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España despidió a Vidarte como propio
Walter Vidarte
Para nuestro público, era el petiso de «La tregua» a quien sus compañeros de oficina hacen creer que se ganó el Prode y no pueden detenerlo cuando, creyéndose rico, se larga a insultar al gerente. Antes, en «El dependiente», fue el joven Fernández, que intenta una relación formal con la señorita Plasini (Graciela Borges). Y mucho antes, El Zorrito, que Ibáñez Menta conoce en la cárcel de «Procesado 1040», el vengador de «El hombre de la esquina rosada», el enamorado de un maniquí de «Tres veces Ana».
Nuestro cine también lo registra en «Gringalet», «Circe» (en ambas también enamorado de Graciela Borges), «La patota», «Los evadidos», «Martín Fierro» (era el vago Picardía), «El habilitado», «Operación Masacre» y otras 15 películas. En la televisión, «Doña Disparate y Bambuco» junto a Perla Santalla. Obligado al exilio, su carta de presentación en España fue la pieza teatral «Hablemos a calzón quitado». Apenas lo vieron, lo adoptaron. En cine actuó en «Las truchas», «La Gioconda está triste», «Akelarre», «1919, crónicas del alba», «Nel profundo paese straniero», etc. hasta «La noche de los girasoles». En TV, las series «Escrito en América», «Los gozos y las sombras», «Ramón y Cajal», «Tristeza de amor», «La huella del crimen», «Pepe Carvalho», «Cuéntame cómo pasó», entre otras, y, el año pasado, «Hay alguien ahí».
Pero su verdadero reino fue el teatro, donde llegó a tener seguidores incondicionales. Allí lo recuerdan especialmente por «El público», de García Lorca, «Tirano Banderas» (ambas con puesta de Lluis Pasqual), «Martes de carnaval», «Luces de bohemia», «Los vivos y los muertos», «Un enemigo del pueblo», «Manuscrito encontrado en Zaragoza», «La vida es sueño» y sus dos últimos trabajos, «Ante la jubilación» y «Rey Lear», nada menos.
Otro Lear, su amigo Alfredo Alcón, recordó para «El País» de Madrid: «Era un actor muy inteligente, tenía esa aspiración de grandeza en la actuación, que heredó de su insigne maestra, quien marcaba a sus alumnos esa sed de llegar a lo más alto y trascenderse a sí mismos. La misma grandeza la tenía como persona, con su generosidad hacia los compañeros cuando le gustaban, y al mismo tiempo era un cascarrabias, pero entrañable». En esto último también coincidieron otros colegas y directores.
Vidarte nunca quiso volver, ni siquiera cuando la Asociación de Cronistas Cinematográficos insistió en otorgarle el Cóndor a la Trayectoria. Cuando el año pasado volvió a Montevideo para recibir un homenaje y conocer a los nietos de sus primos, ya estaba sintiendo los primeros síntomas del cáncer de páncreas que lo alejó de las tablas. Su mayor amiga, la gestora cultural Isabel Navarro, ex directora del Centro Dramático Nacional, fue quien lo acompañó en sus últimos meses.
Paraná Sendrós


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