16 de octubre 2012 - 00:00

Europa, Nobel de la Paz (¿o guerra?)

Felicitaciones. La Unión Europea ha sido galardonada con el Premio Nobel de la Paz. ¿Una distinción merecida? Concederle el Nobel de Economía hubiera sido una exageración. Mejor asignarle el mismo premio que Barack Obama recibió ni bien asumió su mandato presidencial. Que a la Unión Europea le haya llevado más tiempo obtenerlo no está mal: le rinde honores a la sinuosidad de su naturaleza. Tampoco habrá apuro, uno imagina, en pasar por Oslo a retirarlo.

De brazos cruzados, Europa espera. La agenda de la vigilia es amplia: resta resolver la intervención concreta del BCE en los mercados de deuda; su paso previo, el rescate a España; una definición existencial sobre Grecia. Y hay más tópicos en el tintero: el pedido de auxilio de Chipre, el compromiso de forjar una supervisión bancaria unificada. La espera, de momento, transcurre carente de impaciencia. Y, siendo así, la experiencia enseña que puede prolongarse sin dificultad. El nervio que supo movilizar la acción -la beligerancia de los mercados- está aplacado. Y Alemania, lejos de tener prisa por ultimar los temas pendientes, los dilata deliberadamente. Si no fuera por la crisis que bulle en las estrecheces de la vida cotidiana, la desolación del mercado de trabajo, los brotes que salpican de malestar las calles de Atenas o Madrid, se diría que sí, que la paz reina en el Viejo Continente.

¿Qué pasó con las urgencias de apenas un mes atrás? ¿Y el rescate de España que se decía inevitable? ¿Alcanza con echarles un manto de olvido? ¿No sería más apropiado aprovechar los tiempos que concede la tregua de los mercados para aceitar los mecanismos de defensa y así tenerlos listos en caso de necesidad?

Sin prisa

Alemania parece no tener prisa. Rajoy tampoco. Es el FMI -el socio de Europa en los rescates- el que ventila críticas por esta súbita desidia. En su Asamblea de Tokio apuró por una definición. José Viñals, responsable del departamento financiero, le apuntó al quid de la cuestión: ¿es la gran bazuka europea, una solución real o virtual? Dijo Viñals: «El Mecanismo Europeo de Estabilidad y el programa de compra de bonos del Banco Central Europeo deben ser percibidos por los mercados como reales, no virtuales». En buen romance: deben ser algo más que meras palabras.

Hay dos maneras, refirió Viñals, que los mercados arriben a la conclusión de que la compra de bonos por parte del BCE es sólo un espejismo. Una, si no hay demanda cuando la activación de las compras sea muy conveniente para un país en concreto. Dos, si existe un país dispuesto a solicitar el rescate, pero «no hay apetito por parte de los países acreedores por acordar el uso de fondos». Cualquier parecido con la realidad, no es mera coincidencia. El primer caso refleja la actitud reticente de España. El segundo calca la postura de Alemania. Ya lo había señalado Mario Draghi, el mandamás del BCE, son los Gobiernos de la eurozona los que ahora tienen que tomar una decisión.

El equilibrio de palabra no es estable. Las tasas de interés no bajaron lo suficiente para lo que necesitan España e Italia. El BCE no admitirá que los países cambien el mix de su financiamiento y sobrecarguen de emisiones la parte corta de la curva de deuda (o sea, que abusen de su paraguas protector). Y el sector privado también necesita que se despeje su acceso regular a un fondeo a costos más razonables. Sí o sí, entonces, habrá que poner en marcha las compras de bonos por parte del BCE para terminar de limar los rendimientos y despejar la incertidumbre. Y habrá que hacerlo por las buenas. O después de un ramalazo de desconfianza en los mercados.

Novedades

Noviembre, luego de las elecciones presidenciales de EE.UU. del día 6, deberá comenzar a derramar novedades. La agencia Reuters arriesga que España concretará su pedido de rescate. Y corrobora la ya conocida tesis del combo. Merkel necesita consolidar la agenda que requiere autorización del Bundestag. De ahí, la tardanza. España, Grecia, Chipre forman parte del mismo paquete (Eslovenia, no). Grecia es el asunto complejo que dilata los tiempos. Pero el mensaje de la visita de la canciller a Atenas es contundente. La decisión ya se tomó. La otrora belicosa Merkel porta en su pico una rama de olivo: está dispuesta a concederle a Grecia otra oportunidad. Lo que falta es encontrar la manera de venderle la idea a los propios alemanes. Llevará algún esfuerzo borrar el cliché de su indolencia. Alemania quizás no tenga prisa, pero, por lo visto, y esto es lo que vale, tampoco quiere hacer olas.

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