23 de noviembre 2009 - 00:00

Europa eligió un presidente que no convence a nadie

La prensa belga es la única que ha ponderado la elección del primer ministro del país, Herman Van Rompuy, como nuevo presidente de la Unión Europea. En el resto del continente prima la decepción ante el bajo perfil del dirigente.
La prensa belga es la única que ha ponderado la elección del primer ministro del país, Herman Van Rompuy, como nuevo presidente de la Unión Europea. En el resto del continente prima la decepción ante el bajo perfil del dirigente.
La elección del democristiano Herman Van Rompuy, actual primer ministro belga, como primer presidente permanente de la Unión Europea (UE) y de la laborista británica Catherine Ashton como ministra de Relaciones Exteriores del bloque resultó desconcertante. Tras años de trabajosa arquitectura para implementar el Tratado de Lisboa, que muchos equiparan a una «constitución», la montaña parió un ratón.

Si se piensa en la envergadura de los nombres en danza en los meses previos -en particular, los ex gobernantes de Francia, Valéry Giscard dEstaing, de Gran Bretaña, Tony Blair, y de España, Felipe González y José María Aznar- resalta aún más la falta de notoriedad de los elegidos.

Muchos referentes europeos sienten que se dejó pasar una oportunidad de recuperar protagonismo y temen que Europa siga perdiendo terreno en el mundo.

La prensa europea fue casi unánime en la crítica. El diario francés Libération habló de «personalidades que no molestan a nadie». El País de España de «dos figuras grises, de bajo perfil». El Frankfurter Allgemeine Zeitung dijo que «si la palabra Constitución parecía grande para el Tratado de Lisboa, los términos ministro de Relaciones Exteriores y presidente de la UE parecen ahora demasiado grandes». Para el Financial Times, esta elección «es objeto de consternación para quienes querían darle más peso a Europa en la escena mundial» y para The Guardian, «aniquila todas las esperanzas de Europa de forzar al mundo a prestarle una nueva atención». «El continente se ha alejado de la mesa de los grandes», concluyó Le Figaro.

«No tener enemigos no puede ser el único mérito de un dirigente europeo», sentenció el eurodiputado francés Alain Lamassoure (Partido Popular Europeo), apuntando al principal argumento -o excusa- de quienes tuvieron la voz cantante en esta elección: la unanimidad.

Algunas aclaraciones sonaron a confesión. «No es porque llegamos a un consenso que hicimos una elección por descarte», dijo por ejemplo el presidente francés Nicolas Sarkozy. Y, no pudiendo hacer hincapié en los méritos de los candidatos, la canciller alemana, Angela Merkel, apeló al consenso como «la razón abrumadora» del nombramiento de Van Rompuy. Pero la unanimidad de los 27 países de la UE no era imprescindible. La elección podía también hacerse por mayoría calificada del Consejo Europeo, siempre que ésta representase a una mayoría de miembros y al 62% de la población de la UE.

«Europa ha tocado fondo», fue la lapidaria sentencia del ex líder del Mayo francés, Daniel Cohn-Bendit, copresidente del grupo parlamentario ecologista. «Los líderes siguen con su labor de debilitar las instituciones (y ahora) tienen exactamente lo que querían: alguien que no les haga sombra», acusó.

Podrá decirse que no es la primera vez que Europa cede los cargos directivos a países pequeños. Fue casi una tradición, destinada a compensar el peso de los grandes, en particular Alemania y Francia. Un cimiento necesario para la construcción del bloque.

Pero hoy los desafíos son otros. Y lo que antes fue generosidad, ahora es expresión de egoísmo de gobiernos que no desean ceder poder a las instituciones europeas. Un indicio de falta de compromiso con el proyecto de integración y de escasa vocación por ponerse a toda Europa arriba del hombro. Jean-Dominique Giuliani, presidente de la Fundación Robert Schuman, dijo que «los jefes de Estado claramente prefirieron la elección consensual de la modestia antes que la elección valiente de la potencia».

Valéry Giscard dEstaing, quien presidió la convención encargada de dotar a la UE de nuevas instituciones y pedía entonces «un George Washington para Europa», hoy comenta resignado: «Los dirigentes europeos actuales no ven al presidente por encima de ellos sino, en el mejor de los casos, entre ellos: una personalidad representativa de la media del sistema». Y recuerda que «el objetivo era que Europa se expresara a través de una sola voz con una posición única en Naciones Unidas sobre los grandes conflictos mundiales». «Todavía no estamos ahí», concluye.

Dejá tu comentario