1972, el líder estudiantil Pedro Luis Boitel, ex compañero de Fidel Castro, falleció por la misma causa. Mientras tecleo esta nota en la mañana del 24 de febrero, me vienen a la mente otros muertos. Los 4 pilotos de las avionetas Hermanos al Rescate, derribado en aguas internacionales por aviones de combate de la fuerza aérea revolucionaria, en 1996. Con aquella acción, desde La Habana, Fidel Castro le dio el bolígrafo al entonces presidente Bill Clinton, para que firmara la injusta Ley Helms-Burton.

Siento indignación. Ni siquiera conocí a Orlando Zapata Tamayo. Charlando con algunos de sus compañeros en el Movimiento Alternativo Republicano, percibo que estoy lejos de compartir su ideología. Pero a estas alturas de la revolución, se debiera detener la maquinaria de odio y violencia.

Nada resuelve. Sólo incrementa la escalada de resentimientos y polariza los razonamientos políticos. Por parte del Gobierno de Raúl Castro -cuyo segundo aniversario de su nombramiento como presidente coincide con este deceso- falta cordura, diálogo y deseos de destrabar la penosa situación económica y política de Cuba, y de la cual él y su hermano son los principales responsables.

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