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“Este libro no es un ajuste de cuentas con los padres”
Para María Rosa Lojo, es «natural» que en nuestro país, «con gente de diversos orígenes, haya gente que se lance a retratar el camino de sus antecesores». «Es una forma de reconstruir la identidad de un país a través de la suma de esas memorias».
Periodista: Su novela, una historia de familia, surgió de un viaje a Galicia.
María Rosa Lojo: Desde 1993 he ido muchas veces a Galicia, que es la tierra de mi padre. Esta vez fui a presentar en Santiago de Compostela mi novela «Finisterre», que la tradujeron al gallego. En la casa de mi tío José, en la cocina, que es el lugar donde en la sobremesa se cuentan historias, me surgió la idea de «Árbol de Familia». Cada vez que voy allá, hay motivos para recordar a los que ya no están. Ahí mi tía me contó la historia de «La hechizada», la de su abuela, es decir la de mi bisabuela, que es la primera de éste libro. A doña Maruxa le decían así porque se suponía que estaba hechizada porque no había médico que la curase. Vivía postrada, no se levantaba de la cama, aunque aparentemente no tenía nada. Se decía que todo había empezado con un enfriamiento, después de una romería.
P.: Para jugar con las historias de aldea, ahí aparecen vecinas que le aplican cataplasmas y vecinos que aconsejan qué hacer.
M.R.L.: Sobre todo uno que le dijo a mi bisabuelo que fuera a ver al cura de San Amaro, que «ése sí tenía poderes». Y no se sabe qué le hizo o le dijo el cura a mi bisabuela, pero la hizo caminar. La historia la narro con otras conotaciones, porque uno puede leer muchas cosas en este tipo de relato. Seguramente la depresión y la angustia de esas mujeres que no tenían más opción que vivir en una aldea, trabajando la tierra y cargadas de hijos. Una vida muy dura y muy cerrada. Seguramente había muchas que tenían otras inquietudes, que estaban dotadas para otras cosas y no tenían más remedio que estar ahí.
P.: Usted divide los relatos, con cierto criterio ya clásico, entre «tierra de padre» y «lengua de madre».
M.R.L.: En mi caso se dio. El cosmos lo tenía mi padre, porque Galicia era un cosmos lleno de resplandores con todo el brillo de lo arcaico, que era la tierra madre. En cambio mi madre, que quería vivir en la ciudad, no tenía una tierra madre, pero tenía una lengua que era la que hablaba en casa, y a la que me llevó a través de los libros, porque era la más lectora. No sé si todo el mundo ha tenido esa dualidad en su familia.
P.: Esa dualidad se da también en que cada uno de ellos refiere, en el decir de Machado, a «una de las dos Españas».
M.R.L.: Toda la familia paterna estaba en general mucho más del lado republicano, mientras que la de mamá tenía más simpatías, más vinculaciones, con la otra España, la conservadora, la católica, la tradicional, la que aceptó o apoyó a Franco. Esa sorda contienda civil se dio en mi casa durante muchos años, como habrá sucedido en tantas casas de familias españolas, porque la guerra civil era intrafamiliar también, era un eco de la guerra de la calle. Y de pronto aparecían, en medio de eso, personajes extravagantes, como el tío materno Adolfo.
P.: Ese que usted dice que era considerado por diversas ramas de la familia como un tonto, un vago y un inmoral.
M.R.L.: Era un transgresor en todos los órdenes, tanto para la moral de los republicanos como para la moral de los conservadores, por diferentes motivos, pero un transgresor para los dos. Era un fugitivo del país y del momento histórico que le tocó vivir. Le hubiera gustado nacer en un mundo que consideraba mejor. Nacer en Nueva York y desarrollar allí sus capacidades musicales, ser un artista de variedades allá. Quiso toda su vida, y lo logró, radicarse en Estados Unidos, que admiraba por su fuerza, su empuje, el mundo que habían generado. A él lo que le interesaba era estar en ese caldero del progreso y el glamour. Adolfo en España descreía de uno y otro bando, mientras que su padre siempre había permanecido leal a los ideales de la República, al socialismo, a la idea de la hermandad universal. Eso hacia que tuviera enfrentamientos con su hijo. Junto a eso, estaba peleado con su suegra, tía Julia, para la que era «el rojo», y nunca terminó de aceptar su agnosticismo, sus ideas de izquierda, por más trabajador que fuera. En fín, la guerra civil en casa.
