¿Falsos influyentes en la Cancillería?

Edición Impresa

La Cancillería, como toda organización escalafonaria, vive al ritmo de los ascensos, traslados, premios y castigos. La cúpula del ministerio que atiende las relaciones del país con el resto del mundo dedica buena parte del tiempo, a lo largo del año, a atender las demandas y quejas por el destino de funcionarios para quienes -como en todas las cancillerías del planeta- no es lo mismo cualquier destino, y menos que los dejen en casa. Tener destino en el país significa una merma de salarios y también de responsabilidades que les permitan desplegar los méritos sobre los que mejorarán, hasta el retiro, sus condiciones de trabajo.

No en todos los países del mundo se asignan los cargos diplomáticos con el mismo método. Hay países, como Brasil o España, que se ufanan de asignar los puestos en el exterior mayoritariamente a los profesionales de la casa; hay excepciones, como el embajador español en la Argentina, que es un dirigente político que viene de la experiencia legislativa. Estados Unidos, en cambio, apela a los profesionales pero privilegia para las legaciones más importantes a aportantes a las campañas presidenciales. Se disputan los mejores destinos, y se matan por París, que tiene uno de los palacios más exquisitos de Francia como sede para sus reuniones; o la de Roma, que tiene en la residencia el jardín de uso privado más grande de esa ciudad.

En esa puja se parecen a los argentinos, que han logrado acotar el número de embajadores políticos. Poco se conoce de esos trajines, pero un cable del canciller Héctor Timerman dirigido a sus funcionarios permite ver una punta de cómo se debaten posiciones de escalafón. En esa comunicación, el ministro se queja de que lo atosigan mensajes por todas las vías posibles reclamándole cargos, ascensos y destinos en favor propio y de terceros, que echan mano de relaciones amigables más que de méritos profesionales.

Sin amiguismos

El cable llega a hablar de «falsos influyentes» que describe de diversas especies, «parientes, amigos, compañeros de estudios, políticos, legisladores, familiares, excónyuges, superiores, y hasta conocidos de conocidos de algún baile juvenil o viajes de egresados».

Esos cantos de sirena, dictamina Timerman, no serán escuchados y sólo se tendrá en cuenta el «servicio a los intereses a la Patria». Cita a propósito una comunicación que hizo el canciller al profesional Eduardo Villalba, presidente de la Honorable Junta Calificadora, en la que le señaló además que para los ascensos se tendrá en cuenta «la contribución concreta que los funcionarios propuestos hayan hecho a la política exterior, considerando sobre todo las responsabilidades asumidas en los últimos cinco años y la labor ejercida en la actualidad» (cinco años significa lo hecho desde 2006; ¿y antes?, se preguntarán los diplomáticos).

Para frenar esa andanada de reclamos esgrime Timerman una amenaza; es cuando recuerda que «en el año 1973 el canciller Juan Carlos Puig consideró la posibilidad de sancionar a los diplomáticos que apelen a supuestos influyentes para obtener un reconocimiento que sólo debe llegar por los servicios prestados». Para que tengan, guarden y repartan.

Dejá tu comentario