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Extraordinaria crónica del escritor vagabundo

La historia sigue siendo atrapante. Un vagabundo deambula por Greenwich Village, viste con la ropa que le regala la gente, vive de las limosnas de sus amigos, duerme en portales y sótanos, y dice que lo hace a propósito porque está escribiendo una «Historia oral de nuestro tiempo» y para eso necesita registrar en forma directa diálogos, saber de la vida real de la gente común y corriente, anotar las charlas sobre temas superfluos, andar entre los fracasados y los inadaptados. Y Joseph Ferdinand Gould, ese curioso «último bohemio», precursor de los beatniks, era descendiente de una antigua y tradicional familia de Massachussets, tenía una amplísima cultura que le había permitido licenciarse en Harvard.
El personaje interesó al periodista Joseph Mitchell apenas supo de ese tal Joe Gould. Mitchell escribía la sección «Perfiles» de «The New Yorker», donde contaba de estrellas de Broadway a magnates de dudosa reputación, de domadores de circo a poetas alucinados; fue uno de los constructores de esa fusión entre información y literatura que se denominó «nuevo periodismo». En 1942 publicó una primera nota sobre Joe Gould que tituló «El profesor gaviota», donde contaba su historia y su proyecto de competir con los «Cantos Pisanos» de Ezra Pound y los planes más ambiciosos de James Joyce, contando el mundo actual desde una historia oral de la gente que callejea por Nueva York. Veintidós años después, Mitchell volvió sobre el personaje, que había muerto en 1957, siete años antes, y publicó «El secreto de Joe Gould» contando la expedición que emprendió un grupo de amigos en busca del famoso manuscrito, que según su autor, la pila de cuadernos tenía un altura que lo superaba.
En base a ese libro, en 2001 se estrenó la película «El secreto de un poeta» dirigida por Stanley Tucci, pero ya por ese tiempo el libro de Mitchell se había convertido en una obra canónica, en un clásico de la no ficción un texto inevitable de las escuelas de periodismo. Y se volvía antecedente emblemático de cientos de obras. Martin Amis dijo que si Borges hubiera vivido en Nueva York hubiera escrito ese libro. Enrique Vila-Matas que lo cita a menudo, está en las fuentes que lo impulsaron a Bartlebys literarios. De algunas de las de Sebald o de Tom Wolfe. El resto de los libros de Mitchell, como «cronista de los insólito y lo original», abren lazos con, por ejemplo, los libros «Artistas, locos y criminales» y «Rebeldes, soñadores y fugitivos» de Osvaldo Soriano. Pero, y esto es lo que vale, la lectura de «El secreto de Joe Gould» es atractiva frase a frase, y está plena de reflexiones sobre la naturaleza de la creación artística, del fracaso, del misterioso enigma de los humano.
M.S.

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