P.: ¿Cómo fue encadenando las historias?
M.R.L.: Todo comenzó con «La hechizada», que fue un disparador; asociadas a esa surgieron otras, todas relacionadas con el mundo gallego y encadenadas entre sí. Después, como necesario complemento, surgió la historia de la rama materna de mi «Árbol de familia». Eran, de algún modo, mundos contrapuestos. Una familia urbana, que había pertenecido a clases sociales más elevadas, gente venida a menos, con pretensiones sociales y con inquietudes culturales. Aunque esas inquietudes no están ausentes en la familia paterna, gente curiosa, emprendedora, que había venido aquí a descubrir el mundo. De los dos lados, la hija narradora recibe ese impulso profundo de la curiosidad y el deseo de trascender, de hacer algo diferente con su propia vida y superar los conflictos que marcaron la vida de sus antecesores.
P.: ¿Qué piensa de la expansión que ha tenido en los últimos tiempos la novela que mezcla ficción con autobiografía?
M.R.L.: Me parece algo natural que se haya desarrollado en la Argentina del modo en que se ha dado, porque somos gente de muchos orígenes, tenemos una gran concentración de inmigrantes, de gente que terminó aquí su vida, que quería estar en otro lado y no encontró nunca su lugar en el mundo. Nosotros heredamos esa inquietud, no sabemos qué lugar tenemos exactamente en el mundo, por eso buscamos saber quiénes somos, de dónde venimos, por qué estamos donde estamos. Me parece lógico que en un país así haya gente que se lance a retrasar el camino de su antecesores. Es una forma de reconstruir la identidad de un país a través de la suma de esas memorias. Además, en mi caso, en el de Dal Masetto, en el de Fernández Díaz, tiene que ver con la edad en la que uno está, después de los 50 años resulta ineludible y necesario trazar esas memorias. Esa búsqueda ya estaba de algún modo en mi primera novela «Canción perdida en Buenos Aires al Oeste», que apareció en 1987 y tuvo el premio del Fondo Nacional de las Artes.
P.: ¿Por qué su narradora pocas veces interviene?
M.R.L: Porque la idea de este libro es que no sea un ajuste de cuentas con los padres, es la mirada distante de quien los ve actuar sin juzgar. Ese tomar distancia a través de la escritura es muy liberador. Lo sentí sobre todo al contar de la madre, al verla vivir con sus errores, sus miedos, su tragedia final, que no fue la de mi madre, que no llegó al suicidio como la de la novela, pero que estuvo cerca en sus padecimientos.
P.: ¿En qué anda en este momento?
M.R.L.: Llevo ya 21 libros, entre textos de investigación, ensayos y novelas, de las que «Árbol de familia» es la séptima, una novela poco convencional, porque es un árbol que se abre con ramas para un lado y para otro y sus cruces en medio de su follaje. Como investigadora del CONICET estoy en varios proyectos. Ha salido la edición crítica de «Lucía Miranda» de Eduarda Mansilla. Sale un material de Lucio Mansilla, fruto del equipo de investigación que dirijo sobre «los hermanos Mansilla». Yo escribí «Una mujer de fin de siglo», una novela inspirada en la vida de Eduarda Mansilla, y ahora saldrá una biografía muy completa de ella. Y ando con cosas muy ligadas a la literatura porque se reeditan «Los libres del sur» y «La princesa federal». Ando en conversaciones con traductores, cuando puedo, porque «Finisterre» sale en tailandés y ahí no puedo meterme, pero los libros que se están pasando al inglés, al francés y al italiano me permiten un intenso diálogo con los traductores. Además, estoy terminando un libro de microficciones que se llama «Historias del cielo», donde reúno todos los textos breves que escribí.
Entrevista de Máximo Soto


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